viernes, 15 de abril de 2011

Intento

Los ojos son el espejo del alma.
Mira los míos de cerca
y verás
únicamente
tu rostro.

miércoles, 13 de abril de 2011

Más que ficción


La literatura habla de lo universal, decía Aristóteles. La literatura infantil más aún. En los cuentos tradicionales (Cenicienta, Caperucita Roja, El Gato con Botas) los protagonistas ni siquiera tienen nombres, se les llama por alguna cualidad que podría tener cualquier otro.

Hoy me he acordado de Gerda y Kay, los niños de La Reina de las Nieves, el cuento de Andersen, que conocí por el libro de Carmen Martín Gaite y la conmovedora historia de Leo Villalba. Al final, es siempre lo mismo: todos, como Leo y como Kay necesitamos de una Sila y una Gerda, alguien que nos ayude a salir de las cavernas que nos vamos construyendo. Gerda, al llorar por Kay, derritió su corazón de hielo y logró que este llorara hasta hacer salir el "cristalito" que había empezado a corroerle; Leo, al sentirse querido como sólo puede puede querer una madre, al encontrarse por primera vez con alguien -¡su madre!- a quien amar incondicionalmente, encuentra por fin un momento de paz, de posible conversión, de sentido. También él logra expulsar el "cristalito" que se le había metido dentro.

Siempre es un momento concreto, un instante, una persona, o varias personas quizá, que logran generar una crisis en el interior de otro, que tocan dentro y llegan a donde ni siquiera ellas se imaginan. Es lo que muchas veces hace una amistad o quizá sólo un instante de escucha sincera. Y si no preguntadle a Singer, el protagonista sordomudo del libro que estoy leyendo ahora, a quien todos acuden simplemente porque sabe escuchar.
Y es que, puestos a hablar de cuentos, si se me apareciera el Genio de Aladdin, creo que este -aprender a escuchar- sería mi deseo... Aunque bueno, pensándolo bien...

lunes, 11 de abril de 2011

Excursus


Cuando en el Evangelio de hoy se dice que los primeros en irse sin tirar ninguna piedra fueron los ancianos, no es porque los viejos acumulen más miserias, sino porque son los primeros en reconocerlas (y al decir viejos no me refiero a octogenarios, hablo más del corazón que de los años). Porque son más humildes, más sinceros. Por eso, a pesar de que tantas veces he hablado de ser niños, poco a poco me inclino más por el ser viejo, bien entendido, por supuesto.
Si sólo fuera por eso que he dicho anteriormente, ya merecería la pena.

miércoles, 6 de abril de 2011

Carta a un hermano que nunca fue

Siempre lo he llamado Alejandro. Pero pudo haber sido chica, pudo haberse llamado Teresa... o Ana... o yo qué sé. Tampoco sé por qué Alejandro, pero así debió haber sido, seguro.
El poema no es muy bueno, ni siquiera bueno. Pero es lo que hay, y ya que está...


Me gustaría tenerte más cerca,
allí en el Cielo no me bastas,
sin un recuerdo más que el llanto,
sin una imagen, sin tu rostro, sin tu voz,
no puedo llamarte hermano.
Si estuvieses aquí nos uniría
un vínculo más fuerte que la muerte,
me llamarías en mi cumpleaños,
en una noche aburrida de insomnio,
hablaríamos de la vida y la memoria.
Me ha llevado veinte años darme cuenta de tu ausencia,
de que en realidad te echo de menos,
por ti he crecido entre adultos,
aprendiendo a vivir en soledad,
a guardarme para mí mis pensamientos.
Tu partida prematura se ha llevado a mis sobrinos,
mis juegos de infantiles, mis peleas,
nuestros paseos familiares una tarde.
Te has llevado una llamada cuando me hace falta
hablar con alguien que me conozca a fondo,
te has llevado lo único que nunca muere,
los lazos estrechísimos de una misma infancia.
Un día, cuando no lo necesite,
nos encontraremos por primera vez cara a cara.
Tú lo has tenido fácil, y lo sabes,
aquí luchamos y la cuesta es dura
para alcanzar un gozo que hace tiempo es tuyo.
Así que ya lo sabes, yo hago lo mío,
tú pon un poco de tu parte:
Dame un regalo el día de mi cumpleaños,
ábrenos un hueco en tu morada
y vela por mis padres mientras yo estoy lejos.
Muéstrales tu gratitud de hijo mayor,
hazles saber que Dios está contento.

sábado, 2 de abril de 2011

A palo seco


Ayer escuché esta frase de Goethe, que no se me va de la cabeza: "saberse amado da más fuerza que saberse fuerte". Por eso el miedo, la duda, el escepticismo son dragones que nos amenazan.
Hoy he leído la meditación de Cantalamessa, el predicador de la Casa Pontificia, que habla, en parte, de esto. A pesar de todo, es difícil creer que Dios nos ame a cada uno, personalmente, con un amor infinito: "es quizá, lo más difícil para nosotros, criaturas humanas". Ante esto sólo nos cabe "la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree." Es el claroscuro, no sólo de la fe, sino también del amor. Y es que el amor es, en gran medida, una cuestión de confianza. Confianza en el otro (y en el Otro), en su incondicionalidad, en ese "saberse amado" que es el mayor motor, lo mejor que nos puede pasar, aunque no siempre lo experimentemos. Son las tierras de penumbra en las que caminamos, escogiendo el sufrimiento -la fe incrédula- antes que la seguridad.
Y estoy segura, con esta fe, que es tan fe como la fe más fuerte, de que realmente vale la pena.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Una vida en un día

Sólo hay luna llena un día al mes. Lo demás es oscuridad, búsqueda... y regresión. Pero hay luna llena. Pero sólo un día.


20. I. 2011

Un día de pensamientos fragosos:

suicidios, sufrimientos, despedidas,

más ese dolor punzante de saber

que yo no soy ajena a todo aquello,

que eso que veo en los demás me mira

con ojos de verdugo, fulminantes,

“no son otros, eres tú, son tus actos”.

Todo el día cargando con un peso,

arrastrando en mi bolso la tristeza,

tomando unos apuntes sin sentido

del sentido del ser y su patencia.

Cae la tarde; el frío que fustiga

con saña la carne, hiela hasta el alma.

Aun así no quiero volver a casa.

Y es entonces cuando por primera vez

la Filosofía cumple su augurio

y el mochuelo de minerva despunta

el vuelo: en Ciencias hay un concierto,

¡guitarra, saxo, batería, bajo!

Estruendos de aplausos. Se acaba todo

y con un gozo nuevo vuelvo fuera

dispuesta a emprender una nueva lucha.

De camino a casa aparece, arriba,

blanco sobre negro, como esculpida,

la luna llena en la que leo claro

que a pesar de todo aún nos queda ella,

el jazz, la música, la poesía,

¡la esperanza de un sol que presta su luz

a los astros ciegos del firmamento!

miércoles, 23 de marzo de 2011

"Encontrarás dragones" (II)

— La guerra es una especie de brutalidad condensada. No cabe dulcificarla. Pero, para un agnóstico como yo, el concepto cristiano de redención resulta fascinante. Es un mensaje de perdón, de reconciliación, ante el que me quito el sombrero (...) No son filosofías, sino obras palpables y contabilizables. De modo que un santo es lo más humano que hay. Y todo ser humano está llamado a esos niveles de excelencia, aunque a veces su ego o su odio no se lo permitan ver. En cierto modo, un agnóstico, cuando deja de serlo, lleva a cabo el acto más grande de reconciliación.
Ahora sí. Antes tan sólo hacía una reflexión personal sobre el título de película, que me parecía sumamente sugestivo, mientras que ahora puedo hablar directamente de la película, con conocimiento de causa.
Quizá no sea el peliculón del año, pero es una gran película. No soy crítica de cine ni profesional de la Comunicación, así que mis apreciaciones de las películas suelen apuntar más a cuestiones de contenido, temáticas de fondo, los modos de decir, etc. Por esto, por si estáis interesados, después de haber leído varias críticas, aquí os dejo esta, que es con la más comparto mis opiniones.

En cuanto a lo que me compete, la temática de la película puede dar para rato, así que sólo haré una enumeración a grandes rasgos. Cuando la veáis, vosotros diréis.
En ella encontraréis una historia sobre el perdón en la que, al hilo de los recuerdos personales de uno de los protagonistas, se desvelan dos vidas antagónicas, dos modos de luchar contra los dragones propios y ajenos que inevitablemente se nos presentan siempre, especialmente en un contexto de guerra -la guerra civil española- donde los odios y excesos por parte y parte aún hoy despiertan heridas.
La vida de un santo -san Josemaría Escrivá- y de un hombre que ha perdido por completo el sentido de su vida, se tocan tangencialmente para mostrar cómo el perdón y el amor son las únicas posibilidades de redención para uno y otro. Y es que el perdón es un temazo. Es la única posibilidad real de cambiar el pasado, de influir positivamente en él.
Otro gran tema es la amistad o, en contraposición, la soledad. El gran drama de Manolo -que es quien cuenta la historia- es, en definitiva, este. Toda su vida ha estado solo, excepto quizá en su infancia, cuando tuvo un verdadero amigo, Josemaría, de quien termina por distanciarse. Al principio me llamó mucho la atención que fuera Manolo quien contara toda la historia de san Josemaría, cuando sus vidas en realidad no habían estado tan entrelazadas como cabría esperarse. De hecho al principio pensé que la relación de Josemaría y Manolo durante la guerra civil iba a ser decisiva, cuando en realidad sus vidas se han separado totalmente desde unos años antes. Lo único que los une es una carta que cada año le escribe el sacerdote en prueba de su amistad. El caso es que Manolo está sólo en la lucha con sus dragones. Nunca se entendió bien con su padre, no tiene ideales muy fuertes por los que luchar -ni en un bando ni en otro-, su amor se ve frustrado y termina siempre por herir a quienes le rodean. Su soledad se convierte en una espiral sin salida que lo aboca a cerrarse en sus sufrimientos, a dejarse llevar por sus pasiones.
La vida de Josemaría y los chicos que le acompañan está teñida de alegría aún en medio de la guerra. Y es que sentirse acompañado, apoyado, unidos por algo más fuerte que ellos mismos, es lo único que los salva de entrar en la misma espiral de Manolo, a la que también se ven atraídos.
Y bueno, por supuesto, detrás de todo está la pregunta por el sentido, la redención humana, las propias luchas, los propios miedos. Todo es lo que hace que "Encontrarás Dragones" sea una película profundamente humana, que toca las fibras del alma. Una película que especialmente por esto y la maravillosa dirección artística, hay que ver.

Ya me diréis qué tal.