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domingo, 10 de febrero de 2013

El poema de un caballero

La última batalla ha sido especialmente intensa. Si es difícil valorar las pérdidas, más aún es valorar las ganancias. ¿Qué hemos ganado al ganar este combate? Mantener el campo de batalla lejos de Camelot, donde no podría soportar que se derramase una sola gota de sangre. Pero, ¿nuestros caballeros? ¿Cómo valorar el honor de nuestros combatientes?
Ayer, al volver de recuperar los cadáveres, Sir Lancelot me entregó un papel que pensó que me gustaría tener. Era un poema que encontró tirado en el campo de batalla. No sabemos —y así está bien— si lo escribió uno de los nuestros o del bando enemigo, y si ha salido vivo del combate. Aunque esas no las muestran con orgullo, también los caballeros tienen sus heridas en el alma. "Un cobarde", me dijo Lancelot. Un valiente, diría yo, si escribió esto y siguió luchando.

EL DUQUE DE CAMELOT.


Estoy a punto de entregar mis armas.
El camino es largo, la empresa dura,
pesada la carga de la soledad
que me legan los héroes caídos:
los combatientes intrépidos y firmes
hasta el fin. Mientras tanto, veo alzarse
la bandera del miedo y la tristeza,
vergüenza para un joven caballero,
fiel servidor de Dios y el rey. Mas es tarde.
Se apaga la lumbre. Ya duermen todos
la febril pesadez de los vencidos. 

domingo, 13 de enero de 2013

"Un mundo así, obvio, no existe". Szymborska.

Vista de mi habitación cerca de Cartagena. Más una iguana en la palmera.
Cada cierto tiempo, mi padre me envía un correo con un artículo de Ernesto Ochoa, un columnista de "El Colombiano", el principal diario de Medellín. Podría ser algo rutinario, como esos emails que avisan de actualizaciones en una página web. Sin embargo, mi padre, que sólo me envía los artículos de cuando en cuando, es selectivo y acierta, insospechadamente, en los temas. Las columnas que escoge demuestran una doble intuición: una literaria, pues su selección es una fina forma de crítica; otra, más importante, paternal, pues también los padres tienen un sexto sentido, y el mío me envía siempre los artículos que necesito. No sé cómo lo hace, pero no es raro que acierte con uno de una temática que ha estado rondando mi cabeza. Hace un año hablé de esto, en Solitude (IV), gracias a otro acierto suyo, con la columna "Ese olor a musgo".
Esta vez, junto al artículo, mi padre añade una pregunta: "¿Cuándo retomas el blog?", que prueba que su intuición no es simple coincidencia. 

Ernesto Ochoa titula su columna "Diatriba contra el ruido", pues una vez terminadas las vacaciones navideñas, en las que el Nacimiento impone la Stille Nacht, y las familias que pueden peregrinan al campo, vuelve ahora el ruido metropolitano, los atascos y las prisas. 
"El ruido busca llenar un vacío interior. Es problema de las almas, no de las máquinas. Una ciudad poblada de ruidos, a toda hora y en todas partes, es algo más que la imagen de una cultura mecanizada. Es el síntoma de la deshumanización de una sociedad que ha perdido los perfiles del espíritu, la exquisita delicadeza de la paz, de la serenidad, del silencio."
El silencio, sí. De eso hablaba en mi última entrada, ahora tan lejana. De la necesidad del silencio, de callar y reflexionar, vivir más hacia dentro. Cuando todo se convierte en pura información —"¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?"—, se vive sólo con el deseo de comunicar, olvidando ese mensaje, tan evangélico, elegante y profundo, de guardar las cosas y meditarlas en el corazón.
Sin embargo, no todo silencio es de suyo fructífero. También hay silencios áridos, vacíos. No creo que ese sea el caso del silencio del Duque, que probablemente no haya sido tan estéril como a veces parece, aunque sí que ha sido mucho más largo de lo esperado. ¿Por qué?
Ernesto Ochoa dice en su columna:
"Mientras escribo intento aislarme, abstraerme, navegar hacia dentro. No oír, no oír. Es imposible. Por la ventana penetra el ruido sordo, redondo, arrastrado, de la calle. Un ruido viscoso, constante, sin intermitencias, que lo va rodeando a uno y se le pega como una piel. Ruido odioso y hostigante, que sube del asfalto como una bocanada caliente."
El Duque, en cambio, no quiere aislarse, ni abstraerse. Quiere escribir y, para eso, oír. Oír, es lo quiere. Oír hasta la luz. Hacer música con el ruido cotidiano. Escribir mientras escucha, que es la mejor forma de reflexionar y pasar de la anécdota a la categoría.
Hoy, por lo demás, se acaba la Navidad y empieza el tiempo ordinario, que este año ha coincidido también con el comienzo de mi vida ordinaria. Después de unas estupendas —y fructíferas en conversaciones como pocas— vacaciones en Cartagena, callar sería egoísta. Escribiendo es como se disfruta mucho más de todo. Y si algo me recordó Szymborska en Cartagena es que el mundo es asombroso y el poeta (ya quisiera yo) está allí para descubrirlo... y cantarlo. 

martes, 23 de noviembre de 2010

De amicitia



Me he encontrado con este manuscrito de hace ya muchos años. Pertenece a uno de mis diarios de juventud. Es parte de una reflexión, tras un instante en que vi cómo el rey, que por entonces sólo era mi amigo, perdió sus papeles y tocó fondo. Aquí os lo dejo. Desde ese entonces hemos sido los mejores amigos. Además es un documento cuasi-histórico, pues aparece por primera vez eso que tanto he repetido: Los caballeros tienen que mostrar sus heridas.
"(...) Los héroes son realmente héroes cuando son humanos, cuando pueden morir. Lo contrario no tiene ningún mérito. Por eso, estrictamente, la fortaleza sólo se prueba ante un peligro de muerte.

Después de todo lo que ha pasado, se me ha ocurrido una especie de lema para mi contienda: Los caballeros tienen que mostrar sus heridas, enorgullecerse de las cicatrices ganadas en la batalla. A mí, además, me enorgullecen las de mis amigos, que son la evidencia de su grandeza de alma en medio de su pequeñez. Y poco a poco me voy convenciendo de que las miserias unen mucho más que la marcha lineal y constante -buena- de la existencia.

Todos llevamos un foco de podredumbre dentro y no tener miedo a que se manifieste pertenece a eso que es compartir la vida con quien se ama. No hemos hablado de lo ocurrido, pero desde entonces todo ha cambiado. Nos entendemos mejor. Creo que podría aventurarme a decir que hace falta un instante de derrumbamiento o dolor, un momento de la más patente miseria para que una amistad se consuma. Las sombras exaltan mucho mejor las luces de un cuadro."

EL DUQUE DE CAMELOT.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Contra me


Llevo mucho tiempo fuera de Camelot. He estado en otros reinos, he conocido otras personas, y aunque lo mejor siempre es volver, porque sólo se vuelve a casa, todo regreso implica muchas despedidas y toda despedida muchas promesas. Pero cuando se es viejo, como yo, el futuro no está hecho para promesas porque ya no es apertura plena, por eso llega un momento en el que se prefiere aferrarse a lo de siempre, a lo dado, a los viejos conocidos, a la familia, a los recuerdos. Es más difícil dar cualquier paso adelante e incluso se hace más difícil amar. El primer impulso es cerrarse a lo viejo conocido y ahorrarse sufrimientos y despedidas. Ya sabéis que tengo alma de caballero y lo natural en mi son las batallas. Mi vida es una guerra conmigo mismo y aunque sé que el triunfo o la derrota sólo llegará al final, cuando muera en una de las batallas, tambien sé que desde ya tengo la victoria asegurada. Pero, mientras tanto, tengo que ir a contrapelo en esta lucha por no hacerme viejo, por no anclarme en el pasado sino acometer, sin escudo y sin espada, hacia el futuro. Abrirme, sin miedo a las despedidas o a encontrarme, de repente, con un amigo más que me llegue a fondo y al quitarme las vendas haga sangrar mis heridas. Son todo batallas que a veces cuestan sangre, pero que si no se emprenden cuestan la vida.
Si no voy a la guerra, en cualquier caso moriré. Y si he de morir, que sea en la batalla. Así, quizá, después, tras la muerte, podré gozar de la victoria.

Que la Providencia os acompañe,
EL DUQUE DE CAMELOT.


miércoles, 7 de abril de 2010

La mala costumbre de acostumbrarse

Todos, jóvenes y viejos como yo, hemos experimentado alguna vez cómo la fuerza de la costumbre termina por imponerse. Es, en parte, un modo de sobrevivir. Somos animales de costumbres y, al final, siempre terminamos por adaptarnos a los ambientes más adversos, a las realidades más sorprendentes. Y es que en parte debe ser así: las heridas tienen que cicatrizar, no pueden sangrar constantemente. Sin embargo, hay heridas que no deberían cerrarse o que de hacerlo, al menos tendríamos que tener la cicatriz lo suficientemente visible como para no olvidar lo que ha hecho que sangrase. Porque no todas las heridas son fruto de una caída, sino que las hay fruto de un triunfo en el combate o de una flecha que nos ha herido justo en el sitio preciso, en el mejor de los momentos. Hay otras que duelen, pero que las necesitamos para mantenernos vivos, para no caer en el aletargamiento, en la indiferencia.
Acostumbrarse, como todas las malas costumbres, no cuesta nada. Es el proceso natural, el mar en el desembocan todos los ríos. Es la salida fácil, el modo de no sufrir, la construcción solapada de una campana de cristal que nos mantiene protegidos de una realidad que no oculta su cara amarga.
Acostumbrarse, como todas las malas costumbres, no cuesta nada. Es el proceso natural, el tubo de escape por donde se nos van los mejores momentos. Es la pérdida de la capacidad de asombro, el saco roto al que se echan las mayores alegrías que un día nos hicieron vibrar y que ahora no son más que una fotografía estática.
Lo malo y lo bueno se hacen objeto de la costumbre, y hay que impedir que ésta los alcance. Los hombres no somos pura fugacidad, como algunos nos hacen creer. No estamos hechos para el olvido. Por eso allí está la pena: olvidamos demasiado fácil, por más que lo evitemos tenemos una memoria muy frágil. A veces quisiéramos que un recuerdo se nos quedase grabado a fuego vivo, pero al traerlo a la memoria parece que ha perdido su fuerza. El recuerdo nos pertenece, le pertenecemos, formamos una misma cosa, nos hacemos a él, nos acostumbramos.

Un Duque no puede acostumbrarse a sus comodidades, a la gentileza de su gente, al sufrimiento que le participan. Así como un fraile no puede acostumbrarse a su pobreza de vida ni a la miseria de aquellos a quien visita o un juglar exitoso a divertir a la gente. Y es que no acostumbrarse tiene mucho que ver con saber ser agradecido y asumir un deber de justicia. No acostumbrarse ante las bondades de la vida es un continuo saber dar las gracias; no acostumbrarse ante el sufrimiento ajeno, ante las injusticias sociales, es una reivindicación constante.

¿Por qué es entonces tan difícil? Supongo que tiene que ver con su importancia, con la belleza que se nos escapa. Hacer que nuestra mirada no envejezca es una de las mejores cosas que podemos alcanzar. No acostumbrarse es mantener viva la mirada, es saber mirar, con esa profundidad que se capta enseguida en los niños. Decimos que algo que vuelve parte del paisaje cuando ya no lo vemos, cuando se nos ha ensombrecido la mirada y permanecemos indiferentes a ello, cuando nos acostumbramos. Lo ideal sería hacer un nuevo paisaje de aquellas cosas ante las que el acostumbramiento se hace vicio, un paisaje que, en el sentido más estricto, debe ser contemplado una y otra vez hasta hacerlo plenamente nuestro.
¡No quiero acostumbrarme!

Que no os acostumbréis y la Providencia os acompañe,

EL DUQUE DE CAMELOT.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Todos los caballeros son andantes


Los caballeros tienen que emprender el camino. No pueden quedarse siempre en casa; es preciso que salgan al mundo y se enfrenten con él. It's a dangerous bussiness, Frodo. Por eso los caballeros son valientes. Creedme, lo más difícil es comenzar a andar porque nunca se sabe lo que se encontrará en el camino. Hay un instante de trepidación, ese que se da entre dar o no dar ese paso fuera, en el que se forja el caballero. Después será más o menos honrado, más o menos valiente, pero es ahí donde se hace caballero.

La vida muchas veces pende de un hilo, que pensándolo bien suele ser la representación de la duda. Es un sitio peligroso, que nos impide actuar pero que mantiene latente el principio de la acción. ¿Por qué digo peligroso? Porque podemos permanecer en él demasiado tiempo. No dudar, no preguntarse, no debatirse es no admirarse, es dejar de ser joven. Por otro lado, decidirse, emprender un camino, puede ser muy difícil porque no es simplemente cuestión de un "sí". Ya quisiéramos que fuese así de fácil, que dependiera de un sólo acto de la voluntad, pero de hecho la realidad es mucho más compleja. Entre el querer y el poder hay un abismo que no deja de sorprenderme, no sólo porque podemos querer imposibles -que es otro tema fascinante-, sino porque hay miles de cosas que no dependen de nosotros. Para construir el puente que salva el abismo se necesita algo más que las propias fuerzas.

A veces, lo que les pasa a los caballeros es que esperan demasiado tiempo el momento perfecto, las armas perfectas, que el caballo haya llegado a la madurez... y, sobre todo, esperan a haber adquirido al fin las fuerzas necesarias. Al final de la vida, todos dicen lo mismo: todos los caballeros son andantes, todos los caballeros se hacen en el camino a partir del momento que salen de sus casas. Cuesta un tiempo descubrir que no hay que esperar el momento perfecto, que no somos perfectos, ni siquiera los caballeros. Es cuestión de andar asumiendo el miedo... "El miedo a errar es miedo a la verdad", me dijeron cuando dudaba. No sé si aún hoy he logrado entender su sentido, pero muchas veces me ha ayudado a seguir el camino.
En cualquier caso, caminar y galopar, al menos, es siempre divertido.

Que la Providencia os acompañe,

EL DUQUE DE CAMELOT.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Caballeros de causas imposibles


La historia de mi vida no comienza en las altas esferas de una corte. Antes de ser Duque fui mucho tiempo Caballero y esa ha sido siempre mi verdadera vocación. Cuando empecé a hacerme viejo acepté este título del que ahora me precio, de manos de Su Majestad, el Rey. Soy feliz, de eso no hay duda, pero aún así conservo mis armas de batalla como el tesoro más preciado. En ellas están mis memorias de aquella época en la que tomé el escudo, un caballo brioso, empuñé la espada y emprendí el camino.

Recuerdo perfectamente el día que decidí ser Caballero y recuerdo con igual claridad todas aquellas cosas que se fueron gestando en mí desde que era muy pequeño, cuando mi padre me contaba miles de historias caballerescas. Aún siguen vivos en mí, a pesar de que me he hecho viejo, todos aquellos ideales que me empujaron a salir de casa.

Mi padre nunca fue Caballero, su vocación era de artista y se dedicaba a los oficios manuales. Fue un gran pintor y principalmente se dedicaba a la orfebrería, aunque más de una vez ejerció también de trovador. Supongo que de allí sacaba sus geniales historias, que tanto me gustaban. Mi madre, por su parte, era hilandera. Ser Caballero fue algo que primero se formó en mi imaginación como algo inalcanzable, pues sólo la gente de noble cuna era digna de tal ministerio. En todo caso, no es mi intención contar con detalles mi historia, mi padre tenía nobles que le conocían y estimaban como hombre y artista y así fue como aquel ideal se hizo posible.

Mis ideales eran altos, nobles y quizás ilusorios. No conocía la vida de la corte, ni los campos de batalla y no había pensado que salvar vidas implicaba destruir otras. Esas fueron cosas que empezaron a aparecer en el camino y, después de muchas lágrimas solitarias, me hicieron un gran Caballero. Antes de empuñar la espada le juré a mi padre luchar por el honor y la justicia, y ese mismo día le juré a Dios que perdería todo antes de dar un paso atrás; le juré incluso perder el honor antes que por soberbia negarme a mostrar mi debilidad. Los caballeros tienen que mostrar sus heridas es algo que nunca me he cansado de repetir.

Durante la ceremonia hice un juramento; en el interior de mi modesta casa hice otro: Juré que siempre lucharía por las causas imposibles. Fue un juramento de juventud, que ahora no sé si me hubiera atrevido a formular, pero del que nunca me he arrepentido. Aún hoy lo renuevo cada día y creo que es de las pocas cosas que desde aquella época no he dejado de hacer. Aquéllas son las causas en las que "ya no queda nada que hacer", según los hombres sensatos, pero que unos pocos locos se deciden tomar sobre sus hombros. Son empresas que causan heridas, ultrajes y burlas, y a veces muchas pérdidas. Pero creedme, lo digo yo que además de Caballero soy Duque, esas son las que valen la pena, por esas causas aún guardo mis armas. No puedo quejarme: he obtenido un premio en esta vida, pero sé que hay muchos que siguen en medio de muchas batallas imposibles e incluso sé de quienes han muerto en el intento. Son los valientes de la tierra, que han visto que por encima de esta gran cosa -el honor- hay coronas sempiternas. Pues hay quienes se juegan la viva por la honra y quienes se juegan la honra por el alma.
Que la Providencia os acompañe,
EL DUQUE DE CAMELOT.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Una respuesta


Recojo una anécdota contenida en El diablo es conservador de Alejandro Llano. Yo no diré nada al respecto, seguramente el Duque de Camelot tiene mucho más que decir.

Anciano y ciego, el escritor argentino Jorge Luis Borges se encontraba ante una audiencia multitudinaria en la Universidad limeña de San Marcos. La revolución -provocada esta vez, curiosamente, por militares- parecía estar de nuevo a la orden del día, e impregnaba el ambiente académico de ese tono irreal y crispado que algunos conocemos bien. Los estudiantes insultaban a Borges porque algunas de sus recientes declaraciones chocaban clamorosamente con la ortodoxia revolucionaria que aquellos universitarios se sentían obligados a obedecer. Tras largos minutos de escándalo, durante los cuales Borges contemplaba el vacío con su mirada ciega, se hizo por fin el silencio. Borges comenzó a hablar de literatura con voz queda y quebrada. La luminosidad y la belleza comparecieron. El auditorio pasó de la rabia a la fascinación. Terminada la conferencia, llegó el turno de preguntas. La primera valió por todas: «¿Cómo es posible que un hombre tan culto e inteligente como usted, señor Borges, se empeñe en oponerse al curso de la historia?». La respuesta no tuvo desperdicio: «Oiga, joven, ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?».

martes, 13 de octubre de 2009

A propósito de "Una tempestad..."

Hoy he decidido correr un riesgo. Diré aquellas cosas que un duque no dice jamás. Me haré vulnerable.

No sé si me estoy volviendo viejo o que simplemente tengo que decir lo que nunca he aceptado. Ya os lo he dicho. Los caballeros a veces tienen que mostrar sus heridas.

Soy el Duque de Camelot. Lo digo sin vanidad ni pretensiones de grandeza. Soy amigo del rey, tengo más riquezas de las que puedo contar, he luchando con valentía en numerosas batallas y el pueblo me aprecia. Y aún así esto no me basta. No me bastan ni la riqueza, ni los honores, ni siquiera la virtud para conseguir lo que tanto deseo. Hay una batalla que jamás podré ganar, un territorio que nunca podré conquistar, una realidad que no puedo aceptar.

No entiendo por qué de las cosas más importantes no se puede hablar, es como si fuera demasiado doloroso, como si esas cosas encerrasen mundos demasiado desconocidos que tienen que permanecer en tal estado. Hay una barrera entre las almas que no se puede franquear, aquel lugar al que no puedo llegar. Es esa experiencia de la soledad que nada tiene que ver con estar o no acompañado.

Decía un viejo amigo, hablando de un forastero: “podría darle limosna a su cuerpo, mas el cuerpo no le dolía: era su alma la que padecía, y a su alma no alcanzaba yo a llegar”. Nadie ha expresado mejor esa limitación que tanto me pesa, que tanto me duele. Quisiera poseer la única llave que jamás me será dada, aquella que me permita –sin violencia y con paso fino, delicadamente, sin que se note– conocer a las otras personas, saber lo que necesitan, lo que les preocupa, cargar con sus penas. No espero que lo entendáis. Ya dije que correría ese riesgo.
"Una tempestad bajo un cráneo" terminaba diciendo: "Pero entremos". Esa entrada sólo es posible para mí desde la literatura.. La puerta está cerrada. No tengo la llave.

No quiero concluir con amargura. No es mi estilo, a pesar de los pesares. Ya os conté que Camelot es lugar de esperanza, y en cualquier caso hay quienes saben ver lo que nadie ve. Hay personas que saben leer en las almas, que ven el sufrimiento que puede haber detrás de una sonrisa y la honradez en una mirada. Hay quienes notan un mal día en un gesto –en apariencia desapercibido– de un amigo. Y creo que justo allí es donde nace la contemplación.

¡Esos hombres…! Da igual. En cualquier caso no soy uno de ellos. Es lo que a veces he llamado la experiencia del límite: una batalla para la que no tengo con qué luchar. En el fondo de esa experiencia sé bien lo que hay, una sed de más que hic et nunc no se puede saciar.

Que la Providencia os acompañe,
EL DUQUE DE CAMELOT.

domingo, 2 de agosto de 2009

Camelot

En Camelot, lugar del honor y la justicia, se libran cada día múltiples batallas, muchas de las cuales no conocemos ni conoceremos jamás. Éstas son las más fascinantes, en las que se descubren los verdaderos héroes. En la Mesa Redonda se discuten las más grandes gestas, en los hogares del Reino se baten las más importantes.
Aquí he conocido los mejores caballeros, aquellos que llevan por espada la verdad y por escudo la virtud, aquellos que están dispuestos a morir por un ideal más grande que ellos mismos, aún más grande que el honor.
Es Camelot un lugar de la esperanza. A pesar de que no faltan las dificultades (y puedo decir que las conozco bien) las miradas de los hombres no se entierran en el suelo sino que saben mirar al cielo; las grandes batallas siempre terminan con un grito de victoria, porque sabemos que los héroes también pueden sangrar y éstos encuentran la gloria en sus propias cicatrices, aquellas que les recuerdan que han caído.
Sí. En pocas palaras esto es Camelot: esperanza. Esa es la bandera que siempre se lleva en esta tierra, en esta guerra que aquí no termina.

EL DUQUE DE CAMELOT.


Y como en Camelot, también ahora, en un Reino un
poco más grande –¡el mundo!– donde se combaten
muchas otras batallas...