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martes, 5 de marzo de 2013

Los libros son mi madre


Dar clases a niñas de 11 años es una de las cosas más ¿? (sic), no sé, que he hecho en mi vida. Pero esta semana hemos visto un corto animado, el famoso "Fantastic flying books", y ha surgido algo mágico. Todavía son niñas, ingenuas, aún inmunes al estar de vuelta la adolescencia. Todavía se admiran, vamos, que es el comienzo de todo lo bueno. 
Les pedí que escribieran algo, lo que fuera, y las he leído —quién diría— con emoción. Pero, entre todo lo que han dicho, me quedo con esta frase, que ni siquiera sé quién escribió pues olvidó poner su nombre: “Los libros, en cualquier parte que estemos, estarán siempre con nosotros, como si fueran nuestra madre”.
Qué bien aparece ahí la madre. Qué consuelo para cuando no está cerca o cuando ya no esté. Todo lo que pueda ir siempre con nosotros, como diría el sabio griego ("todo lo que tengo lo llevo conmigo"), es un recuerdo vivo de nuestra madre. Lo único verdaderamente incondicional que tenemos.

martes, 10 de enero de 2012

Desafío 2012

Ha concluido el Desafío 2011, en el que aspiraba a leerme 50 libros. Llegué a 39 con un derrota que me terminó sabiendo maravillosamente, pues terminé el año con Anna Karenina, un imprescindible. Sir Lancelot (ya siento el lapsus y la degradación, pues nada como el Cid) llegó a 44, nada mal teniendo en cuanto que todo son novelas (lo mío está muy unido a los "must" de la carrera) y es ¡tamaña literatura! (La columna de hierro, El conde de Montecristo, Ángulo de reposo...).
De este año nuevo espero muchas cosas. Entre ellas, como siempre, acudir más a los libros. Leer y releer, que es el mejor modo de nunca sentirse solos, además de aprenderme algunos poemas de memoria (¡Felices lo que saben poesías, porque nunca se sentirán solos! dice Nicolae Steinhardt en el libro que estoy leyendo ahora). Leer para empezar un diálogo consigo mismo, que ya es un buen comienzo para empezarlo con los demás. Aunque no siempre sea fácil encontrar los quiénes. Buscarlos -véase los blogs del panel derecho- es el principal motivo de que siga escribiendo aquí.

En fin, sin más preámbulos, esta es mi lista:

1. La unidad de la experiencia filosófica. Étienne Gilson.
2. El claro del bosque. Marisa Madieri.
3. El diario de la felicidad. Nicolae Steinhardt.
4. Imágenes, palabras, signos. Sobre arte y filosofía. Fernando Inciarte.
5. Reencuentro y Un alma valerosa. Fred Uhlman. (Dos pequeños libros que tendrían que haber sido uno).
6. Y Dios permite el mal. Jacques Maritain.
7. Barro de Medellín. Alfredo Gómez Cerdá.
8. Los restos del día. Kazuo Ishiguro.
9. Tan bella, tan cerca + Su ensayo: Leer o no leer. José Manuel Mora Fandos.
10. La conjura de los necios. John Kennedy Toole.
11. El mudejarillo. José Jiménez Lozano.
12. Caminos de la Filosofía. Alejandro Llano.
13. El abuso de la belleza. Arthur C. Danto.
14. Pensamientos despeinados. Stanislaw Jerzy Lec.
15. El Dios sin rostro: Presencia del panteísmo en el pensamiento del siglo XX. Juan Arana.
16. El taller de la filosofía. Jaime Nubiola.
17. Santo Tomás de Aquino. G.K. Chesterton.
18. Me debes un beso. Lucía Martínez. (Opera prima de una de mi clase de Filosofía).
19. Pequeños poemas en prosa. Charles Baudelaire.
20. De Foucault a Derrida. Amalia Quevedo.
21. Ángulo de reposo. Wallace Stegner.
22. Autorretrato con radiador. Christian Bobin.
23. Fahrenheit 451. Ray Bradbury.
24. Cámara oscura. Gabriel Insausti.
25. De ida y vuelta. Enrique García-Máiquez.
26. Historia de un otoño. José Jiménez Lozano.
27. Algún día este dolor te será útil. Peter Cameron.
28. Las siete barbies solteras. Rocío Arana.
29. Cautivado por la alegría. C.S. Lewis.
30. Entusiasmo y delirio divino. Josef Pieper.
31. Estrellas Amarillas. Edith Stein.
32. Rayuela. Julio Cortázar.
33. La vida lograda. Alejandro Llano.
34. 1984. George Orwell.
35. Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.
36. La imaginación trascendental en la vida, en el arte y en la filosofía. Fernando Inciarte.
37. Diario de un cura rural. Georges Bernanos.
38. El castillo blanco. Orhan Pamuk.
39. Of mice and men. John Steinbeck.
40. Franney y Zooey. J.D. Salinger.
41. Un mundo feliz. Aldous Huxley.
42. El pábilo vacilante. Enrique García-Máiquez.
43. El novelista ingenuo y el sentimental. Orhan Pamuk.
44. Cuentos completos. Flannery O'Connor.
45. Una temporada para silbar. Ivan Doig.

Poesía
1. Sol de noviembre. Miguel D'Ors.
2. Poesía no completa. Wislawa Szymborska.
3. Sociedad limitada. Miguel D'Ors.
4. El corazón de Dios. Carlos Pujol.
5. Otro cantar. Jaime García-Máiquez.
6. Antología poética. Antonio Machado.
7. Tres deseos (Poesía reunida). Amalia Bautista.
8. Un secreto temblor. Juan Meseguer.
9. Tenían veinte años y estaban locos. Antología de Luna de Miguel.
10. Oír la luz. Eloy Sánchez Rosillo.
11 y 12. Don de la ebriedad. Conjuros. Claudio Rodríguez.
13. Con los vencejos. Enrique Andrés Ruiz.
14. El volador de cometas. Antología. Andrés Trapiello.
15. La hora de las gaviotas. Aurelio González Ovies.
16. Río paisano. Joaquín Antonio Peñalosa. 
17. Confidencias. Antología. Eloy Sánchez Rosillo.
18. El camino sigue abierto. Leonel Estrada.
19. Poemas selectos. Emily Dickinson.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Todo comenzó en Fiume...


Acabo de terminar “Verde agua” con una honda impresión. Las palabras de Marisa Madieri me han ido calando con una sutileza inusitada. Una obra escrita con maestría, en la que se vislumbra un gran profundidad en muy pocas líneas. Dice muchísimo con muy poco, eso sí que es finura. A veces sólo una alusión, casi accidental (se pensaría), resulta desgarradora. Y a veces son los silencios, maravillosos, los que le dan más elocuencia a sus recuerdos.
Cabría extraer muchas frases magistrales, pero aquí perderían su encanto. En realidad había pensado escribir esta entrada acerca de lo conmovedoras que me habían resultado las palabras con las que concluye los dos pequeños párrafos en los que narra la enfermedad de su madre, pero al transcribirlas parecían una frase sin más, casi hecha, mientras que al leerlas en su conjunto tuve que gritar en mi interior: ¡touché!
Así que bueno, aquí las dejo, aún sabiendo que pierden gran parte de su encanto, simplemente como una viva recomendación para quienes aún no lo han leído: “La realidad, también la más terrible, parece a veces un plagio de célebres páginas literarias”. Un pequeño libro, que en su brevedad, es una verdadera joya.

Post scriptum: Luis Daniel González, en una reseña de Marisa Madieri, concluye con una frase de Chesterton que le viene al pelo y que me permito robar: «como decía Chesterton en uno sus ensayos, el arte no está en dilatar, en ensanchar, sino en recortar, porque "no se pueden representar ideas muy grandes sino en espacios muy pequeños"».

jueves, 27 de octubre de 2011

Ironías de la vida

Siempre me ha impactado el modo como, a veces, los libros pueden gritarte. Incluso a veces con ironía y desparpajo. Otras veces son más dulces y llegan en el momento justo, como el bálsamo de fierabrás, eficacísimo. Pero, esta vez, no sé cuál de las dos cosas han hecho las últimas líneas de "¿Qué es filosofía?", de Ortega y Gasset. No sé si ha sido puñalada o cura, grito desgarrado o íntimo susurro. El caso es que se me ha quedado grabado. Tanto, que incluso he logrado poner el haikai en el examen que teníamos, sin que pareciese traído por los pelos. Fue mi modo más neutral de responderle a eso que llaman vida, destino o Providencia (que, anda, quién diría que no, es una constante paradoja).
«Los sacerdotes japoneses maldicen de lo terreno, siguiendo este prurito de todos los sacerdotes, y para denigrar la inquietante futilidad de nuestro mundo lo llaman "mundo de rocío". En un poeta, Isa, aparece un sencillo haikai al cual me atengo, y dice así: "Un mundo de rocío no es más que un mundo de rocío. Y ¡sin embargo!..." Sin embargo... aceptemos este mundo de rocío como materia para hacer una vida más completa.»
Yo me quedo con ese "y ¡sin embargo!...", que es la ruptura de la piedra a la esperanza. Y, si pudiera, ojalá pudiera, apresar ese poco de rocío, para hacer que mi vida sea más completa.

lunes, 30 de mayo de 2011

Salir con chicas que leen

El Malpensante es una revista colombiana en la que cada cierto tiempo publican unos artículos geniales. Este lo tiene casi todo. Buen humor y muchas verdades: una mezcla que siempre resulta fantástica. Un poco cursi al final, pero bueno, tampoco se puede pedirlo todo. Además, ha subido mi autoestima. ¿Qué más se puede esperar?
Vale también para "Hazte amigo de gente que lea".

Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la sagaCrepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat yAslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

martes, 24 de mayo de 2011

Y la soledad...


La soledad, para los que aman las letras, puede ser vocación y a la vez condena.
Ayer, mientras hacía orden en mi cuarto, me encontré con un pequeño papel arrugadísimo que contenía el siguiente escolio de Nicolás Gómez Dávila: "Verdadero escritor no es el que nos perora con voz exótica de comensal pintoresco en un encuentro casual, sino el que nos interpela con la voz misma con que nos hablamos en nuestra soledad". Y esa voz, con la que hablamos a nuestra soledad, me estuvo acompañando a lo largo del día. ¿Cuál es esa voz? ¿Es esa voz la que anhelo o acaso la que repudio?
Esta mañana, aún con el reconcomio a cuestas, he vuelto a leer el trozo del libro de donde he extraído esta cita. Es un capítulo ("El fértil humus de la soledad") de un ensayo de Amalia Quevedo, "El peso de la palabra", que no os podéis perder. Aquí podéis encontrar el capítulo en cuestión. Ya me diréis... (Aunque la soledad también acompaña vocacionalmente a este blog, en sus 101 entradas que hoy celebramos).

miércoles, 13 de abril de 2011

Más que ficción


La literatura habla de lo universal, decía Aristóteles. La literatura infantil más aún. En los cuentos tradicionales (Cenicienta, Caperucita Roja, El Gato con Botas) los protagonistas ni siquiera tienen nombres, se les llama por alguna cualidad que podría tener cualquier otro.

Hoy me he acordado de Gerda y Kay, los niños de La Reina de las Nieves, el cuento de Andersen, que conocí por el libro de Carmen Martín Gaite y la conmovedora historia de Leo Villalba. Al final, es siempre lo mismo: todos, como Leo y como Kay necesitamos de una Sila y una Gerda, alguien que nos ayude a salir de las cavernas que nos vamos construyendo. Gerda, al llorar por Kay, derritió su corazón de hielo y logró que este llorara hasta hacer salir el "cristalito" que había empezado a corroerle; Leo, al sentirse querido como sólo puede puede querer una madre, al encontrarse por primera vez con alguien -¡su madre!- a quien amar incondicionalmente, encuentra por fin un momento de paz, de posible conversión, de sentido. También él logra expulsar el "cristalito" que se le había metido dentro.

Siempre es un momento concreto, un instante, una persona, o varias personas quizá, que logran generar una crisis en el interior de otro, que tocan dentro y llegan a donde ni siquiera ellas se imaginan. Es lo que muchas veces hace una amistad o quizá sólo un instante de escucha sincera. Y si no preguntadle a Singer, el protagonista sordomudo del libro que estoy leyendo ahora, a quien todos acuden simplemente porque sabe escuchar.
Y es que, puestos a hablar de cuentos, si se me apareciera el Genio de Aladdin, creo que este -aprender a escuchar- sería mi deseo... Aunque bueno, pensándolo bien...

miércoles, 19 de enero de 2011

Desafío 2011



Me uno a la iniciativa de este blog, que he conocido por Baarry, de leer 50 libros este año. No será fácil, pues no me caracterizo precisamente por ser una lectora veloz y voraz, pero creo que merece la pena aceptar el reto, sobre todo porque nada como disfrutar de un buen libro. Y bueno, la verdad es que saber que otra gente lo hace es siempre un buen aliciente. Así también podemos compartir ideas de libros buenos y sacar tiempo para disfrutar y cultivar un poco la mente.
En esta entrada escribiré los libros que vaya leyendo, sean 20 ó 50, en cualquier caso no será una derrota. (Aunque la satisfacción de los 50 no estaría nada mal).

Post-scriptum: Al final, después de pensarlo un poco, he decidido incluir también los libros de Filosofía que lea, al fin y al cabo, libros son. Y también los de Poesía. Pensaba dejarlos de lado, porque aunque poéticamente leer un verso requiere una eternidad, en realidad la poesía es pobre y mendiga sólo unos minutillos. Sin embargo, creo que la poesía ya está suficientemente olvidada como para dejarla atrás. Así que la incluyo, sí, en su propio apartado. Si suma o no, es lo de menos.

1. La señora Dalloway, Virginia Woolf.
2. El Fedro, Platón.
3. Una historia de amor y oscuridad, Amós Oz.
4. El silencio creador, Federico Delclaux.
5. Metafísica y lenguaje, Alejandro Llano.
6. El festín de Babette, Isak Dinesen.
7. Enrique V, William Shakespeare.
8. Metafísica tras el final de la metafísica, Alejandro Llano.
9. El rector de Justin, Louis Auchincloss.
10. Olor a yerba seca. Memorias. Alejandro Llano.
11. El corazón es un cazador solitario. Carson McCullers.
12. Ethos y polis. Alfredo Cruz Prados.
13. Sostiene Pereira. Antonio Tabucchi.
14. El viaje de Jonás. José Jiménez Lozano.
15. Matar a un ruiseñor. Harper Lee.
16. Tres rosas amarillas. Raymond Carver.
17. El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes Saavedra.
18. Retrato de una dama. Henry James.
19. Helena o el mar del verano. Julián Ayesta.
20. En lugar seguro. Wallace Stegner.
21. Tres horas en el Museo del Prado. Eugenio D'Ors.
22. Segunda Navegación. Alejandro Llano.
23. 84, Charing Cross Road. Helene Hanff.
24. El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
25. Tiempo, sustancia y lenguaje. Ensayos de Metafísica. Fernando Inciarte.
26. Esculpir en el tiempo. Andrei Tarkovski
27. Lo barroco. Eugenio D'Ors.
28. Fausto. Goethe.
29. Vida de don Quijote y Sancho. Miguel de Unamuno.
30. Dios y la filosofía. Étienne Gilson.
31. ¿Qué es filosofía? José Ortega y Gasset.
32. El hombre del traje gris. Sloan Wilson.
33. Ser y participación. Ángel Luis González.
34. Polvo y ceniza. María Helena Uribe de Estrada.
35. El poder de la mentira. Nietzsche y la política de la transvaloración. Jesús Conill.
36. Verde agua. Marisa Madieri.
37. La educación de Oscar Fairfax. Louis Auchincloss. (En proceso)
38. La condición humana. Hannah Arendt.
39. Anna Karénina. Leo Tolstói.

POESÍA
1. Con el tiempo, Enrique García-Máiquez.
2. Vida y milagros, Gabriel Insausti.
3. Ardua mediocritas, Enrique García-Máiquez.
4. El rayo que no cesa, Miguel Hernández.
5. La amistad silenciosa de la luna, José Cereijo.
6. La voz a ti debida. Pedro Salinas.
7. Mirar el fuego. Rocío Arana.
8. Antología poética. Jan Twardowski.
9. Algunos poemas. Ramón Gaya.
10. Tierra de fuego. Adam Zagajewski.
11. Acaso una verdad. Andrés Trapiello.
12. Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas. Zbigniew Herbert.
13. Poemas. Dylan Thomas.
14. Cuarenta y nueve poemas. Rainer María Rilke.
15. Entre el muro y el foso. Julio Martínez Mesanza.
16. 42 poemas. Fernando Pessoa.

viernes, 13 de agosto de 2010

Poesía infantil

Nada como recordar la infancia. Hace poco he recordado un poeta que descubrí en la Biblioteca de inglés de mi colegio, hace ya unos cuantos años. Se llama Shel Silverstein y tiene un don maravilloso de escribir poesías con una rima tan medida e ingenua, que resultan de una musicalidad perfecta para contar historias a los niños pequeños. La suya es una poesía infantil, que suele venir acompañada de dibujos que no sólo ilustran sino que completan y concluyen el poema. Una poesía, muchas veces narrativa, para sonreír, para volver a ser niños y recuperar esa inocencia. Y es que en el fondo, lo reconozco, siempre he envidiado a los escritores infantiles. No es fácil, una vez se es "grande", ser capaz de escribir cosas sencillas y profundas que no sólo diviertan a los niños, sino que también les diga algo a cualquiera que se acerque a ellas. Además pienso que la literatura infantil tiene que tener una dosis educativa, no digo moralizante, sino que su fin ha de ser dejar algo en los pequeños. Cuando aún se es niño y no se sabe apreciar el valor de una obra de arte en sí misma, el cuento, la poesía o lo que sea, tiene que lograr ese equilibrio de ser bueno (en sí mismo) y ser bueno para el niño, como buena es la salud. Y si eso se logra, ¡cuánto bien se puede hacer por la niñez, por la sociedad! Nuestra cultura, creo, tiene mucho que ver con los cuentos que se nos cuenta de niños. Al fin y al cabo, todos hemos crecido más o menos con las mismas historias. Sabemos lo que es la obediencia por Caperucita y las eternas barreras sociales por Cenicienta. Ahí está todo, también los tópicos que nos rigen, la sabiduría de los refranes y, por qué no, hasta la ley natural. Por muy mal que pensemos, siempre queremos enseñarle cosas "rectas" a nuestros hijos.
En fin, todo esto era en realidad para decir que si algún día os topáis con "Where the sidewalk ends" o "The giving tree", que al menos son los que conozco de Silverstein, no paséis de largo. Son realmente unas joyas para recordar lo que es ser niños, para divertirse, para descubrir cosas nuevas, y con un poco de colmillo y "filosofía", para pensar un rato.

lunes, 24 de mayo de 2010

El corazón de las tinieblas


No sé cuánto tiempo estuvimos escuchando a Marlow, pero en el Nellie fuimos testigos de una confesión que se nos grabó muy hondo. ¡Quién pudiera entrar en el corazón de un hombre! Oímos su narración como se oyen las primeras voces después de un profundo sueño, como se escucha una conversación lejana mientras se está en duermevela. La suya era una historia que tiene por protagonista el alma humana, una mezcla de surrealismo y la realidad más cruda, que se unieron para cubrir de niebla y silencio el bergantín en el que nos encontrábamos, hasta calar cada uno de nuestros huesos. ¡Quién pudiera contar historias como las del viejo Marlow! Otro de los tripulantes que conmigo escuchaba a Marlow decía de su peculiar estilo narrativo que "para él la importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino fuera, envolviendo la anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a semejanza de uno de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral de la claridad".
Con Marlow emprendí muchos viajes, pero el más misterioso, el más profundo, el más oscuro, quizá, fue aquel que me llevó a las orillas de ese abismo que es el alma humana. Este viejo lobo de mar había navegado hasta el corazón de las tinieblas: la selva congoleña que fue partícipe del vacío de un hombre que se enfrenta él solo con la muerte, con los puños cerrados a su ambición y egoísmo. Marlow supo mirar en el interior de un hombre y cargar sobre sus hombros el peso de una vida vivida en torno al propio yo. No sé qué fue lo que vio, pero sus palabras repartían luz y oscuridad. A nosotros nos llenó de una cierta oscuridad que nos oprimía el alma, pero sé que, para él, esa confesión era luz, luz que alumbraba su alma, que le condujo a esa alta cumbre que es el conocimiento del yo. ¡Quién se atrevería a emprender ese viaje, que exige más valor, más audacia, que lleva hasta los arcanos repliegues de la humanidad, tan noble y tan mezquina a la vez!

lunes, 22 de marzo de 2010

El Haiku: Redescubrir Oriente

La cultura oriental se me presenta envuelta de un cierto misticismo, un no-se-qué intocable que me sitúa a una distancia insalvable, como si me dijera que no me acercase a ella, que hacerlo sería profanarla. Desde la lejanía la observo con admiración y respeto, con la actitud de quien se sabe ante la presencia de algo sagrado. Y ante lo sagrado también aparece el temor. Por esto he de reconocer que, en el fondo, lo oriental me suscita temor. Temor a descubrir algo demasiado profundo, algo que me descubra la trascendencia, desvele el alma y encuentre lo que siempre he estado buscando, pero no pueda entenderlo, ni aprehenderlo... y así se rompa la magia, se disipe el vaho de ese algo divino.
Un afortunado encuentro me ha acercado, sin pensarlo, a Oriente: he redescubierto el haiku. Ya habían oído acerca de él, ya había leído algunos, pero aquel sentimiento de respeto hacia lo desconocido me mantenía lo suficientemente alejada de él. "No te acerques, que es peligroso".

Desde hace un tiempo quería leer algo de Gabriel Insausti, así que saqué un libro suyo de la biblioteca: "Cristal Ahumado". ¿Mi sorpresa? Una selección de haikus escritos por este poeta. La idea me llamó poderosamente la atención, un acercamiento a Oriente desde Occidente es un buen modo de comenzarme a meter en tan desconocido horizonte.
Me bastó para leer un par de haikus para captar una especie de infinitud pocas veces experimentada y el prólogo, escrito por Abel Feu, me cautivó. Allí habla del haiku con maestría. Allí está, con indecible precisión, lo que ha significado para mí este encuentro: "El haiku, manteniendo el esquema métrico reglamentario, se convierte en varita mágica con la que un poeta contemporáneo acierta a tocar levemente la fibra poética de la que en parte estamos hechos. Una nota, un detalle, un gesto, lo menos, desata toda una música, un paisaje, un alma, lo más. Porque, y ya es hora de que el prólogo acabe y el haijin comience, el haiku, para quien sabe mirar y sabe decir (es decir, para quien sabe), es casi un silencio que lo dice todo."

"Cristal Ahumado"... Leedlo, es una delicia, toda una experiencia, un atisbo a lo infinito, un ventanita pequeña (de sólo tres versos) que deja ver la inmensidad del horizonte. Una muestra de que las realidades más extraordinarias están en las cosas más pequeñas.

Os dejo aquí algunos. La selección es casi al azar, porque todos son geniales y si me empeño en buscar los mejores, correría el riesgo de transcribir el libro... pero Insausti me cae bien y no quiero problemas legales. Es sólo un abrebocas de una cena abundante.

Ver, de repente,
el rostro que tendremos
en el espejo.

Se le oye al grillo
ensayar un Nocturno
agudo y mínimo.

La flor se vuelve
paisaje si la miras
dos o tres veces.

Le falta al mundo
esa luz en que ahora
estoy pensando.

Mientras tú duermes
¿quién señala el camino
a los luceros?

jueves, 4 de febrero de 2010

Amigos literarios


¿Qué es mejor? ¿La fantasía o la realidad? He aquí una pregunta profundamente filosófica, profundamente vital. Quizás hace algunos años hubiese contestado que la fantasía, ahora sin dudo pienso que la realidad la supera enormemente. Sin embargo, tampoco tengo los pies tan puestos en este mundo y si algo he aprendido en este último tiempo es que la imaginación tiene mucho que ver con la realidad. Santo Tomás, con unas palabras preciosas, decía que "el motivo por el que el filósofo se asemeja al poeta es porque los dos tienen que habérselas con lo maravilloso".

Desde hace algún tiempo he decidido leer como si estableciese con los libros una conversación. Y desde entonces he aprendido a vivirlos desde dentro. Han resultado una compañía incomparable -como también es incomparable la compañía de un amigo- y unos grandes maestros del vivir. Leemos para saber que no estamos solos, se ha dicho por ahí. Desde entonces tengo unos amigos literarios fascinantes. Creo que algún día me gustaría escribir sobre ellos. Supongo que todos tenemos amigos de esos, que de algún modo siempre nos acompañan. Por eso la literatura no es un escondite, ni algo propio de egoístas.
Jean Valjean, Asher Lev, Edmond Dantes, Leo Villalba, Fred y George. Y otros tantos.

Hace poco me acordé del Principito, de las estrellas, y hoy, por fin, ¡he descubierto quién era el tal Leon Werth! :)

La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecitas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido... -¿Qué quieres decir?-. Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!

martes, 29 de diciembre de 2009

Inventar el libro



Me he encontrado con este maravilloso artículo publicado en "El Malpensante". Es una joya, ¡que lo disfrutéis!

INVENTAR EL LIBRO

Juan Villorio

¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.

Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿podemos inventar hacia atrás? ¿Qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no solo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que solo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Solo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word dedicado con cariño a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.

jueves, 22 de octubre de 2009

Un libro que es como una canción


Ahora sí le ha llegado el momento a "La Elegancia del Erizo". Ayer me lo terminé de leer y aún no me he repuesto del todo. (Alguna vez he pensado escribir algo acerca de ese momento en el que lees la palabra final del libro y sabes que todo ha terminado, pero por ahora sólo lo dejo apuntado...) En cualquier caso, no tengo palabras, creo que no puedo decir nada, a pesar de que este blog es todo un intento de expresar lo imposible.
Sólo una cosa: "La Elegancia del Erizo" (L'élegance du herisson) es todo lo que yo quisiera que fuese este blog. En definitiva es un libro que me hubiera gustado haber escrito.

Seguro que todos han escuchado con atención la canción de Killing me softly. Pues bien, este libro ha sido ese young boy del que habla la canción. Strumming my pain with his fingers...
Creo que aún tengo muchas cosas que pensar, que hablar, pero por ahora sólo tengo las últimas palabras del libro en mi cabeza: "La belleza en este mundo".

Voy a escribir la última parte del libro, menos 4 líneas para no revelar el final. En todo caso, aunque no revele mucho, creo que vale la pena leerlo habiendo leído el libro entero.

"Quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
(...)
A partir de ahora buscaré los siempres en los jamases.
La belleza en este mundo."
¿Lo ven? De eso va todo... El proverbio musical y todo lo demás. Eso es lo que quiero. Lo que muchas veces se me escapa.

jueves, 6 de agosto de 2009

Una tempestad bajo un cráneo



“La vista del espíritu no puede encontrar en ninguna parte más resplandores y más tinieblas que en el hombre; no puede fijarse en nada que sea más espantoso, más complicado, más misterioso, más infinito.
Escribir el poema de la conciencia humana, aunque sea a propósito de un solo hombre, a propósito del hombre más insignificante, sería unir, fundir todas las epopeyas en una sola grandiosa y completa. La conciencia es el caos de las quimeras, de las ambiciones, de las tentativas, el horno de los delirios, el antro de las ideas vergonzosas, el pandemónium de los sofismas, el campo de batalla de las pasiones. Si a ciertas horas penetráramos al través de la faz lívida de un ser humano que reflexiona; si mirásemos de tras de aquella faz, en aquella alma, en aquella oscuridad, descubriríamos bajo el silencio exterior, combates de gigantes como en Homero, peleas de dragones y de hidras, y nubes fantasmas como en Milton; espirales visionarias como en Dante. No hay nada más sombrío que este infinito que lleva el hombre dentro de sí, y al cual refiere con desesperación su voluntad y las acciones de su vida.
Dante encontró un día una puerta siniestra que le hizo dudar; nosotros estamos ahora también en el umbral de una puerta ante la cual dudamos. Pero entremos.”

Los miserables. Victor Hugo. (Traducción de Nemesio Fernández-Cuesta)