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viernes, 17 de febrero de 2012

La amistad silenciosa de los libros

Qué suerte que haya poemas —poetas—, pacientes, silenciosos, con quien poder hablar de estas cosas —las lágrimas, la fugacidad, la sed, la búsqueda, la cuesta arriba, el dolor— con calma, largo y tendido, sin deprimir a quien me escucha, sin que se canse de mí, sin que me llame egoísta, sin que me diga ya basta. Simplemente esperándome, abierto, sin nada que perder, dando de sí todo lo que pueda sacar de él.


"Canción al esfuerzo", de Jaime García-Máiquez.

A mi padre

¿Por qué todo cuesta tanto?,

¿por qué no salen las cosas

con suavidad, sin trabajo?,


¿por qué únicamente aquello

que nos merece la pena

lo conseguimos llorando?,


¿por qué lo fácil es pobre,

y lo que hacemos riendo

se escurre de nuestras manos?,


¿por qué el fruto necesita

madurarse tanto tiempo

hasta caerse del árbol?,


¿por qué lo rápido pasa

sin dejar pena ni gloria,

sin dejar huella ni rastro?,


¿por qué el resultado cuesta

lo que vale —el precio justo—

y no un poco más barato?,


¿por qué no basta ser bueno

y hace falta ser un mártir

para llegar a ser santo?,


¿por qué sólo aquellos versos

que hemos sufrido emocionan

al lector desocupado?...


Me gustaría saber

por qué todo a todo el mundo,

cuesta siempre tanto, tanto.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Solitude (II)

Sí, es verdad. "El amor no es relleno para el vacío de la soledad." Y nunca puede serlo, porque se necesitan mutuamente. El amor -léase siempre también "amistad"- se acerca a la soledad con delicadeza, la toma con manos suaves para limar las aristas de la amargura y hacerla más humana. La soledad, por su parte, le recuerda al amor su dignidad: que no está hecho para este mundo, que el tiempo y el amor se contradicen, pues sus ansias son eternas. Ese resquicio, inaccesible, de la soledad es un apertura a la trascendencia.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Solitude (I)


Recuerdo que leí, en un blog ya desaparecido, una cita de Eugenio D'Ors en la que hablaba de la soledad no como el estado de aquel que no tiene compañía sino como un carácter, un modo de ser, pues hay gente —dice D'Ors— que por más que esté acompañada, internamente siempre están solas. Es un tipo de soledad que se permiten aquellos que, en el fondo, saben que no están solos. Y porque saben que no lo están, aunque esa certeza se difumine constantemente, pueden soportar ese terrible silencio, que se vuelve una carga que no aplasta aunque a veces pese, un refugio que por el que a veces se cuela un poco de frío.
La soledad o bien te salva o te destruye. Está esa fecunda soledad del intelectual, el filósofo, el poeta, de aquellos que se dedican a una tarea que necesita del cultivo del silencio, porque es un oficio casi sagrado. Pero también está la soledad de aquel que no encuentra su vocación, del que no logra encontrarse a sí mismo en relación con los demás. Y, a veces, ese el drama, los sentidos de soledad juegan entre sí. No suelen darse solos, se hace guiños constantemente.
Ya he hablado aquí, en otra ocasión de la soledad. Y ahora, como entonces, vuelvo a remitirme al capítulo de un libro de Amalia Quevedo.
Todos estamos abocados a la soledad y en cierta forma nos hallamos anclados en ella. Pero sólo quienes asumen consciente y libremente este destino y saben encontrarse a sí mismos dentro de su soledad, son capaces de transformar su infertilidad aparente en el humus fecundo donde nace y madura la obra del pensamiento o del arte. “Las obras de arte —observa Rilke— son de una infinita soledad”. Así lo explica Gómez Dávila: “Sólo el arte nos revela la personalidad auténtica, porque sólo el arte nos entrega la soledad de la persona”.
Quizá el arte sea la mejor respuesta a la soledad. La vía de escape en este mundo. El arte puede redimir al hombre solitario del ostracismo al que se ve llamado, para pasar a encontrarse siempre en casa. La soledad es casi como un dádiva, pues tiene el anverso de regalo y el reverso de carga que todo don trae consigo. Por sólo quien no se sabe solo, puede sentirse así; quien se sabe rico en lo más profundo, pero a la vez radicalmente pobre en su día a día, en sus relaciones, en sus pensamientos. Esto, claramente, si no se busca como una pose artificiosa, con aires de pompa. Estas palabras de Amalia Quevedo son mucho más elocuentes:
Sin riqueza interior no es posible amar la soledad. Según Gómez Dávila, “la soledad es insufrible si el solitario no adhiere a evidencias trascendentes. Cuando la verdad muere, el hombre anestesia su angustia con el hedor de la muchedumbre humana”. Sin embargo, tan nocivo es no querer recibir nada de la soledad y huir de ella, como aferrarla en un intento crispado por arrebatarle sus dones.
La soledad sólo se entiende si va de mano con la amistad. Si la soledad es un bien, en cierto sentido, más lo es la compañía, no esa compañía tumultosa, que sumerge en el anonimato, sino esa verdadera cercanía que da la amistad. Pues la amistad siempre habla con las palabras íntimas y susurradas de la soledad. Sólo la amistad logra, con manos más delicadas, lo que logra también la soledad. Sólo la amistad llega tan hondo como aquella. Sólo la amistad puede influir tanto. Son dos grandes temas. Grandísimos y grandiosos. Por eso empiezo hoy con esta serie. Es un experimento, a ver qué sale.

(Para los anglófobos o los que piensen que lo de titularlo "Solitude" en lugar de "Soledad" es un tanto cursi, creo que tengo que justificarme, con estas palabras de Paul Tillich, sacadas de la socorrida Wikipedia: “Our language has wisely sensed the two sides of being alone. It has created the word loneliness to express the pain of being alone. And it has created the word solitude to express the glory of being alone.”)

sábado, 12 de noviembre de 2011

Tarkovski


El martes concluimos, con Sacrificio, el ciclo de cine de Andrei Tarkovski. Una maravilla. Es un hombre que ve la realidad de un modo penetrante, casi doloroso. Su interés por la persona, sus debilidades, su mundo interior es lo que se palpa en sus películas, lo que les da una actualidad permanente. Su última película, Sacrificio, equivale a concluir con broche de oro un carrera artística a la que Tarkovski se entregó de lleno. Es su arte, como él mismo lo indica, una ansia de lo ideal, un "preparar al hombre la muerte, conmoverle en lo más profundo de su ser". Esa es la clave para ver sus películas, el sentido de su arte que, sin buscar demasiados simbolismos abstractos, no deja de ser un gran parábola, como esta, con la que abre y cierra su última película:

"Érase una vez, hace mucho tiempo, un anciano monje que vivía en un monasterio ortodoxo. Se llamaba Pavme. Y plantó un árbol seco en una montaña, como este de aquí. Luego, le dijo a su discípulo, un monje llamado Ioann Kolov, que regara el árbol cada día hasta que reviviese. Así que cada mañana, temprano, Ioann llenaba un cubo con agua y partía. Subía la montaña y regaba aquel tronco seco y por la noche, en plena oscuridad, regresaba al monasterio. Hizo esto durante tres años y un buen día subió a la montaña y vio que todo su árbol estaba lleno de flores.
Digan lo que digan, un método, un sistema, es algo muy bueno. ¿Sabes? A veces, me planteo que si una persona cada día, exactamente a la misma hora, hiciera una cosa como un ritual, inmutable, sistemático, cada día a lo misma hora, el mundo cambiaría. Algo cambiaría, por fuerza."

Así que después de cinco películas y un diálogo verdaderamente interesante, gracias a todos los que habéis participado.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Como una caracola


CARACOLA
Zbigniew Herbert

"Delante del espejo en el dormitorio de mis padres había una caracola rosa. Solía acercarme a ella de puntillas y con un repentino movimiento ponérmela en la oreja. Quería pillarla en ese momento, cuando no siente añoranza con su monótono susurro. Aunque era pequeño, sabía que, incluso cuando se ama mucho a alguien, a veces sobreviene el olvido."

Lo que el gran Zbigniew en este gran poema biográfico no dice es que nunca logró pillarla en ese momento. Que, aunque el olvido siempre está al acecho, hay amores, como el de la caracola, que perduran en el tiempo.

martes, 1 de noviembre de 2011

Celebramos la (tenue) esperanza

1/11/11: "Todos los santos" es una fiesta que me gusta especialmente, porque es la fiesta de la esperanza. Hoy la esperanza se hace tan palpable, tan palpable, que casi desaparece (como desaparecerá en el Cielo). Es además, una fiesta del recuerdo, la conmemoración. Una rebelión contra el olvido. Y en el recuerdo hay una mezcla de alegría y tristeza que ni siquiera desaparece con la esperanza. "Sólo aceptando la tristeza podemos aprender a descubrir en la tiniebla la esperanza", dijo Ratzinger tal día como hoy. La esperanza brilla particularmente en esa oscuridad, pero es siempre un brillo tenue, que hay que buscar y descubrir. Y Ratzinger (¿cómo lo hace?) sigue diciendo: "la tristeza, el dolor asumido, nos purifica y nos hace madurar, y nos ayuda a ver mejor las perspectivas de la vida: nos enseña a volvernos cada vez más a lo eterno. Nos ayuda a co-amar y a co-padecer con quienes allí sufren".
Hoy es un día para mirar al Cielo y unirnos a quienes ya se lo han currado y pedirles que nos hagan un hueco. Que no queremos ser molestos, ni perturbar su gloria, pero que nos miren especialmente, que oigan nuestras súplicas, que hagan efectivo su enchufe y, ya que nos acordamos de ellos y les reconocemos sus méritos (y aunque reconocérselo no sea mérito nuestro), hagan algo por nosotros. Yo ya les he pedido mi deseo. Una o dos cosillas; no quería ser demasiada molestia. Ya ellos harán. Al menos estoy segura de que mi petición será más efectiva que cuando confiaba mis sueños a una estrella.

jueves, 27 de octubre de 2011

Ironías de la vida

Siempre me ha impactado el modo como, a veces, los libros pueden gritarte. Incluso a veces con ironía y desparpajo. Otras veces son más dulces y llegan en el momento justo, como el bálsamo de fierabrás, eficacísimo. Pero, esta vez, no sé cuál de las dos cosas han hecho las últimas líneas de "¿Qué es filosofía?", de Ortega y Gasset. No sé si ha sido puñalada o cura, grito desgarrado o íntimo susurro. El caso es que se me ha quedado grabado. Tanto, que incluso he logrado poner el haikai en el examen que teníamos, sin que pareciese traído por los pelos. Fue mi modo más neutral de responderle a eso que llaman vida, destino o Providencia (que, anda, quién diría que no, es una constante paradoja).
«Los sacerdotes japoneses maldicen de lo terreno, siguiendo este prurito de todos los sacerdotes, y para denigrar la inquietante futilidad de nuestro mundo lo llaman "mundo de rocío". En un poeta, Isa, aparece un sencillo haikai al cual me atengo, y dice así: "Un mundo de rocío no es más que un mundo de rocío. Y ¡sin embargo!..." Sin embargo... aceptemos este mundo de rocío como materia para hacer una vida más completa.»
Yo me quedo con ese "y ¡sin embargo!...", que es la ruptura de la piedra a la esperanza. Y, si pudiera, ojalá pudiera, apresar ese poco de rocío, para hacer que mi vida sea más completa.

lunes, 17 de octubre de 2011

Ars poetica


Decía Aristóteles una cosa muy profunda: "sin amigos nadie querría vivir". Y como vivir es lo más radical, y el obrar sigue al ser, no tuvo necesidad de decir también "sin amigos nadie querría escribir". Pero el comentario de Gabriel Gale me ha hecho pensar mucho al respecto: siempre se escribe para los amigos. ¿Cómo no lo había pensado antes de un modo tan claro? Es el amor a los amigos el que nos lleva a pensar en el lector, a amarlo también aunque no lo conozcamos.
¿Qué es este blog si no un intento de prolongar un diálogo (o crearlo, cuando es casi inexistente o no tan largo como desearía) con los amigos?
Sí, qué claro lo veo ahora: siempre se escribe para los amigos. Si faltáis vosotros, falta la pluma. Aunque por un amigo dejaría mis armas, que no son más que las letras.
Esto me recuerda un haiku que escribí este año, tratando de reflejar esto último, pues en todo caso, volvamos a Aristóteles, siempre se vive para los amigos. Me parecía un poco forzado, pero ahora lo leo con nuevos ojos y veo en él un nuevo brillo:

Fuertes mis manos
si al abrirse a un amigo
dejan su pluma.

viernes, 7 de octubre de 2011

Esperanza reloaded

Ayer, por la tarde, iba con el peso de este pensamiento a cuestas, que sólo hoy ha cobrado forma.
Siempre me ha parecido que la esperanza, como tabla de salvación, es muy propia de las personas insatisfechas, de aquellos que nos desilusionamos fácilmente.
Hoy, en cambio, me he despertado con otra certeza. La esperanza, como virtud, esto es, como la que verdaderamente salva, es más propia de aquellos que no se desilusionan fácilmente, porque sólo esperan en Aquel que realmente puede llenarles, sin pedirle al mundo lo imposible.
La esperanza de ayer es un refugio de paja; la que me ha parecido ver hoy es una roca, fortaleza infranqueable.
Ahora entiendo mejor el título del maravilloso libro de Péguy; tratándose "de la segunda virtud", sólo cabe asomarse al "pórtico del misterio". Y allí me encuentro yo, atisbando, sin tabla de salvación, "con un saber no sabiendo", que diría san Juan de la Cruz, "balbuciendo", como quien se cree que sabía cuando no entendía nada.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Gracias, Rainer María

Lo que Rilke me escribió, sin siquiera conocerme.


9/9.

"Usted es tan joven, está tan lejos de toda iniciación, que quisiera pedirle, lo mejor que sé, querido señor, que tenga paciencia con lo que no está aún resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas por sí mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña. No busque ahora las respuestas: no le pueden ser dadas, porque no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva ahora las preguntas. Quizá después, poco a poco, un día lejano, sin advertirlo, se adentrará en la respuesta. Quizá lleve en sí mismo la posibilidad de formar y crear como una manera de vivir especialmente feliz y auténtica. Prepárese para ella, pero acepte lo que le venga con absoluta confianza. Y siempre que algo surja de su propia voluntad, de alguna honda necesidad, acéptelo como tal y no lo odie."
Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta

martes, 24 de mayo de 2011

Y la soledad...


La soledad, para los que aman las letras, puede ser vocación y a la vez condena.
Ayer, mientras hacía orden en mi cuarto, me encontré con un pequeño papel arrugadísimo que contenía el siguiente escolio de Nicolás Gómez Dávila: "Verdadero escritor no es el que nos perora con voz exótica de comensal pintoresco en un encuentro casual, sino el que nos interpela con la voz misma con que nos hablamos en nuestra soledad". Y esa voz, con la que hablamos a nuestra soledad, me estuvo acompañando a lo largo del día. ¿Cuál es esa voz? ¿Es esa voz la que anhelo o acaso la que repudio?
Esta mañana, aún con el reconcomio a cuestas, he vuelto a leer el trozo del libro de donde he extraído esta cita. Es un capítulo ("El fértil humus de la soledad") de un ensayo de Amalia Quevedo, "El peso de la palabra", que no os podéis perder. Aquí podéis encontrar el capítulo en cuestión. Ya me diréis... (Aunque la soledad también acompaña vocacionalmente a este blog, en sus 101 entradas que hoy celebramos).

miércoles, 20 de abril de 2011

Quinta palabra

La crucifixión (1512-1516), Matthias Grünewald

Una vez más estamos ante el misterio. No como meros observadores, sino como partícipes activos. Y una vez más, como tantas otras, vuelven a retumbar las palabras de Cristo. El año pasado hablé de la que más me impresionaba, pero hay otra palabra -una sola- que hoy resuena con más fuerza en mis oídos. Los martilla. Se hace eco una y otra vez: Sitio!
"Tengo sed", dicho a media voz, porque no tiene fuerzas para más, es más que una queja por un sufrimiento físico que le atormentaba. Es más bien un clamor por algo que le duele profundamente: la soledad de la cruz, el abandono de sus amigos y sus ansias infinitas de almas, de alguien que reciba todo el amor que le tiene atado a la cruz, con el corazón roto.

¿Y quién no tiene sed en este Valle de Lágrimas? ¿Quién no ansía algo más de su existencia? ¿Cómo mirar la cruz sin exclamar a voz en grito: ¡Tengo sed!? Sólo uniéndonos a su voz se encuentran la sed de Dios y nuestra sed. Sólo Él es el manantial de agua viva y, lo más increíble, sólo cada uno de nosotros -en individual- puede calmar esa sed, que termina por acortar su hora en la cruz.
"Sitio sitiri Deum. Deseo que Dios sea deseado. Dios quiere ser querido, buscado, ansiado, deseado. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Dios. Más que de nosotros, Dios tiene sed de nuestra sed. Y jamás dejará de tenerla".
(Pilar Urbano, La madre del ajusticiado)

lunes, 24 de enero de 2011

Espera poco para disfrutar mucho


La decepción es una experiencia muy humana. Incluso antes de tener conciencia hemos vivido ya múltiples decepciones. Es una de las principales razones, creo yo, por la que los niños lloran. Así pues, crecemos sabiendo que la vida muchas veces puede resultar decepcionante, que las personas no siempre son lo que esperamos, que nuestros deseos no siempre se ven cumplidos. Y a medida que pasa el tiempo esta realidad resulta más punzante. De niños hacemos de esas decepciones un mundo, pero al final se pasan rápidamente, nos damos cuenta de que no era para tanto; pero después la desilusión te pilla por la espalda, cuando menos te la esperas, e incluso, cuando resulta predecible, esa pequeña esperanza que vive en nuestra alma -que es algo así como una caja de Pandora- nos hace pensar que no habrá tal tristeza. Hasta que, voilà, nos damos cuenta de que no era más que una esperanza. Entonces es fácil caer en el cinismo o el escepticismo. Ya hemos sido defraudados demasiadas veces, la esperanza ha resultado traicionera. Así que decidimos ponernos por encima de ella y mirarla con aire escéptico: "Esta vez no me engañarás." Y empezamos a decir a la gente que la vida te da golpes, que entre más esperes más dura será la caída, que en cuanto empiezas a confiar mucho te llega la puñalada por la espalda..., así que lo mejor será "esperar poco para disfrutar mucho". Vive la vida con actitud de todo-me-da-igual y así, después, las cosas te sorprenderán: "Al final no ha estado tan mal como me lo esperaba". La idea es mirar el futuro con cierta cautela y predisposición, con la ley de Murphy bajo el brazo, así cuando pase algo bueno que exceda tus expectativas nulas, lo disfrutarás mucho mejor, como un regalo.
Lo reconozco. Cuando una alegría te llega de sorpresa es una doble alegría, pero el lema "esperar poco para disfrutar mucho" es divisa de los vencidos, de quien siendo viejo aún es demasiado joven y de quien siendo joven ya se ha hecho demasiado viejo.
Probablemente decir esto sea tirar piedras sobre mi propio tejado, pues el escepticismo se asoma con frecuencia a mi ventana. Aferrarse a la esperanza el último resplandor de un fuego que se consume es algo miserable, como cuando decides salir con alguien porque todos los demás planes se han desbaratado y todas las demás opciones son lo suficientemente indeseables como para escogerlas. La esperanza, lo he dicho en otro sitio, no es consuelo sino motor, realidad arrolladora, que todo lo puede (al menos como virtud cristiana).
Estoy convencida (sí, esperanzadamente) de que al final de nuestra vida no sólo se nos examinará en el amor, como dice san Juan de la Cruz, sino también en la fe y la esperanza, y nuestro premio se nos dará en la medida de esa esperanza. Quien mucho espera, mucho se le dará. “Nuestra esperanza no se verá defraudada”. Para quien vive con una esperanza fuerte, radical, nunca habrá decepciones demasiado grandes como para echarlo todo por el suelo. ¿Decepciones? ¿Sufrimiento? Sí, siempre y quizá a costa de esa esperanza sean grandes, pero nunca desesperantes, siempre con una sonrisa. O al menos -aquí sale mi yo escéptico- es lo que cabría anhelar.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Elogio de la lectura y la ficción


Acabo de leer el discurso que pronunció Mario Vargas Llosa al recibir el Nobel de Literatura. Aún no salgo de mi asombro, mi exaltación. Es realmente genial y me siento como si acabara de tener una larga conversación con alguien a quien conozco y me conoce desde hace tiempo, una conversación con alguien que ha sabido escoger las palabras precisas para abrir, de nuevo, viejas heridas. Heridas que al fin y a cabo están allí para abrirse, para no caer en el conformismo.

España, América Latina, los sueños de libertad y el desprecio por los nacionalismos, las dictaduras y las “pseudodemocracias populistas y payasas como las de Bolivia y Nicaragua” y, sobre todo, la pasión por la literatura, son sólo algunos de los puntos de unión, que han hecho que el discurso de Vargas Llosa me resultara particularmente vivo, particularmente mío.

Vargas Llosa habla de sus maestros, esos que ha encontrado en los libros, en sus miles de lecturas, que, dice él, “además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos”. Y es que la literatura, cuando se siente una verdadera pasión, es algo que logra empapar realmente toda la vida. No es sólo una diversión. No es un hobby más para hacer en el tiempo libre. Es un modo de vivir, de entender las cosas, de enfrentar la realidad, de comprender al hombre en su más íntima condición. Sólo hace falta pasión y un cierto gusto por todo lo humano, con todas sus luces y oscuridades. Y para tener pasión, como sucede con todos los deseos, hace falta una carencia, eso que tan bien se expresa con la palabra “sed”, que marca la vida de muchas personas. La literatura como pasión es una protesta y a la vez una esperanza: “igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que deberíamos ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. Creo que pocas veces he leído una frase tan certera. Es la expresión de algo que siempre he llevado dentro y que no había sabido formular. Es la respuesta que de ahora en adelante daré a la pregunta de “¿por qué te gusta leer/escribir?”

Podría seguir destripando el discurso y hablar de la literatura como vocación, disciplina, trabajo y terquedad (son sus palabras), o de su capacidad universal de tender puentes entre culturas distintas… ¡y qué cosas por decir de América Latina, los recuerdos, las raíces!, pero el espacio apremia y el blog tampoco da para tanto. Es siempre mucho más lo que se calla que lo que se dice. Sólo quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Vargas Llosa por su discurso, no diré por su literatura, que aún me es desconocida, y robarme unas últimas palabras suyas para engalanar esta entrada. A falta de buenas palabras, nos quedan los genios y las bibliotecas.

“La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectiva, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional”.

Leed el discurso. Es una buena inversión. Y después, si os parece, podríamos ir a algún sitio a tomarnos algo, a hablar un poco de esto, de todo. Si no estáis en Pamplona, hacedlo con alguien. Hay cosas, ya lo decía Platón, que sólo pueden decirse en un discurso hablado entre amigos.

Yo invito.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La insoportable incomunicabilidad del ser

Hay cosas de las que no se puede hablar, porque en cuanto se dicen, se estropean. Son cosas que no pueden materializarse en palabras, que permanecen en la interioridad de la persona.
Así se experimenta una lucha interior entre el impulso arrollador de hablar y el desprecio a las mismas palabras, que siempre parecen impropias. Es una muestra más de que el ser humano no puede ser pura corporalidad sino que es algo mucho más profundo. La persona tiene un reducto intimísimo, incomunicable que nunca podemos aprehender completamente y que a veces nos resulta paradójico. A los santos los ha llevado al misticismo, a los románticos al suicidio, a muchos al escepticismo y la desconfianza, a los artistas a la locura o el aislamiento, a los sufridores al existencialismo, a los polianos a Polo, al expresionismo a la abstracción, a los posmodernos a la angustia.
A mí, por decir algo, me ha llevado a la torpe experiencia de Miguel D'Ors (y es que a quien le guste la poesía, sabe cuánto tiene que ver con lo inefable):

De misterio

¿Quién soy
-Este intervalo de misterio
entre la rosa ardiente que corto para ti
y la rosa sombría que mi mano te tiende.

lunes, 25 de octubre de 2010

Los versos más míos

La vida del lector está llena de momentos gloriosos. Es la gloria que se le roba a los autores cuando han sabido expresar con maestría lo que tú llevas años pensando, sintiendo, sin haber logrado materializarlo en palabras. Esos momentos de luz son los motores de la lectura, los mayores placeres que en ella se encuentran. Es como si aquella expresión en realidad fuese tuya, como si fuera el escritor el que te la hubiera robado: ["I felt he found my letters and read each one out loud..."]. Esos momentos, para quienes son peregrinos en busca de no-se-sabe-qué, se agradecen como el agua fría cuando se tiene sed.

Eso es lo que me ha pasado esta semana al leer esta poesía de José María Pemán. ["He sang as if he knew me in all my dark despair..."] No sé de crítica poética, pero me encanta. Es sencilla, lúcida y dice en dos estrofas lo que no he sabido decir en miles de horas. La leí... y aún le doy las gracias a Pemán. No es que solucione nada, porque no hay nada que solucionar. Es simplemente luz. Y nada como la claridad en las noches oscuras.


Señor: yo sé de la belleza

Señor: yo sé de la belleza
Tuya, porque es igual
al hueco que en mi espíritu
tiene escarbada la inquietud sin paz.

Te conozco, Señor, por lo que siento
que me sobra en deseo y en afán;
¡porque el vacío de mi descontento
tiene el tamaño de tu inmensidad!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Ante los ojos, la muerte



La muerte es un tema obligado. Un parón necesario. Un pensamiento recurrente. Lo único irremediable. Un tópico al que se vuelve una y otra vez, porque todos vamos a dar a esa mar, que es el morir. Para los filósofos y los poetas, la muerte lo es casi todo; la vértebra de su quehacer mismo.

"Ubi sunt?" ("¿Dónde están?") es una de las grandes preguntas de la literatura, una pregunta que se encara con la muerte e interpela su acción. Sin embargo, más quebuscar una respuesta es el lamento por aquellas cosas que pasan, las personas que mueren, el paso inexorable del tiempo ante el cual todos estamos inermes. Frente al "Ubi sunt" todo se presenta como vanidad de vanidades, porque se experimenta cómo toda gloria humana es pasajera, cómo al final todo se iguala, cómo todos desembocamos en la misma corriente. Sin esta pregunta no puede haber arte, que siempre surge como un remedio ante la muerte, como un ansia de eternidad, de capturar lo permanente en la fugacidad, de inmortalizar e inmortalizarse. Una vez escuché decir que el oficio de escritor sirve para distraerse de la muerte. Al final es lo mismo: para distraerse, para enfrentarla, lo importante es que siempre, en el fondo, late la presencia de la muerte que ronda a algunas sensibilidades de modo especial.

En la Filosofía la pregunta por la muerte es aún más radical. Platón lo decía en el Fedón: la Filosofía no es otra cosa que la preparación para la muerte. No podría estar más de acuerdo con él. Quizá por eso la muerte siempre está ante mis ojos, ante nuestros ojos -o al menos siempre debería estarlo- mirándonos, no como una amenaza, sino como un recordatorio de que aquí no estamos más que de paso, como una luz que nos permite verlo todo en su justa medida y nos invita a vivirlo todo con intensidad, exprimiendo en el tiempo la eternidad.
La Filosofía nos acerca a la muerte, a esa pregunta radical que es el para qué vivimos, la pregunta por el sentido. Y es que la muerte no es el final, sino más bien es un punto de partida que ilumina todo el resto del caminar. Frente a la certeza de que moriremos, encontramos en nosotros un ansia de eternidad que no se resuelve en encontrar la panacea universal que nos alargue la vida indefinidamente, pues aunque todos tememos -más o menos- a la muerte, nadie querría vivir aquí eternamente. Somos conscientes de los sufrimientos y las limitaciones, y llega un momento en el que la muerte es un consuelo, "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista". Se presenta entonces la paradoja: tenemos hambres de eternidad pero no queremos vivir eternamente en estas circunstancias. Tenemos sed pero el agua que tenemos no nos puede saciar. Ahí se abre entonces la esperanza, ay, la gran esperanza (¡qué tema!), de lo que viene más allá, de esa vida que es más que vida. Según Platón, toda esta vida terrenal es un ejercitarse para lo que allí viviremos; una preparación para que cuando lleguemos allí, esa vida no nos sea extraña, sino que nos encontremos con lo que ya estamos familiarizados. Para que seamos en plenitud lo que antes sólo éramos en germen. Por esto Sócrates, en el diálogo platónico, enfrenta su muerte con serenidad y valentía, reconfortando a los demás, consciente de que la vida futura le depará mayores bienes. El filósofo está en una búsqueda constante que parece jamás saciarse, que quizá por sí misma es insaciable, y la certeza de Platón es que sólo la muerte podrá darle al filósofo la sabiduría que busca. El filósofo anhela conocer la verdad, ¿y dónde conocerla mejor que conociendo la Verdad misma?

De cualquier modo mi vocación está marcada por la muerte. Por la filosofía, porque estoy estudiando para tener un buen morir; por las artes y las letras, porque está en el centro mismo de su ejercicio. Miramos a la muerte porque es ella la que nos mira primero. Y todos lo sabemos. "Para todos tiene la muerte una mirada", decía el poeta Cesar Paese.

Sólo el amor, puede igualar, aún más, superar a la muerte como el GRAN tema. Allí donde la muerte se presenta como límite, el amor aparece como respuesta. Lo único que jamás desaparecerá, que ni la muerte puede llevarse. Quizá por eso la Filosofía, etimológicamente y más, es ante todo un tipo de amor. Pero eso ya es otro tema. La sabiduría bíblica ya lo decía en una expresión que ha tenido gran acogida entre los literatos: "...porque el amor es tan fuerte como la muerte" (El Cantar de los Cantares 8, 6).

viernes, 9 de julio de 2010

La paradoja de la felicidad


Como respuesta a uno de los comentarios de la entrada sobre las paradojas del Cristianismo, quería desarrollar un poco más una de ellas: "Para ser feliz hay que proponerse no serlo". Y es que ya sabía que podía entenderse mal. Lo que pasa es que la felicidad, al ser el fin al que todos tendemos, es un fin complejo, difícil de clasificar. Peculiar. Es algo que uno no puede proponerse, porque en cuanto se formula como propósito, se nubla.

Sin embargo, "proponerse no ser feliz" no equivale a "proponerse ser un miserable" o que Dios en realidad quiera que no seamos felices. Todo lo contrario. Si Dios quiere que todos nos salvemos y salvación no es otra cosa que la felicidad en plenitud, entonces quiere que seamos realmente felices, plenamente, aún aquí en la tierra. No obstante, la felicidad, que es un fin en sí mismo, no puede buscarse en directo, sino que es más bien la consecuencia de una serie, cuasi infinita, de pequeñas elecciones que -¡he ahí la paradoja!- nos hacen más felices cuanto más indirectamente apunten a la propia felicidad. Si no, se confunde fácilmente con el placer, y por ahí comienza el camino de perdición de muchas personas.

La felicidad se alcanza cuando no se busca, al menos cuando no se busca como tal, así en abstracto. La felicidad. Con sólo mentarla parece ser una fantasía, algo que se nos escapa de las manos. Por eso, cuando se piensa en "mi felicidad", "mi felicidad", "dónde está mi felicidad", nos volvemos fácilmente unos egoístas, pues parece que nunca la tenemos por completo... y así comienza la búsqueda del pote de oro detrás del arco iris. Podemos estar siempre buscando un imposible, ciegos, como el galgo persiguiendo con afán el conejo que nunca alcanzará. "Nacemos de la sed...", decía un poeta español que conocí en Medellín, y esa es nuestra condición. La insaciabilidad hace parte de nuestras vidas y la felicidad no es un bote que hay que rellenar. La felicidad es más un don que un objetivo, algo de lo que libremente debemos desprendernos para después dejarnos sorprender. Por eso, quizá ahora se entienda mejor, "para ser feliz hay que proponerse no serlo", hay que olvidarse de sí mismo y empeñarse en que los demás sean felices. Y recordar que en la tierra sólo tenemos pequeñas dosis del gozo pleno, que la felicidad no depende en exclusiva de nuestras propias fuerzas y que no tiene nada que ver con lo placentero, ni con el dinero, ni el poder, ni nada que pueda desaparecer o cambiar o que pese demasiado. Por eso Bías de Priene, que era un sabio y probablemente un hombre feliz, podía decir sin dudarlo "todo lo que tengo lo llevo conmigo" (para los latinos, "omnia mea mecum porto"). ¡!

lunes, 21 de junio de 2010

La tentación Bartleby



Esta es quizá una de las entradas más importantes del blog. Llevo mucho tiempo pensando en ella; pensándola en general, no escribiéndola. De hecho, tengo el título desde antes de abrir el blog y al abrirlo pensé que esta sería la primera entrada. Sin embargo no fue así, y ha tenido que pasar casi un año antes de que viera la luz. Esta es la justificación del blog, una confesión personalísima y una especie de arte poética. En cierta medida es una necesidad, algo que tenía que hacer tarde o temprano. La explicación de por qué muchas veces me he hecho llamar Bartleby
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Hay una especie de tentación que me acecha constantemente, siempre que quiero escribir algo o cuando nace en mí alguna ambición literaria. La he llamado "la tentación Bartleby", siguiendo un libro de Vila-Matas, "Bartleby y compañía", que toma el personaje de Melville, "Bartleby, el escribiente"[1], y hace un "estudio" de los bartlebys de nuestra época: esos escritores que, de repente, sin explicación lógica alguna, decidieron dejar de escribir, simplemente porque preferían no hacerlo más. Esa tentación es la de no escribir más: cerrar el blog; no pretender una mentira: creer que puedo aportar algo, que a alguien le interesa lo que tengo que decir, cuando muchas veces ni siquiera sé qué es eso; dejar de jugar al poeta.

Hay quien escribe para informar, o para transmitir unas ideas políticas, religiosas, etc., para conservar su memoria, para hablar con quienes están lejos o como un exquisito hobby. Yo no escribo por nada de esto, aunque muchas veces estas cosas estén involucradas. Me mueve una especie de afán poético, que aún no termina de cristalizar, que por ahora no es más que una quimera. Escribo para aclararme, para pensar un poco más y en cierto sentido llevarme al extremo. Lo hago más por necesidad que por gusto, porque hay cosas que me queman por dentro y que claman por salir. No lo hago por simple gusto, porque cuesta, porque las cosas no salen ya hechas y mis expresiones suelen parecerme desafortunadas, porque al escribir me expongo demasiado -ante mí misma y ante los demás- y dejo que sangren las heridas. Por eso no es de extrañar que con cierta frecuencia algo me diga que deje de escribir o que lo haga simplemente como un instrumento de comunicación, como una técnica necesaria en la vida. Al fin y al cabo, dice ese algo, al que llamaremos Bartleby (aunque Bartleby en realidad soy yo), "prefirirías no hacerlo", "se te facilitaría la vida y podrías ocuparte de otras cosas, pensar menos en ti misma y dedicarte más a los demás". Es una tentación insidiosa, nada ingenua. No es sin más algo que invita a tirarlo todo por la borda, sino que me llama a vivir con los pies en la realidad: dejar a un lado vanidades, sueños inútiles que anhelan poseer un talento que siempre está en los demás y nunca en uno mismo, y empeñarme por vivir al máximo el presente, con lo que tengo, lo que hay. Dejar de perder el tiempo, dándole vuelta a ideas abstractas que no sirven para nada, hasta darles por fin algún tipo de articulación. Es, quizá, un camino fácil: cortarlo todo de raíz, pero no por eso resulta una tontería. A veces, pienso que en realidad puede ser el camino decisivo. No hablo en términos generales, ni formulo una ley universal. La tentación es mía y así es como me interpela, como merodea en mi imaginación.

Siempre he pensado que un artista no puede callarse, que su deber es hablar, pintar, cantar, lo que sea. Es cuestión de justicia y agradecimiento: no se pueden enterrar los talentos. Sin embargo, cuando el talento no es evidente, ni como algo ya dado, ni como fruto del trabajo, callar no deja de ser una opción. No se puede dejar de soñar, pero tampoco se puede vivir en sueños. La realidad supera siempre la ficción.

Y sin embargo, aquí sigo, a pesar de mí misma: escribiendo, así sea con poca frecuencia, en el blog. No quiero adoptar un postura victimista, tampoco puedo decir que esto me cueste la vida, pero sí supone siempre una lucha. Llamémoslo, sin más, una escaramuza.

Escribo porque creo que las palabras encierran una belleza que merece ser descubierta, aunque muchas veces yo no la vea; porque, haciéndolo, combato contra mi vanidad, que se manifiesta en el aislamento, la seguridad de no exponerme y guardarme las cosas para mí, aunque muchas veces parezca que lo hago por todo lo contrario; porque a pesar de mi vulgar normalidad, que tiene muy poco de genio, creo que escribiendo así, tal como soy, sin premios ni publicaciones, podré llegar a alguien, invitar al pensamiento, a la contemplación, al amor por las cosas inútiles. En definitiva, escribo por una acto de fe. Porque creo en lo que no veo y porque en medio de esta ceguera espero encontrar en las letras la lucidez -que no el lucimiento- que estoy buscando.


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[1] "Bartleby, el escribiente" es un excelente libro de Herman Melville. Un relato o novela corta que se adentra en las profundidades del alma humana y los absurdos contempóraneos. Es un libro que no puede dejar a nadie indiferente. Cuenta la historia de un hombre tímido y solitario que es contratado como escribiente en una oficina de Wall Street. Es un buen trabajador, pero un día, cuando su jefe le pide que haga algo, Bartleby, sin altanería y con sencillez, le responde: "Preferiría no hacerlo". La misma escena se prolonga durante los días siguientes, en los cuales Bartleby contesta siempre a cualquier petición, por fácil o insignificante que sea, "preferiría no hacerlo" y con toda naturalidad continúa con sus cosas. El final no lo contaré. Hay que leerlo para atisbar desde lejos lo que guarda en su alma este escribiente.

viernes, 18 de junio de 2010

A la acuarela


A LA ACUARELA
Rafael Alberti

A ti, límpida, inmaculada, expandida,
jubilosa, mojada, transparente.
Para el papel, su abrevadora fuente,
agua primavera, lluvia florida.
A ti, instantánea rosa sumergida,
líquido espejo de mirar corriente.
Para el pincel, su caballera ardiente,
fresca y mitigadora luz bebida.
A ti, ninfa de acequias y atanores,
alivio de la sed de los colores,
alma ligera, cuerpo de de premura.
Llorada de tus ojos, corres, creces,
feliz te agotas, cantas, amaneces.
A ti, río hacia el mar de la Pintura.

Un inesperado encuentro con la acuarela me ha hecho comprender muchas cosas. La acuarela es un arte, un arte por excelencia. Habla de sutilezas, transparencias, es delicada, veloz, fresca. Pictóricamente es como un haiku y por esto creo que esta técnica es la que mejor acompaña a un poema.
El agua que acompaña, que constituye, a la acuarela es vida para la pintura, que recorre sus propios e inesperados caminos ante la mirada del artista. Es el agua que calma la sed, que empapa lo recóndito del espíritu. Y es justo esto lo que he descubierto, al tiempo que leía a Conrad (¡grande!), y sus historias del mar: el arte, como el agua, ha de mojar, calar hasta los huesos, empapar el espíritu, suave pero profundamente.