domingo, 28 de febrero de 2010

De griegos, bárbaros y artistas


"No hay trazas de que los griegos pensasen que había que cargar de desesperación el arte (...). Es más probable que estuviesen de acuerdo con el punto de vista de que es ocupación de las artes compensar la vida creando lo que, por lo general, la vida se niega a crear: individuos de extraordinario valor y belleza, momentos despojados de toda trivialidad. Un pintor moderno dijo: "Pinto como un bárbaro en una edad bárbara". Un griego podía haber replicado: "Si tu tiempo es bárbaro, tal es la razón más contundente y posible para no pintar como un bárbaro".

K. Dover (ed.), Literatura en la Grecia Antigua, Madrid, 1986, pp.19-20

Una de las cosas que más me sorprenden de la condición humana es la tensión constante a la que el ser humano se ve enfrentado entre las realidades más mundanas y las ansias de infinito. Por más de que todas sus necesidades materiales estén cubiertas, no se siente completo. Aún más, ni siquiera cuando goza de bienes espirituales, como la amistad y la vida buena, se conforma, sino que por el contrario esa hambre de infinitud de acentúa. Es como si el ser humano estuviese herido por el signo “más” y se viese obligado a andar tras la búsqueda de una plenitud que nunca lo sacia. El “más” es la huella distintiva de la humanidad, pero sobre todo es la herida que más profundamente ha marcado a los artistas. Por eso pienso que los artistas, en general, son personas que han sentido con más fuerza esa sed y han sabido captar especialmente eso que yace en el fondo de todo hombre hasta el punto de lograr materializarlo, ya sea en un poema, una canción o cualquier otro tipo de manifestación artística. Ese es para mí el genuino arte, aquel que, sin ser moralizante, logra hacer visible lo invisible.

Por esto muchas veces me he preguntado: ¿por qué parece que el arte sólo está hecho para ciertos caracteres bohemios?, ¿por qué parece que siempre se está a la búsqueda de lo más desgarrador, de la expresión más desesperanzada?, ¿por qué solemos pensar que los círculos artísticos tienen lugar en un bar de mala muerte, con olor a yerba y sinsentido? Me rehúso a aceptar que la Belleza pase a ser la gran ausente en el arte. Con esto no quiero decir que el arte debería ser una pintura rosa, algo meramente polite, idealizado o moralizante, pues eso sería desgraciar el arte, hacerlo falaz porque se alejaría de la auténtica realidad humana. Ambos estilos artísticos, el desesperado y el refinado, son una negación, una huida de la apertura hacia lo infinito. El arte del sinsentido hace que dicha apertura deje de ser tal, para convertirse en un peso insufrible, una condena a la infelicidad que hace inútiles todos los esfuerzos. Este artista conoce su marca –el punto de partida siempre es el mismo–, pero sólo es capaz de vivirla desde la desesperanza. Su oficio consiste en meter el dedo en la herida, hacerla más profunda y revolcarse en su propio dolor. Por otra parte, el arte ingenuo deja de lado la realidad del hombre como un ser que padece, y se olvida de que la sed de más es principalmente eso, sed, y por tanto entraña un cierto sufrimiento y dolor. Desde el momento en que el artista ha sentido esa insatisfacción ha empezado olvidarla, tratando de llenarla plenamente, como si con un simple vaso de agua bastase, como si estuviese en sus manos deshacerse del peso. En este intento se corre el riesgo de hacer un arte meramente aleccionador, falso o incluso hipócrita, que no muestra la Belleza sino que la impone y, a fuerza de obligación, pierde su rostro auténtico.

Un artista que se olvida de su condición humana, no debería ser llamado artista, pues precisamente su misión está en hacer al hombre más humano, en tocar las almas, sacudirlas de su superficialidad, mostrarles la eternidad del instante, hacerle ver las sutilezas que se escapan a quienes carecen del don. Su destreza está en dejar que sangre la herida, sabiendo que en esa abertura está la posibilidad de entrada de la esperanza, la belleza, las realidades más extraordinarias. A través del arte se puede llegar a donde jamás llegaría un razonamiento o un buen conjunto de palabras bien escogidas. En sus entrañas está la fuerza de la cultura, que es la que en mi opinión realmente puede lograr un cambio: sobrevivir a una civilización bárbara superándola. Por eso no todo puede ser arte ni cualquiera puede ser artista. Captar en lo finito la infinitud y vivir tras la búsqueda de lo que “la vida se niega a crear” es algo que, lamentablemente, a muchos no se nos ha dado. Por eso el oficio del artista es ante todo vocación y su respuesta consiste en no callarse, despertarse y despertar; lo contrario sería una iniquidad.

miércoles, 17 de febrero de 2010

El polvo que somos


Todos lo hemos pensado alguna vez: No somos nada. Nada más que polvo y ceniza. Nos comparamos con las galaxias y a nadie le deja indiferente verse tan minúsculo. ¿Qué tal que fuésemos los reyes del mundo? ¿Y si pudiésemos hacernos con toda la realidad?... ¿Y si de verdad pudiésemos cambiar el mundo? ¡Si ni siquiera podemos conocer la esencia de una mosca!
La realidad nos supera enormemente, ¡qué poca cosas somos! ¿Y aún hay quienes la estudian directamente, como su objeto, así en general? ¡Menuda soberbia pensar que pueden aprehenderla! Les sobran argumentos y les falta sencillez para darse cuenta de que son nada y menos que nada, menos que la diezmillonésima parte de un átomo en comparación con el universo entero. Sus pretensiones son como las de un grano de arena que se propone absorber el agua del mar. ¡Aún hay ingenuos de tal índole!

Nada. Nada más que polvo y ceniza. Una lucha constante entre lo poco y mucho, lo temporal y lo eterno, la luz y la oscuridad. Un guerra que se bate entre soberbia y humildad.

jueves, 4 de febrero de 2010

Amigos literarios


¿Qué es mejor? ¿La fantasía o la realidad? He aquí una pregunta profundamente filosófica, profundamente vital. Quizás hace algunos años hubiese contestado que la fantasía, ahora sin dudo pienso que la realidad la supera enormemente. Sin embargo, tampoco tengo los pies tan puestos en este mundo y si algo he aprendido en este último tiempo es que la imaginación tiene mucho que ver con la realidad. Santo Tomás, con unas palabras preciosas, decía que "el motivo por el que el filósofo se asemeja al poeta es porque los dos tienen que habérselas con lo maravilloso".

Desde hace algún tiempo he decidido leer como si estableciese con los libros una conversación. Y desde entonces he aprendido a vivirlos desde dentro. Han resultado una compañía incomparable -como también es incomparable la compañía de un amigo- y unos grandes maestros del vivir. Leemos para saber que no estamos solos, se ha dicho por ahí. Desde entonces tengo unos amigos literarios fascinantes. Creo que algún día me gustaría escribir sobre ellos. Supongo que todos tenemos amigos de esos, que de algún modo siempre nos acompañan. Por eso la literatura no es un escondite, ni algo propio de egoístas.
Jean Valjean, Asher Lev, Edmond Dantes, Leo Villalba, Fred y George. Y otros tantos.

Hace poco me acordé del Principito, de las estrellas, y hoy, por fin, ¡he descubierto quién era el tal Leon Werth! :)

La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecitas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido... -¿Qué quieres decir?-. Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!

sábado, 16 de enero de 2010

La admiración y la soledad



«El admirarse es un sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración»
Platón
«Por la admiración comenzaron los hombres a filosofar en un principio y siguen ahora filosofando»
Aristóteles

Son muchas, y muy bellas, las cosas que hasta ahora se han dicho de la admiración como principio y aliento de todo conocimiento. Me atrevería a decir que la admiración es una de las razones por las que estudio Filosofía y uno de los fines a los que tiendo. Es cierto que admirarse es el comienzo de todo filosofar, pero también es su fin y me alegro profundamente de pensar que es una actividad que, por estar estrechamente ligada a la contemplación, se perpetuará eternamente. De hecho, creo que son pocas las cosas de las que puede decirse esto y me enorgullece pensar que la Filosofía está entre ellas. Siempre seremos filósofos, así que mientras "dure" el siempre, la admiración llegará a los grados más supremos y compartiremos esa mirada con miles de personas que también han sabido admirarse en la tierra.

Sin embargo, pienso que aquí y ahora la admiración suele ir acompañada de una cierta soledad y un cierto sabor de vacío. Nadie nunca nos ha enseñado a contemplar y mucho menos a apreciar su valor, por eso cada vez hay menos admiradores (quizás más idólatras) y más hombres grises.
Seguro que a más de uno le ha pasado lo de Mafalda: se ha emocionado con algo pequeño e inmediatamente ha buscado en vano una mirada alrededor con quien compartirlo. Por eso cada vez me alejo más de "la autarquía del sabio" y me inclino más a eso de que "sin amigos nadie querría vivir". La alegría fruto de la sorpresa no pierde su fuerza al no encontrar otro admirador, pero tampoco llega a ser más plena. Al final es inevitable sentir ese sinsabor de algo que no ha sido completado. Por eso pienso que la Filosofía es un vaivén entre uno y otro extremo, el objeto de los mayores amores y las mayores penas.

No pocas veces la experiencia de la soledad se hace sentir, la ceguera que nos rodea y el propio egoísmo ante la duda de si deberíamos ocuparnos de otras cosas. Es muy fácil desertar de la Filosofía. Siempre hay tentaciones, siempre hay dudas... y un poco de miedo, el miedo propio del misterio, propio de algo que nos supera infinitamente, que no merecemos. Es fácil desertar. Pero hay que decidirse y convencerse desde el principio: en este camino no se puede andar por senderos firmes, perfectamente señalizados, alumbrados y recorridos. Por eso siempre hay espacio para el asombro, para descubrir lo escondido y volverse a sonreír ante lo mil veces visto. Es imposible hacerse viejo con la Filosofía, es preciso cuidar y cultivar la mirada de niño. Cuando esta se pierde surgen los nihilismos y escepticismos. Es entonces cuando se pierde la fe, cuando ya no se encuentra la chispa del admirarse, cuando se renuncia a aceptar que puede existir un camino verdadero que no brinda desde el principio todas las certezas (por eso el nihilismo no da cabida a la esperanza). Quizás es también entonces cuando llega el cansancio, la soledad se hace más patente y ya no queda más nada.
En cualquier caso muchas veces hay que caminar a solas, disfrutando del silencio o deseando con ansias un poco de compañía... Pero caminar siempre. Entre tanto hay un poco de todo y cada quien lo vive de distintas maneras. Admiración-soledad-admiración-soledad-admiración-soledad-admiración (en ese orden) son mis constantes y mis guerras en contra de algo que no puedo vencer, que en el fondo ni siquiera querría. Una guerra perdida que me gusta perder, la lucha contra el don que pide una respuesta. No cabe acostumbrarse ante la Filosofía, quien lo hace deja de ser filósofo. Hay que aprender a vivir con la inquietud y sentir el peso de algo que no podemos llevar, que nos supera enormemente. Es algo apasionante, no hay quien lo niegue, sentirse llamado a una tarea mucho más grande que nosotros mismos. Aunque a veces, tampoco yo lo niego, se quiera tirar todo por la borda. Admiración-soledad... Es una realidad irrenunciable, que siempre vale la pena.

sábado, 9 de enero de 2010

Los Reyes Magos


Esta Navidad me he hecho muy amiga de los Reyes. Me ha costado años fijar mi mirada en ellos y ahora, por fin, los he redescubierto. He pensado en su viaje, en todo lo que eso implica, en las aventuras qu pudieron haber pasado y en su alegría al encontrar al Niño. Vamos, que me han parecido muy simpáticos y este año les he pedido que quería ser como ellos, que me permitieran viajar con ellos.

El caso es que al parecer yo también les he parecido simpática y me han traído... una brújula. Sí, una brújula. Ya lo sé, a mí también me ha desconcertado. ¿Qué podría hacer yo, estudiante urbana de filosofía, con una brújula? Mi única respuesta es que los pobres Reyes no querían que yo pasara sus mismas dificultades y se han encargado de proveerme de un elemento del que ellos carecían: una brújula. Y es que, en el fondo, pensándolo bien, eso de emprender un viaje que duraría meses, montados en camellos (que supongo serán más lento que un caballo), a través del desierto, y encima guiados por una estrella, tiene sus peligros. ¿Qué era de ellos durante el día sin la estrella y qué si ésta desaparecía? Ya sabemos que esta "gracia" de la estrella perdida no trajo nada bueno... Herodes, los inocentes, etc.

En cualquier caso, andar con una brújula tiene que ser mucho más seguro. Así que gracias, queridos Reyes, por vuestro regalo. Así cuando haga mi viaje desde Occidente, nada de estrellas inconstantes, eso era otra época y una brújula "mola" más. Supongo que eso de los camellos también habrá que repensarlo, pero bueno, de eso ya hablaremos el próximo año.

En fin, aún no salgo de mi sorpresa y he pensado en diez cosas que podría hacer con una brújula en caso de que el viaje a Oriente, al mejor estilo Rey Mago, fracase.

1. Utilizarla en una conferencia con gente joven. Así cuando use la famosa frase "¡busca tu norte!", podré enseñar la brújula en vivo y en directo y dejarla en préstamo a aquel que se decida a encontrarlo.

2. Utilizarla como una regla "guay", pues tiene una parte que mide hasta 5 cm y otra que mide hasta 3 pulgadas.

3. Amplificar letras muy pequeñas con una minilupa incorporada (tipo mirilla) que aún no sé para qué más sirve.

4. Fanfarronear con ella, presumiendo todas las selvas que he recorrido con su ayuda, sin perderme jamás.

5. Irme de excursión a la montaña y, en mitad, pararme, sacarla y mirar al horizonte con aire circunspecto, sólo para ver qué se siente.

6. Coger un mapa de Pamplona, disfrazarme de Indiana Jones y encontrar la forma más complicada de llegar hasta la Plaza del Castillo.

7. Llevar la brújula en el cuello (con la tira amarilla diseñada expresamente para este fin) y así recordar siempre a los Reyes Magos... su perseverancia, su fe, etc.

8. Probar su eficacia y pedir que me dejen en un lugar desolado con un mapa y la brújula, para ver cuánto tardo en volver a casa.

9. Llevar una cámara conmigo y preparar un post para el blog con la cara de la gente cuando les diga que tengo una brújula.

10. Tomarme en serio esto de la brújula y averiguar cómo funciona. No vaya a ser que llegue un día en el que diga: "¡Rayos! Si tan sólo tuviera una brújula aquí conmigo y supiera utilizarla..."

miércoles, 6 de enero de 2010

Guayacán



España, querida España, aprecio tus montañas y tus mares, tu cielo azul en un día frío. Sabes que me encantan tus paisajes, tus bosques, tus inmensos campos. Pero lamento decirte que no conoces los guayacanes. No sabes lo que son, ni lo que te pierdes. Está bien, no te preocupes, que aún te queda el otoño y por ese entonces, como los guayacanes, los árboles también llueven luz.

VAN GOGH

Por Leonel Estrada (Artista colombiano)

Es tarde para decírtelo
pero si hubieras conocido
el amarillo
de nuestros guayacanes,
te aseguro,
no habrías pintado girasoles.

martes, 29 de diciembre de 2009

Inventar el libro



Me he encontrado con este maravilloso artículo publicado en "El Malpensante". Es una joya, ¡que lo disfrutéis!

INVENTAR EL LIBRO

Juan Villorio

¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.

Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿podemos inventar hacia atrás? ¿Qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no solo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que solo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Solo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word dedicado con cariño a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.