domingo, 4 de septiembre de 2016

Still Mine

"Still Mine" es la mejor película que he visto este año. Cuánta delicadeza, cuánta belleza.
Es una película que habla del amor y la vejez. Y del amor en la vejez.


Es una película de tradición. De las tradiciones y los amores de antaño, de la mujer que sabe cuidar de su hogar y el hombre que domina su oficio, conoce de maderas, tala él mismo los árboles y construye una casa para su familia con sus propias manos. Aun a pesar de nuestros modernos Estados hiperburocráticos, superpoderosos y ultrarreguladores.



Es una película sobre la belleza. O no. Quizá es simplemente una película bellísima que se detiene en la belleza de las cosas pequeñas, de los silencios que esconden una intimidad tan honda. La belleza de los paisajes y del mundo interior de dos personas que se aman.




La belleza, por ejemplo, en esta escena, de esas manos que recorren con qué tacto —casi como una caricia en la piel— la mesa con las cicatrices de una familia: 


A Wallace Stegner le hubiera gustado.

domingo, 28 de agosto de 2016

Lo políticamente correcto y la Academia

Desde hace unos meses se ha agudizado la discusión sobre la libertad de expresión en las universidades, que se ha visto seriamente amenazada por la hipersensilidad de nuestra sociedad —y nuestra generación en concreto— que ve un ataque en cualquier afirmación que no asienta ciegamente a los dictados de los políticamente correcto, del discurso plena y llanamente inclusivo. Aún en cuestiones en las que el sentido común marcaría diáfanamente hacia otra dirección o donde simplemente reina el buen humor (como en el caso del Tweet de Ellen DeGeneres sobre Usain Bolt), la policía antidiscrimación no deja escapar ni una.
Es una pena que las universidades vayan cediendo ante las absurdas presiones y terminen por amordazar a sus profesores y sus alumnos a la hora de discutir ciertos temas que, simplemente, ya-no-se-discuten, bajo la pena de ser tachado de machista, homófobo, egotista, ciego-ante-tus-privilegios. 
Ahora que la Universidad de Chicago ha escrito una carta a sus nuevos alumnos en la se niegan a ceder ante ciertas presiones para no ofender a nadie, me he acordado de un discurso de Charlton Heston en la Universidad de Harvard, pronunciado hace ya casi 20 años, donde les advierte lo que ya se estaba cuajando y que ahora nos estalla en cara constantemente.

Resulta que Charlton Heston era un firme defensor de la posesión de armas, una opinión que le trajo muchos enemigos y que le hizo darse cuenta de que empezaba a tomar forma "una guerra cultural orwelliana" en la que sólo ciertos discursos y acciones eran aceptados. 
Heston no habla en términos abstractos. No se le puede acusar de que se inventa un fantasma peligroso que en realidad no existe, pues desciende a detalles concretísimos, como los siguientes:

1. En el Antioch College, en Ohio, jóvenes que buscan intimar con una compañera deben recibir autorización verbal en cada paso del proceso, empezando por los besos, las caricias, hasta, al final, la copulación. Todo esto descrito en una directiva impresa de la universidad.
2. En Nueva Jersey, a pesar de la muerte de varios pacientes alrededor del país que habían sido infectados con SIDA por sus médicos, la comisión estatal anunció que los proveedores de salud que era VIH positivos no debían decir a sus pacientes que estaban infectados.
3. En William and Mary, los estudiantes trataron de cambiar el nombre del equipo del colegio, "La Tribu", porque supuestamente estaba insultado a los indígenas locales, sólo para darse cuenta después de que en realidad a los indígenas les gustaba ese nombre. (Y etc.)

Para seguir con los absurdos, Heston trae la historia, reciente entonces, de David Howard, Jefe de la Oficina del Defensor Público de Washington D.C., al que hicieron renunciar y pedir disculpas públicas por usar la palabra "niggardly" en una conversación sobre asuntos monetarios con algunos colegas. La palabra, por supuesto, no tiene ninguna connotación racial ni conexión con la palabra "nigger" y simplemente significa "miserable", "escaso". 
Un columnista tuvo el sentido común de hablar por Howard y escribió: "A David Howard lo despidieron porque algunos empleadores públicos eran unos imbéciles que (a) no conocían el significado de 'niggardly', (b) no saben cómo usar un diccionario para descubrir el significado, y (c) terminaron por exigirle que se disculpara por la ignorancia de ellos".

Sigue diciendo Heston:
"Ahora, ¿qué es lo que todo esto significa? Entre otras cosas, significa que decirnos qué debemos pensar ha evolucionado en decirnos qué debemos decir, así que decirnos qué debemos hacer no puede estar muy lejos. Antes de que puedan clamar que son campeones del libre pensamiento, díganme: ¿Por qué la corrección política se originó en los campus de Norteamérica? ¿Y por qué continúan tolerándola? ¿Por qué ustedes, que se supone que deben debatir ideas, se someten a su represión?

Y más adelante:
"¿Quién va a proteger la materia prima de las ideas sin cadenas, si no lo hacen ustedes? La democracia es diálogo. ¿Quién va a defender los valores centrales de la academia, si ustedes, los supuestos soldados del libre pensamiento y la expresión entregan sus armas y suplican 'no me disparen'?
Si hablas de raza, eso no te hace machista. Si ves distinciones entre los géneros, eso no te hace sexista. Si piensas críticamente acerca de una denominación, eso no te hace antirreligioso. Si aceptas, pero no celebras la homosexualidad, eso no te hace homofóbico.
No dejen que las universidades de Estados Unidos continúen sirviendo como incubadoras de esta epidemia desenfrenada de nuevo macartismo. Eso es lo que es: nuevo macartismo. Pero, ¿qué se puede hacer? ¿Cómo alguien puede prevalecer ante tal sujeción social tan generalizada?
Pues bien, la respuesta ha estado allí todo el tiempo. La aprendí hace 36 años, en las escaleras del Lincoln Memorial en Washington D.C, de pie con el Dr. Martin Luther King y otras doscientas mil personas. 
Simplemente, desobedecer. Pacíficamente, sí. Respetuosamente, por supuesto. Sin violencia, claramente. Pero cuando cuando se nos dice qué pensar o qué decir o cómo comportarnos, no lo haremos. Desobedecemos el protocolo social que ahoga y estigmatiza la libertad personal
Aprendí el sorprendente poder de la desobediencia del Dr. King, quién lo aprendió de Gandhi, y Thoreau, y Jesús, y todo otro gran hombre que lideró a aquellos en la verdad en contra de aquellos en el poder.
La desobediencia es nuestro ADN. Sentimos afinidad innata con este espíritu desobediente que lanzó en té en el puerto de Boston, que envió a Thoreau a la cárcel, que se negó a sentarse en la parte trasera del autobús, que protestó contra la guerra de Vietnam. 
En ese mismo espíritu les estoy pidiendo repudiar la corrección cultural con una desobediencia masiva de la autoridad inmoral y las leyes onerosas que debilitan la libertad personal.
Pero deben tener cuidado. Duele. La desobediencia exige que se pongan en riesgo. Dr. King estuvo de pie en muchos balcones. Deben estar dispuestos a ser humillados, a soportar lo que hoy en día equivale a los policías de Montgomery y los cañones de agua en Selma. Deben estar dispuestos a experimentar la incomodidad."

Los linchamientos en las redes sociales, la picota pública a la que someten a ciertas personas, el odio desenfrenado que despiertan no ya los comentarios, sino lo que otros afirman que otros dijeron, son una buena muestra de lo que decían Charlton Heston, y que no ha hecho más que acentuarse con los años. Hay que pesar terriblemente cada palabra. Hablar, quién lo diría, es ya cosa de valientes. 

sábado, 20 de agosto de 2016

Un pecado ¿menor?

Todo pecado es, en el fondo, una forma triste de perder el tiempo. Ahora, cuando el pecado es precisamente perder el tiempo... ¡doble tristeza! Y qué sabor tan amargo deja.

martes, 16 de agosto de 2016

Los griegos

¡Contemplad el objeto de oro más bello sobre la tierra!

O eso fue lo que dijo Robin Lane Fox al contemplar esta corona de mirto en un museo. Se dice que no pudo contener las lágrimas al verla. Suena excesivo, pero lo entiendo bien. Yo también me conmoví al mirarla de cerca, casi al final de una fascinante exhibición sobre los griegos en el Museo de la National Geographic. Y es que esta pieza de oro no es una pieza cualquiera. Es del siglo IV a.C. y fue encontrada en la tumba de Filipo II, el padre de Alejandro Magno. Se dice que esta delicadísima corona de mirto pertenece a Meda, la quinta esposa de Filipo, que se lanzó a la pira funeraria donde estaba el cuerpo de su difunto esposo. Alejandro Magno, al ver esta muestra de fidelidad y piedad marital, decidió que el cuerpo de Meda fuera enterrado junto al de su padre, y le mandó a hacer esta corona de oro en su nombre.
La corona es, sin duda, un objeto preciosísimo, pero habría que ver el resto de tesoros, mucho más antiguos, que muestran la destreza de los griegos para trabajar el oro con una finura que pareciera que sólo podría lograrse con técnicas modernas. Los grabados en monedas y, especialmente, los anillos son un botón de muestra del genio artesanal griego.

Esto, sólo por mencionar algo que para mí era desconocido. Luego habría que ver las armas, las cerámicas con las historias de la Ilíada, las estelas funerarias, los bustos, los bajo relieves, los restos que dan cuenta de los Olímpicos y el sistema político, etc., que hacen que "Los Griegos" sea, definitivamente, una de las exhibiciones arqueológicas más vivas y emocionantes que he visto en un Museo, que consiguen hacerte sentir la experiencia de viajar en el tiempo. El gran mérito de la exposición está en conseguir dar a conocer a los personajes que se esconden detrás de los objetos aparentemente anónimos hallados en una excavación. Y cuando esos personajes son Los Griegos, ese encuentro no puede ser más que fascinante. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Corría el año 2006...

Diez años han pasado ya y todavía lo recuerdo, y lo canto en un poema.

Gratitud

Si yo no hubiera escrito aquel poema
adolescente del tiempo y sus cuitas
no me habrías buscado aquella noche
para hablar de lo humano y lo divino.
Quién diría que iba a ser la poesía
la causa de que así hirieras mi alma
y cambiaras por siempre mi destino.
Sin ese casual diálogo quién sabe
qué sería actualmente de mi vida.
Si seguiría en guerra contra el tiempo
o hubiera renunciado a aquellas búsquedas.
Si tú no hubieses ido qué sería.

No quisiera si quiera imaginarlo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

On your left

Para aprovechar el buen tiempo del verano, he decidido explorar los senderos ecológicos de la ciudad, perfectos para andar en bicicleta. El sábado pasado completé la monumental hazaña de recorrer los más de 35 kilómetros que separan mi casa de la de George Washington, en Mount Vernon. Y después, el regreso. A pesar de los pesares, las subidas y el cansancio, los 70 kilómetros se hacen con gusto, gracias a la belleza de los senderos. Es fácil, como Aleixandre, sentirse como una mariposa cuando se pasa, casi volando, por los árboles en hilera.
Durante las más de cinco horas del camino pensé en Miguel d'Ors, en esos poemas que componía en bicicleta. La descripción de esos senderos que tanto le gustaban eran un fiel reflejo de lo que veía antes mis ojos: "carreteritas campesinas flanqueadas por alineaciones de grandes árboles con faja cuyas ramas se abrazan por el aire, formando un gratísimo túnel de frescura y pájaros". 
Los versos, sin embargo, no brotaban y mi pensamiento terminaba en consideraciones políticas cada vez que algún ciclista mucho más diestro y entrenado,  gritaba, justo antes de sobrepasarme, "on your left!"
Yo iba a mi paso firme, sólido... quizá lento. Con un bicicleta que encontré sin aire, llena de telarañas, un tanto pesada, muy parecida a la que tenía de pequeña. Los raudos ciclistas pasaban —on your left!— con sus bicicletas de ruta, altas, estilizadas, veloces. Pensaba en el progresismo de izquierdas que parece que nos supera. Nunca me había sentido tan de derechas, con mi paso firme pero seguro y mi bicicleta con aire de antaño.

martes, 9 de agosto de 2016

Vuelvo a la universidad

04/08/2016

Hace dos semanas llegué a Washington DC. Dos semanas es aún poco tiempo y no quisiera hablar de presagios, aunque, en el fondo, sí quisiera que el cambio de residencia, de idioma, de oficio marcara el comienzo de una etapa renovadora y fructífera. Quisiera volver a leer más poesía, escribir nuevamente en el blog y, en definitiva, empezar/terminar de perfilar mi camino filosófico: tras cuatro años de ser profesora vuelvo a sentarme en las aulas como estudiante.
Un cambio tan grande es siempre ocasión de despertar el asombro, fijarse en pequeños detalles, dejarse sorprender por lo desacostumbrado. No conozco mejor método que la escritura para reflexionar, "ponderar las cosas en el corazón" y dejar que ese asombro deje pozo. Un diario personal bastaría, pero de alguna manera mis intentos diarísticos me han llevado al hastío. Creo que a la larga necesito que la escritura sea realmente un diálogo, dejar una puerta abierta a que alguien pueda decir algo. Ahora nadie comenta en los blogs —yo a duras penas lo hago—, incluso dudo que haya quien todavía los lea —y este no tiene nada en particular que lo haga particularmente valioso—, pero quiero, sobre todo, ejercitarme. Sacar tiempo. Ponderar. Pensar. Escribir. Es lo que quiero que sea una nueva etapa.