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viernes, 2 de diciembre de 2011

Desvaríos sobre el espacio y el tiempo


Hoy cumplo tres años en Pamplona. No es mucho, quizá, pero es el 25% de mi vida consciente y el 100% de mi vida plenamente consciente. Es difícil explicar lo que esto significa, así que no lo intentaré. Es un punto intermedio, a veces contradictorio (no sólo para mí).

Y bueno, puestos a consideraciones temporales, me acabo de dar cuenta de una perogrullada, que también tiene su aquél: estamos en el comienzo del fin del 2011, lo que significa que desde este año llevo más tiempo viviendo en el siglo XXI que en el XX. No sé qué pensar, pero produce un poco de vértigo. Es, también, un punto intermedio, contradictorio.

Un extranjero en el espacio y el tiempo, anhelando una patria definitiva.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Ante los ojos, la muerte



La muerte es un tema obligado. Un parón necesario. Un pensamiento recurrente. Lo único irremediable. Un tópico al que se vuelve una y otra vez, porque todos vamos a dar a esa mar, que es el morir. Para los filósofos y los poetas, la muerte lo es casi todo; la vértebra de su quehacer mismo.

"Ubi sunt?" ("¿Dónde están?") es una de las grandes preguntas de la literatura, una pregunta que se encara con la muerte e interpela su acción. Sin embargo, más quebuscar una respuesta es el lamento por aquellas cosas que pasan, las personas que mueren, el paso inexorable del tiempo ante el cual todos estamos inermes. Frente al "Ubi sunt" todo se presenta como vanidad de vanidades, porque se experimenta cómo toda gloria humana es pasajera, cómo al final todo se iguala, cómo todos desembocamos en la misma corriente. Sin esta pregunta no puede haber arte, que siempre surge como un remedio ante la muerte, como un ansia de eternidad, de capturar lo permanente en la fugacidad, de inmortalizar e inmortalizarse. Una vez escuché decir que el oficio de escritor sirve para distraerse de la muerte. Al final es lo mismo: para distraerse, para enfrentarla, lo importante es que siempre, en el fondo, late la presencia de la muerte que ronda a algunas sensibilidades de modo especial.

En la Filosofía la pregunta por la muerte es aún más radical. Platón lo decía en el Fedón: la Filosofía no es otra cosa que la preparación para la muerte. No podría estar más de acuerdo con él. Quizá por eso la muerte siempre está ante mis ojos, ante nuestros ojos -o al menos siempre debería estarlo- mirándonos, no como una amenaza, sino como un recordatorio de que aquí no estamos más que de paso, como una luz que nos permite verlo todo en su justa medida y nos invita a vivirlo todo con intensidad, exprimiendo en el tiempo la eternidad.
La Filosofía nos acerca a la muerte, a esa pregunta radical que es el para qué vivimos, la pregunta por el sentido. Y es que la muerte no es el final, sino más bien es un punto de partida que ilumina todo el resto del caminar. Frente a la certeza de que moriremos, encontramos en nosotros un ansia de eternidad que no se resuelve en encontrar la panacea universal que nos alargue la vida indefinidamente, pues aunque todos tememos -más o menos- a la muerte, nadie querría vivir aquí eternamente. Somos conscientes de los sufrimientos y las limitaciones, y llega un momento en el que la muerte es un consuelo, "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista". Se presenta entonces la paradoja: tenemos hambres de eternidad pero no queremos vivir eternamente en estas circunstancias. Tenemos sed pero el agua que tenemos no nos puede saciar. Ahí se abre entonces la esperanza, ay, la gran esperanza (¡qué tema!), de lo que viene más allá, de esa vida que es más que vida. Según Platón, toda esta vida terrenal es un ejercitarse para lo que allí viviremos; una preparación para que cuando lleguemos allí, esa vida no nos sea extraña, sino que nos encontremos con lo que ya estamos familiarizados. Para que seamos en plenitud lo que antes sólo éramos en germen. Por esto Sócrates, en el diálogo platónico, enfrenta su muerte con serenidad y valentía, reconfortando a los demás, consciente de que la vida futura le depará mayores bienes. El filósofo está en una búsqueda constante que parece jamás saciarse, que quizá por sí misma es insaciable, y la certeza de Platón es que sólo la muerte podrá darle al filósofo la sabiduría que busca. El filósofo anhela conocer la verdad, ¿y dónde conocerla mejor que conociendo la Verdad misma?

De cualquier modo mi vocación está marcada por la muerte. Por la filosofía, porque estoy estudiando para tener un buen morir; por las artes y las letras, porque está en el centro mismo de su ejercicio. Miramos a la muerte porque es ella la que nos mira primero. Y todos lo sabemos. "Para todos tiene la muerte una mirada", decía el poeta Cesar Paese.

Sólo el amor, puede igualar, aún más, superar a la muerte como el GRAN tema. Allí donde la muerte se presenta como límite, el amor aparece como respuesta. Lo único que jamás desaparecerá, que ni la muerte puede llevarse. Quizá por eso la Filosofía, etimológicamente y más, es ante todo un tipo de amor. Pero eso ya es otro tema. La sabiduría bíblica ya lo decía en una expresión que ha tenido gran acogida entre los literatos: "...porque el amor es tan fuerte como la muerte" (El Cantar de los Cantares 8, 6).

viernes, 9 de julio de 2010

La paradoja de la felicidad


Como respuesta a uno de los comentarios de la entrada sobre las paradojas del Cristianismo, quería desarrollar un poco más una de ellas: "Para ser feliz hay que proponerse no serlo". Y es que ya sabía que podía entenderse mal. Lo que pasa es que la felicidad, al ser el fin al que todos tendemos, es un fin complejo, difícil de clasificar. Peculiar. Es algo que uno no puede proponerse, porque en cuanto se formula como propósito, se nubla.

Sin embargo, "proponerse no ser feliz" no equivale a "proponerse ser un miserable" o que Dios en realidad quiera que no seamos felices. Todo lo contrario. Si Dios quiere que todos nos salvemos y salvación no es otra cosa que la felicidad en plenitud, entonces quiere que seamos realmente felices, plenamente, aún aquí en la tierra. No obstante, la felicidad, que es un fin en sí mismo, no puede buscarse en directo, sino que es más bien la consecuencia de una serie, cuasi infinita, de pequeñas elecciones que -¡he ahí la paradoja!- nos hacen más felices cuanto más indirectamente apunten a la propia felicidad. Si no, se confunde fácilmente con el placer, y por ahí comienza el camino de perdición de muchas personas.

La felicidad se alcanza cuando no se busca, al menos cuando no se busca como tal, así en abstracto. La felicidad. Con sólo mentarla parece ser una fantasía, algo que se nos escapa de las manos. Por eso, cuando se piensa en "mi felicidad", "mi felicidad", "dónde está mi felicidad", nos volvemos fácilmente unos egoístas, pues parece que nunca la tenemos por completo... y así comienza la búsqueda del pote de oro detrás del arco iris. Podemos estar siempre buscando un imposible, ciegos, como el galgo persiguiendo con afán el conejo que nunca alcanzará. "Nacemos de la sed...", decía un poeta español que conocí en Medellín, y esa es nuestra condición. La insaciabilidad hace parte de nuestras vidas y la felicidad no es un bote que hay que rellenar. La felicidad es más un don que un objetivo, algo de lo que libremente debemos desprendernos para después dejarnos sorprender. Por eso, quizá ahora se entienda mejor, "para ser feliz hay que proponerse no serlo", hay que olvidarse de sí mismo y empeñarse en que los demás sean felices. Y recordar que en la tierra sólo tenemos pequeñas dosis del gozo pleno, que la felicidad no depende en exclusiva de nuestras propias fuerzas y que no tiene nada que ver con lo placentero, ni con el dinero, ni el poder, ni nada que pueda desaparecer o cambiar o que pese demasiado. Por eso Bías de Priene, que era un sabio y probablemente un hombre feliz, podía decir sin dudarlo "todo lo que tengo lo llevo conmigo" (para los latinos, "omnia mea mecum porto"). ¡!

sábado, 26 de junio de 2010

En medio de la paradoja: Dios


La fiesta de los santos se celebra el día de su muerte, pero en la Iglesia lo llamamos dies natalis. Es sólo una de las muchas paradojas que constituyen el Cristianismo.
  • El Espíritu Santo es fuego (Pentecostés) y agua (Bautismo).

  • Para Vivir hay que morir.

  • La puerta a la Casa más grande, la Patria verdadera, es estrecha.

  • Para ser feliz hay que proponerse no serlo.

  • En la pobreza se consigue la mayo de las herencias.

  • La más alta sabiduría la alcanzan los ignorantes.

  • Para brillar hay que quemarse.

  • Como respuesta al odio: Amor.
  • Etc, etc, etc...
Y es que Dios es tan grande que sólo cabe en la paradoja, sólo entre dos puntos radicalmente extremos hay "espacio" suficiente para Dios. Por eso la lógica de Dios no es la lógica humana y los santos han sido locos ante los ojos del mundo. ¡Locos de atar! Y aún hoy hay quienes se escandalizan.

En medio de la paradoja: Dios (y con un poco de locura: yo, como todos los hombres, paradoja andante).

miércoles, 17 de febrero de 2010

El polvo que somos


Todos lo hemos pensado alguna vez: No somos nada. Nada más que polvo y ceniza. Nos comparamos con las galaxias y a nadie le deja indiferente verse tan minúsculo. ¿Qué tal que fuésemos los reyes del mundo? ¿Y si pudiésemos hacernos con toda la realidad?... ¿Y si de verdad pudiésemos cambiar el mundo? ¡Si ni siquiera podemos conocer la esencia de una mosca!
La realidad nos supera enormemente, ¡qué poca cosas somos! ¿Y aún hay quienes la estudian directamente, como su objeto, así en general? ¡Menuda soberbia pensar que pueden aprehenderla! Les sobran argumentos y les falta sencillez para darse cuenta de que son nada y menos que nada, menos que la diezmillonésima parte de un átomo en comparación con el universo entero. Sus pretensiones son como las de un grano de arena que se propone absorber el agua del mar. ¡Aún hay ingenuos de tal índole!

Nada. Nada más que polvo y ceniza. Una lucha constante entre lo poco y mucho, lo temporal y lo eterno, la luz y la oscuridad. Un guerra que se bate entre soberbia y humildad.