domingo, 10 de febrero de 2013
El poema de un caballero
domingo, 13 de enero de 2013
"Un mundo así, obvio, no existe". Szymborska.
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| Vista de mi habitación cerca de Cartagena. Más una iguana en la palmera. |
"El ruido busca llenar un vacío interior. Es problema de las almas, no de las máquinas. Una ciudad poblada de ruidos, a toda hora y en todas partes, es algo más que la imagen de una cultura mecanizada. Es el síntoma de la deshumanización de una sociedad que ha perdido los perfiles del espíritu, la exquisita delicadeza de la paz, de la serenidad, del silencio."
"Mientras escribo intento aislarme, abstraerme, navegar hacia dentro. No oír, no oír. Es imposible. Por la ventana penetra el ruido sordo, redondo, arrastrado, de la calle. Un ruido viscoso, constante, sin intermitencias, que lo va rodeando a uno y se le pega como una piel. Ruido odioso y hostigante, que sube del asfalto como una bocanada caliente."
martes, 23 de noviembre de 2010
De amicitia

"(...) Los héroes son realmente héroes cuando son humanos, cuando pueden morir. Lo contrario no tiene ningún mérito. Por eso, estrictamente, la fortaleza sólo se prueba ante un peligro de muerte.Después de todo lo que ha pasado, se me ha ocurrido una especie de lema para mi contienda: Los caballeros tienen que mostrar sus heridas, enorgullecerse de las cicatrices ganadas en la batalla. A mí, además, me enorgullecen las de mis amigos, que son la evidencia de su grandeza de alma en medio de su pequeñez. Y poco a poco me voy convenciendo de que las miserias unen mucho más que la marcha lineal y constante -buena- de la existencia.Todos llevamos un foco de podredumbre dentro y no tener miedo a que se manifieste pertenece a eso que es compartir la vida con quien se ama. No hemos hablado de lo ocurrido, pero desde entonces todo ha cambiado. Nos entendemos mejor. Creo que podría aventurarme a decir que hace falta un instante de derrumbamiento o dolor, un momento de la más patente miseria para que una amistad se consuma. Las sombras exaltan mucho mejor las luces de un cuadro."EL DUQUE DE CAMELOT.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Contra me

Si no voy a la guerra, en cualquier caso moriré. Y si he de morir, que sea en la batalla. Así, quizá, después, tras la muerte, podré gozar de la victoria.
Que la Providencia os acompañe,
miércoles, 7 de abril de 2010
La mala costumbre de acostumbrarse
Todos, jóvenes y viejos como yo, hemos experimentado alguna vez cómo la fuerza de la costumbre termina por imponerse. Es, en parte, un modo de sobrevivir. Somos animales de costumbres y, al final, siempre terminamos por adaptarnos a los ambientes más adversos, a las realidades más sorprendentes. Y es que en parte debe ser así: las heridas tienen que cicatrizar, no pueden sangrar constantemente. Sin embargo, hay heridas que no deberían cerrarse o que de hacerlo, al menos tendríamos que tener la cicatriz lo suficientemente visible como para no olvidar lo que ha hecho que sangrase. Porque no todas las heridas son fruto de una caída, sino que las hay fruto de un triunfo en el combate o de una flecha que nos ha herido justo en el sitio preciso, en el mejor de los momentos. Hay otras que duelen, pero que las necesitamos para mantenernos vivos, para no caer en el aletargamiento, en la indiferencia.Un Duque no puede acostumbrarse a sus comodidades, a la gentileza de su gente, al sufrimiento que le participan. Así como un fraile no puede acostumbrarse a su pobreza de vida ni a la miseria de aquellos a quien visita o un juglar exitoso a divertir a la gente. Y es que no acostumbrarse tiene mucho que ver con saber ser agradecido y asumir un deber de justicia. No acostumbrarse ante las bondades de la vida es un continuo saber dar las gracias; no acostumbrarse ante el sufrimiento ajeno, ante las injusticias sociales, es una reivindicación constante.
¿Por qué es entonces tan difícil? Supongo que tiene que ver con su importancia, con la belleza que se nos escapa. Hacer que nuestra mirada no envejezca es una de las mejores cosas que podemos alcanzar. No acostumbrarse es mantener viva la mirada, es saber mirar, con esa profundidad que se capta enseguida en los niños. Decimos que algo que vuelve parte del paisaje cuando ya no lo vemos, cuando se nos ha ensombrecido la mirada y permanecemos indiferentes a ello, cuando nos acostumbramos. Lo ideal sería hacer un nuevo paisaje de aquellas cosas ante las que el acostumbramiento se hace vicio, un paisaje que, en el sentido más estricto, debe ser contemplado una y otra vez hasta hacerlo plenamente nuestro.
Que no os acostumbréis y la Providencia os acompañe,
EL DUQUE DE CAMELOT.
sábado, 19 de diciembre de 2009
Todos los caballeros son andantes

Los caballeros tienen que emprender el camino. No pueden quedarse siempre en casa; es preciso que salgan al mundo y se enfrenten con él. It's a dangerous bussiness, Frodo. Por eso los caballeros son valientes. Creedme, lo más difícil es comenzar a andar porque nunca se sabe lo que se encontrará en el camino. Hay un instante de trepidación, ese que se da entre dar o no dar ese paso fuera, en el que se forja el caballero. Después será más o menos honrado, más o menos valiente, pero es ahí donde se hace caballero.
La vida muchas veces pende de un hilo, que pensándolo bien suele ser la representación de la duda. Es un sitio peligroso, que nos impide actuar pero que mantiene latente el principio de la acción. ¿Por qué digo peligroso? Porque podemos permanecer en él demasiado tiempo. No dudar, no preguntarse, no debatirse es no admirarse, es dejar de ser joven. Por otro lado, decidirse, emprender un camino, puede ser muy difícil porque no es simplemente cuestión de un "sí". Ya quisiéramos que fuese así de fácil, que dependiera de un sólo acto de la voluntad, pero de hecho la realidad es mucho más compleja. Entre el querer y el poder hay un abismo que no deja de sorprenderme, no sólo porque podemos querer imposibles -que es otro tema fascinante-, sino porque hay miles de cosas que no dependen de nosotros. Para construir el puente que salva el abismo se necesita algo más que las propias fuerzas.
A veces, lo que les pasa a los caballeros es que esperan demasiado tiempo el momento perfecto, las armas perfectas, que el caballo haya llegado a la madurez... y, sobre todo, esperan a haber adquirido al fin las fuerzas necesarias. Al final de la vida, todos dicen lo mismo: todos los caballeros son andantes, todos los caballeros se hacen en el camino a partir del momento que salen de sus casas. Cuesta un tiempo descubrir que no hay que esperar el momento perfecto, que no somos perfectos, ni siquiera los caballeros. Es cuestión de andar asumiendo el miedo... "El miedo a errar es miedo a la verdad", me dijeron cuando dudaba. No sé si aún hoy he logrado entender su sentido, pero muchas veces me ha ayudado a seguir el camino.
En cualquier caso, caminar y galopar, al menos, es siempre divertido.
Que la Providencia os acompañe,
jueves, 12 de noviembre de 2009
Caballeros de causas imposibles

jueves, 5 de noviembre de 2009
Una respuesta

Recojo una anécdota contenida en El diablo es conservador de Alejandro Llano. Yo no diré nada al respecto, seguramente el Duque de Camelot tiene mucho más que decir.
Anciano y ciego, el escritor argentino Jorge Luis Borges se encontraba ante una audiencia multitudinaria en la Universidad limeña de San Marcos. La revolución -provocada esta vez, curiosamente, por militares- parecía estar de nuevo a la orden del día, e impregnaba el ambiente académico de ese tono irreal y crispado que algunos conocemos bien. Los estudiantes insultaban a Borges porque algunas de sus recientes declaraciones chocaban clamorosamente con la ortodoxia revolucionaria que aquellos universitarios se sentían obligados a obedecer. Tras largos minutos de escándalo, durante los cuales Borges contemplaba el vacío con su mirada ciega, se hizo por fin el silencio. Borges comenzó a hablar de literatura con voz queda y quebrada. La luminosidad y la belleza comparecieron. El auditorio pasó de la rabia a la fascinación. Terminada la conferencia, llegó el turno de preguntas. La primera valió por todas: «¿Cómo es posible que un hombre tan culto e inteligente como usted, señor Borges, se empeñe en oponerse al curso de la historia?». La respuesta no tuvo desperdicio: «Oiga, joven, ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?».
martes, 13 de octubre de 2009
A propósito de "Una tempestad..."
Hoy he decidido correr un riesgo. Diré aquellas cosas que un duque no dice jamás. Me haré vulnerable.No sé si me estoy volviendo viejo o que simplemente tengo que decir lo que nunca he aceptado. Ya os lo he dicho. Los caballeros a veces tienen que mostrar sus heridas.
Soy el Duque de Camelot. Lo digo sin vanidad ni pretensiones de grandeza. Soy amigo del rey, tengo más riquezas de las que puedo contar, he luchando con valentía en numerosas batallas y el pueblo me aprecia. Y aún así esto no me basta. No me bastan ni la riqueza, ni los honores, ni siquiera la virtud para conseguir lo que tanto deseo. Hay una batalla que jamás podré ganar, un territorio que nunca podré conquistar, una realidad que no puedo aceptar.
No entiendo por qué de las cosas más importantes no se puede hablar, es como si fuera demasiado doloroso, como si esas cosas encerrasen mundos demasiado desconocidos que tienen que permanecer en tal estado. Hay una barrera entre las almas que no se puede franquear, aquel lugar al que no puedo llegar. Es esa experiencia de la soledad que nada tiene que ver con estar o no acompañado.
Decía un viejo amigo, hablando de un forastero: “podría darle limosna a su cuerpo, mas el cuerpo no le dolía: era su alma la que padecía, y a su alma no alcanzaba yo a llegar”. Nadie ha expresado mejor esa limitación que tanto me pesa, que tanto me duele. Quisiera poseer la única llave que jamás me será dada, aquella que me permita –sin violencia y con paso fino, delicadamente, sin que se note– conocer a las otras personas, saber lo que necesitan, lo que les preocupa, cargar con sus penas. No espero que lo entendáis. Ya dije que correría ese riesgo.
No quiero concluir con amargura. No es mi estilo, a pesar de los pesares. Ya os conté que Camelot es lugar de esperanza, y en cualquier caso hay quienes saben ver lo que nadie ve. Hay personas que saben leer en las almas, que ven el sufrimiento que puede haber detrás de una sonrisa y la honradez en una mirada. Hay quienes notan un mal día en un gesto –en apariencia desapercibido– de un amigo. Y creo que justo allí es donde nace la contemplación.
¡Esos hombres…! Da igual. En cualquier caso no soy uno de ellos. Es lo que a veces he llamado la experiencia del límite: una batalla para la que no tengo con qué luchar. En el fondo de esa experiencia sé bien lo que hay, una sed de más que hic et nunc no se puede saciar.
Que la Providencia os acompañe,
domingo, 2 de agosto de 2009
Camelot
En Camelot, lugar del honor y la justicia, se libran cada día múltiples batallas, muchas de las cuales no conocemos ni conoceremos jamás. Éstas son las más fascinantes, en las que se descubren los verdaderos héroes. En la Mesa Redonda se discuten las más grandes gestas, en los hogares del Reino se baten las más importantes.Aquí he conocido los mejores caballeros, aquellos que llevan por espada la verdad y por escudo la virtud, aquellos que están dispuestos a morir por un ideal más grande que ellos mismos, aún más grande que el honor.
Es Camelot un lugar de la esperanza. A pesar de que no faltan las dificultades (y puedo decir que las conozco bien) las miradas de los hombres no se entierran en el suelo sino que saben mirar al cielo; las grandes batallas siempre terminan con un grito de victoria, porque sabemos que los héroes también pueden sangrar y éstos encuentran la gloria en sus propias cicatrices, aquellas que les recuerdan que han caído.
Sí. En pocas palaras esto es Camelot: esperanza. Esa es la bandera que siempre se lleva en esta tierra, en esta guerra que aquí no termina.


