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martes, 27 de marzo de 2012

Solitude (X)


(Via)


He disfrutado en grande leyendo "Oír la luz" de Eloy Sánchez Rosillo. Últimamente me sobreviene con cierta frecuencia esa sorpresa imponderable, tan propia de la niñez, cuando se descubre algo nuevo. Es una delicia, uno de los placeres del vivir, descubrir algo que realmente te gusta: un escritor, un grupo de música, una canción, un blog. Me ha pasado en este último mes de una manera inusitada. Quizá es que aún soy lo suficientemente ignorante para tener prácticamente todo por descubrir y lo suficientemente filo-filósofa para aceptar con agradecimiento los nuevos descubrimientos (y percatarme de dónde hay una fuente que no cesa de manar agua). Este último mes han sido Amalia Bautista, Chesterton, The Dawes, Megafaun, y un etc., por no dejarme nada fuera.
Con Sánchez Rosillo, que es a lo que voy, he leído unos poemas en los que late esa "solitude" de la que he intentado escribir un poco. Esa soledad necesaria, pero tan llena de contenido, que brilla por sí sola en la oscuridad del dolor solitario. La soledad que se precisa para "oír la luz" en un momento único, de silencio cósmico, que sólo acontece ante la contemplación de la magnitud abrumadora del espacio y el titilar cálido las estrellas.
Hay un poema en concreto que me parece definitivo, no porque me haya resultado completamente novedoso, sino precisamente porque ha sido la expresión perfecta de algo en lo que he pensado muchas veces. La diálectica entre los dos ideales de contemplación (soledad/autarquía) y amistad (compañía); la admiración, que comienza como un ejercicio solitario, pero que sólo llega a su culmen en compañía... Stanislaw Jerzy Lec, que recientemente me acompaña, lo dice de modo fantástico en un frase, que le da sentido tanto a la lectura solitaria (por la luz que se enciende en nosotros cuando leemos una idea "nuestra" que nos llega vestida de otra voz), como al salir fuera con los amigos (por la luz totalmente nueva, y que custodiamos enseguida, cuando una persona querida engendra en nostros una nueva voz): "nos gusta que nuestra voz interior nos llegue del exterior".
El poema de ESR es una muestra más de que los poemas más míos, como diría EGM, los han escrito siempre otros poetas. Aquí está todo: la necesaria soledad, estimulada por la compañía; la búsqueda a solas —a veces a tientas— y la mirada de la amada, que recoge los frutos inmediatos de el solitario viaje, que de lo contrario se agostarían.

EL VIAJE
Eloy Sánchez Rosillo

Saber que estás ahí, mientras trabajo
en el cuarto de al lado, mientras busco
a solas el poema, me estimula,
me da ilusión y fuerza y esperanza.

Yo me voy a mis sueños y me adentro
por inciertas regiones en las que nunca estuve.
No admite compañía esta aventura:
es preciso estar solo para hallar lo que importa.

Me pierdo en ocasiones, pero a veces encuentro
extrañas maravillas que nadie ha visto antes.
Por favor, no te vayas y espera mi regreso;
tu serás cuando vuelva, la primera en mirarlas.

jueves, 1 de marzo de 2012

Solitude (IX)


No hay nada más ajeno a la naturaleza de Dios que la soledad. Por eso, si bien la Trinidad es un misterio inabarcable, al menos resulta bastante inteligible que Dios no sea simplemente el pensamiento que se piensa a sí mismo, así sin más. Es eso, sí, pero un pensamiento que es amor fecundo, que engendra y, encima, subsiste. Es Familia.
Para el ser humano, en cambio, la soledad es un sentimiento familiar —seres paradójicos, al final y al cabo—, que nos acompaña siempre. Por mucho que estemos acompañados, siempre hay un resto de soledad, porque el yo más íntimo es incomunicable. Y por muy solos que estemos siempre queda un recinto, aunque no lo sepamos, ni lo queramos, donde está Dios. El único que conoce ese ser intímisimo. "Eres más íntimo a mí que yo mismo", diría san Agustín. La soledad, de algún modo, nos constituye tanto como el amor. Al menos en esta tierra. Por eso Cristo, al hacerse hombre y asumir todas nuestras miserias y dolores, asumió también la soledad más tremenda. Una soledad humana, que para Él, que también era Dios, no podía menos que ser una soledad absoluta. Una soledad que un hombre tan sólo puede probar, pero no beber hasta las heces.
Cristo —que era Dios— había estado siempre tan unido a su Padre, con una unidad y una cercanía tan profunda, tan íntima, que nosotros, seres solitarios por condición, no podemos llegar a imaginar y mucho menos a comprender. Por eso cuando llega el momento, el peor de todos, cuando la angustia llega a su punto álgido y el Padre abandona al Hijo, la soledad de Cristo se hace grito que desgarra hasta las tinieblas: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Es una soledad tan humana, tan divina que rompe el corazón de Dios. Sólo quien puede llamar "mío" a Dios con absoluto rigor —tan mío que es de mí mismo— puede sentir la soledad absoluta, la que nadie más sentirá, porque el que la padeció en sus entrañas no dejará que nadie más la enfrente desarmado. (El arcoiris, con todo lo bello, aquí se queda corto).

domingo, 12 de febrero de 2012

Solitude (VIII)

Después de mucho insistir, por fin he logrado hacerme con un ejemplar de "El corazón de Dios", el último poemario que escribió Carlos Pujol antes de su muerte. Aquí os transcribo uno de sus poemas, que me viene genial para seguir ahondando en la "solitude". Y es que a veces, la soledad es una cuestión de puro despiste o de ser olvidadizo, como este "Forgetful angel" de Paul Klee.

De "El corazón de Dios", de Carlos Pujol.

Eres la disponible eternidad,

y a mí que me distrae

el vuelo de una mosca.

Mientras haya juguetes,

soldaditos, peonzas, bicicletas,

el cine de la tarde de los sábados,

ni me acuerdo de ti.

Urgen todas las fábulas.

Tú, rey de la paciencia,

con tesoros de tiempo en los bolsillos,

esperas a que un día

me canse de estar solo.

martes, 7 de febrero de 2012

Solitude (VII)

Día tremendo.
Nadie más que la luna
viene a escucharme.

O como diría Borges:
“La amistad silenciosa de la luna
(cito mal a Virgilio) te acompaña.”

domingo, 15 de enero de 2012

Solitude (VI)


Pascal escribió varias cosas acerca de la soledad. Unas veces criticando las ostentación de las clases altas, que sólo servía para ocultar el miedo a estar solos. Otras veces para advertir sobre la esclavitud de no saber estar en soledad: “Todas las desgracias del hombre vienen de una sola cosa: el no saber quedarse solos tranquilos en un habitación”.
Si ya entonces ese miedo era alarmante, creo que ahora es el miedo por excelencia. Es un miedo que se ha convertido en vicio. El vicio, por ejemplo, de odiar Facebook y no poder vivir sin él. El miedo de sentirse aislados. El miedo al silencio, a desenchufarse de la música —o incluso de un libro— para pararse a pensar en soledad. Y nos estamos vendiendo por un precio muy bajo: un autoengaño del que somos perfectamente conscientes, la pérdida de la intimidad, vivir hacia fuera. O vale, quizá dicho así no sea fácil de reconocer, pues nadie aceptaría que está perdiendo su intimidad, pero lo cierto, y lo preocupante, es que, y nadie puede negarlo, sí que estamos perdiendo algo importante: la soledad. Estamos perdiendo el mundo interior, la actitud de guardar las cosas que nos suceden, contemplándolas en el corazón. Y esto no sólo por lo que digamos o dejemos de decir, no sólo por lo que digamos en Twitter, Facebook o los blogs. Al fin y al cabo tenemos cierto dominio sobre nuestras palabras, pero lo que dicen los demás se escapa más de nuestro control. La cantidad de información que recibimos por segundo es ingente y —sí, reconozcámoslo— casi toda insustancial. Se meten en nuestra soledad, porque cada vez vamos abriendo más puertas, porque el silencio se nos hace más insoportable que el escandaloso y estridente ruido discorde de los miles de mensajes que nos mandan las redes sociales.
¿Dónde están los demás? ¿Dónde nos encontramos a nosotros mismos? Sin duda no en la despersonalización. Nuestra dignidad reclama un soledad que sólo pueda vivirse en compañía. En una compañía de verdad: que sepa ver a fondo en nuestros silencios.

viernes, 13 de enero de 2012

Solitude (V)

No hay mayor soledad que la de no saber quién eres ni hacia dónde vas. Es la peor soledad porque allí, ni siquiera, estás tú mismo.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Solitude (IV)

Había pensado escribir algo sobre la Navidad y la soledad, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Pero, vaya coincidencia, mi padre me ha enviado lo que ha escrito Ernesto Ochoa, un columnista de "El Colombiano" que realmente me gusta, por Navidad. Así que a él me remito: Ese olor a musgo.


Para los que andan con prisas, un fragmento:

"Tal vez no haya mejor símbolo de la soledad que un niño recién nacido. Símbolo de la soledad y el desamparo que significa ser hombre. Ahí, en ese primer quejido mínimo, arranca toda la historia de abandonos y búsquedas, de urgencias e incertidumbres, de ternuras y de odios, de amores y de violencias, de llantos y de alegrías que acompañan la vida del hombre sobre la tierra. Todo nacimiento es milagro y tragedia. Y tal es la Navidad: un milagro que redime la tragedia de nuestra soledad".

lunes, 5 de diciembre de 2011

Solitude (III)

Que no nos faltes, soledad, pero que no nos falte vivirte en compañía. Que no nos faltes, soledad, primera interlocutora, pero tampoco nos falte con quién hablar de aquellas cosas que nos revelas a tus amigos. Estar contigo es un deleite, pero caminando con otro hacia tu morada.


SONETO VII
John Keats


¡Oh, Soledad! Si he de morar contigo,
que no sea entre este hacinamiento de oscuros edificios;
sube conmigo la escarpada senda,
y llegando a esa atalaya de la naturaleza,
veremos, en la distancia, como un pequeño espacio
donde el valle acrece su verdor y el cristal de su río;
que tenga tus vigilias bajo el fino ramaje,
allí donde el ciervo con su salto tan leve
asusta de la dulce campánula a la abeja.
Pero, aun gustando de compartir contigo esas escenas,
la plática con un ser puro cuyas palabras
espejan una mente exquisita, es mi mayor deleite,
porque, sin duda, la dicha de la tierra reside
en dos almas afines que vayan hacia ti.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Solitude (II)

Sí, es verdad. "El amor no es relleno para el vacío de la soledad." Y nunca puede serlo, porque se necesitan mutuamente. El amor -léase siempre también "amistad"- se acerca a la soledad con delicadeza, la toma con manos suaves para limar las aristas de la amargura y hacerla más humana. La soledad, por su parte, le recuerda al amor su dignidad: que no está hecho para este mundo, que el tiempo y el amor se contradicen, pues sus ansias son eternas. Ese resquicio, inaccesible, de la soledad es un apertura a la trascendencia.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Solitude (I)


Recuerdo que leí, en un blog ya desaparecido, una cita de Eugenio D'Ors en la que hablaba de la soledad no como el estado de aquel que no tiene compañía sino como un carácter, un modo de ser, pues hay gente —dice D'Ors— que por más que esté acompañada, internamente siempre están solas. Es un tipo de soledad que se permiten aquellos que, en el fondo, saben que no están solos. Y porque saben que no lo están, aunque esa certeza se difumine constantemente, pueden soportar ese terrible silencio, que se vuelve una carga que no aplasta aunque a veces pese, un refugio que por el que a veces se cuela un poco de frío.
La soledad o bien te salva o te destruye. Está esa fecunda soledad del intelectual, el filósofo, el poeta, de aquellos que se dedican a una tarea que necesita del cultivo del silencio, porque es un oficio casi sagrado. Pero también está la soledad de aquel que no encuentra su vocación, del que no logra encontrarse a sí mismo en relación con los demás. Y, a veces, ese el drama, los sentidos de soledad juegan entre sí. No suelen darse solos, se hace guiños constantemente.
Ya he hablado aquí, en otra ocasión de la soledad. Y ahora, como entonces, vuelvo a remitirme al capítulo de un libro de Amalia Quevedo.
Todos estamos abocados a la soledad y en cierta forma nos hallamos anclados en ella. Pero sólo quienes asumen consciente y libremente este destino y saben encontrarse a sí mismos dentro de su soledad, son capaces de transformar su infertilidad aparente en el humus fecundo donde nace y madura la obra del pensamiento o del arte. “Las obras de arte —observa Rilke— son de una infinita soledad”. Así lo explica Gómez Dávila: “Sólo el arte nos revela la personalidad auténtica, porque sólo el arte nos entrega la soledad de la persona”.
Quizá el arte sea la mejor respuesta a la soledad. La vía de escape en este mundo. El arte puede redimir al hombre solitario del ostracismo al que se ve llamado, para pasar a encontrarse siempre en casa. La soledad es casi como un dádiva, pues tiene el anverso de regalo y el reverso de carga que todo don trae consigo. Por sólo quien no se sabe solo, puede sentirse así; quien se sabe rico en lo más profundo, pero a la vez radicalmente pobre en su día a día, en sus relaciones, en sus pensamientos. Esto, claramente, si no se busca como una pose artificiosa, con aires de pompa. Estas palabras de Amalia Quevedo son mucho más elocuentes:
Sin riqueza interior no es posible amar la soledad. Según Gómez Dávila, “la soledad es insufrible si el solitario no adhiere a evidencias trascendentes. Cuando la verdad muere, el hombre anestesia su angustia con el hedor de la muchedumbre humana”. Sin embargo, tan nocivo es no querer recibir nada de la soledad y huir de ella, como aferrarla en un intento crispado por arrebatarle sus dones.
La soledad sólo se entiende si va de mano con la amistad. Si la soledad es un bien, en cierto sentido, más lo es la compañía, no esa compañía tumultosa, que sumerge en el anonimato, sino esa verdadera cercanía que da la amistad. Pues la amistad siempre habla con las palabras íntimas y susurradas de la soledad. Sólo la amistad logra, con manos más delicadas, lo que logra también la soledad. Sólo la amistad llega tan hondo como aquella. Sólo la amistad puede influir tanto. Son dos grandes temas. Grandísimos y grandiosos. Por eso empiezo hoy con esta serie. Es un experimento, a ver qué sale.

(Para los anglófobos o los que piensen que lo de titularlo "Solitude" en lugar de "Soledad" es un tanto cursi, creo que tengo que justificarme, con estas palabras de Paul Tillich, sacadas de la socorrida Wikipedia: “Our language has wisely sensed the two sides of being alone. It has created the word loneliness to express the pain of being alone. And it has created the word solitude to express the glory of being alone.”)