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domingo, 13 de enero de 2013

"Un mundo así, obvio, no existe". Szymborska.

Vista de mi habitación cerca de Cartagena. Más una iguana en la palmera.
Cada cierto tiempo, mi padre me envía un correo con un artículo de Ernesto Ochoa, un columnista de "El Colombiano", el principal diario de Medellín. Podría ser algo rutinario, como esos emails que avisan de actualizaciones en una página web. Sin embargo, mi padre, que sólo me envía los artículos de cuando en cuando, es selectivo y acierta, insospechadamente, en los temas. Las columnas que escoge demuestran una doble intuición: una literaria, pues su selección es una fina forma de crítica; otra, más importante, paternal, pues también los padres tienen un sexto sentido, y el mío me envía siempre los artículos que necesito. No sé cómo lo hace, pero no es raro que acierte con uno de una temática que ha estado rondando mi cabeza. Hace un año hablé de esto, en Solitude (IV), gracias a otro acierto suyo, con la columna "Ese olor a musgo".
Esta vez, junto al artículo, mi padre añade una pregunta: "¿Cuándo retomas el blog?", que prueba que su intuición no es simple coincidencia. 

Ernesto Ochoa titula su columna "Diatriba contra el ruido", pues una vez terminadas las vacaciones navideñas, en las que el Nacimiento impone la Stille Nacht, y las familias que pueden peregrinan al campo, vuelve ahora el ruido metropolitano, los atascos y las prisas. 
"El ruido busca llenar un vacío interior. Es problema de las almas, no de las máquinas. Una ciudad poblada de ruidos, a toda hora y en todas partes, es algo más que la imagen de una cultura mecanizada. Es el síntoma de la deshumanización de una sociedad que ha perdido los perfiles del espíritu, la exquisita delicadeza de la paz, de la serenidad, del silencio."
El silencio, sí. De eso hablaba en mi última entrada, ahora tan lejana. De la necesidad del silencio, de callar y reflexionar, vivir más hacia dentro. Cuando todo se convierte en pura información —"¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?"—, se vive sólo con el deseo de comunicar, olvidando ese mensaje, tan evangélico, elegante y profundo, de guardar las cosas y meditarlas en el corazón.
Sin embargo, no todo silencio es de suyo fructífero. También hay silencios áridos, vacíos. No creo que ese sea el caso del silencio del Duque, que probablemente no haya sido tan estéril como a veces parece, aunque sí que ha sido mucho más largo de lo esperado. ¿Por qué?
Ernesto Ochoa dice en su columna:
"Mientras escribo intento aislarme, abstraerme, navegar hacia dentro. No oír, no oír. Es imposible. Por la ventana penetra el ruido sordo, redondo, arrastrado, de la calle. Un ruido viscoso, constante, sin intermitencias, que lo va rodeando a uno y se le pega como una piel. Ruido odioso y hostigante, que sube del asfalto como una bocanada caliente."
El Duque, en cambio, no quiere aislarse, ni abstraerse. Quiere escribir y, para eso, oír. Oír, es lo quiere. Oír hasta la luz. Hacer música con el ruido cotidiano. Escribir mientras escucha, que es la mejor forma de reflexionar y pasar de la anécdota a la categoría.
Hoy, por lo demás, se acaba la Navidad y empieza el tiempo ordinario, que este año ha coincidido también con el comienzo de mi vida ordinaria. Después de unas estupendas —y fructíferas en conversaciones como pocas— vacaciones en Cartagena, callar sería egoísta. Escribiendo es como se disfruta mucho más de todo. Y si algo me recordó Szymborska en Cartagena es que el mundo es asombroso y el poeta (ya quisiera yo) está allí para descubrirlo... y cantarlo. 

miércoles, 31 de agosto de 2011

Entrada de agosto

Aún sigo en mi "retiro". Este no es más que un paréntesis... para no dejar pasar agosto en blanco. Además de ser un guiño a los que no os habéis ido del todo. Quedaos todavía un poco más.





Los griegos tenían una palabra para explicar uno de los principales dramas de la vida. Y no es casual que sea un término especialmente utilizado en las tragedias para indicar el destino de un héroe: la hamartía, el error. Pero no es un error cualquiera, es un error trágico, que no tendría que haber sucedido, ni por los deseos o propósitos del héroe, ni por lo que resultaba previsible acerca de los resultados. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando, queriendo hacer un bien a alguien, con las mejores intenciones e incluso con ilusión, terminas por hacerle daño. Como regalar un apetecible pastel que estaba envenenado.
Es una de las tantas limitaciones de ser humano y una de las razones por las cuales la ética no es un asunto sencillo ni meramente teórico. Vivir es equivocarse y equivocarse es aprender a vivir. Nuestra vida es rehacernos continuamente, convertirnos constantemente, y no necesariamente en un plano meramente espiritual. Incluso a pesar de los propios deseos, las buenas intenciones, la lucha personal, hay que contar con el error, con que las caricias algunas veces resultan puñetazos.
El arte de vivir bien, como a veces se define a la ética, no es otra cosa que aprender del error, a punta de tropiezos, sin resentimientos, que suele ser lo más difícil. Sobre todo en lo referente a la hamartía. Tras tirar muchas veces al blanco sin atinar siquiera a la diana, lo lógico sería desistir. Pasarse a jugar al solitario. Lo que nunca sabemos -ay, me lo digo a mí misma, esperanzada- es que en estas cuestiones el blanco es huidizo y, quizá, esa flecha que fue un brindis al sol, fue la más acertada de todas.

sábado, 9 de julio de 2011

A los visitantes amigos de este blog


Nunca había abandonado el blog durante tanto tiempo. En un principio tenía mis motivos. Estaba recogiendo fuerzas, volviendo a las raíces, tomando aliento. Llenándome de temas para hablar y escribir. Este ha sido un gran año en estos asuntos y aunque el blog no haya sido el más elocuente reflejo, los que me conocéis habréis visto algo. Después de años he vuelto a escribir un par de poemas y he tenido muchos temas rondándome la cabeza. Muchos lo habéis notado. Por eso hoy os escribo a vosotros, que aunque seáis pocos, con casi todos me une una amistad más o menos estrecha que realmente reverencio.

Creo que era Marcel Proust el que decía que todo paraíso es un paraíso perdido. Y estos últimos días he mirado hacia Camelot como un verdadero paraíso. Hay demasiadas cosas aquí. Ha sido mi castillo de juegos, mi "excusa", mi "desaguadero", mi oportunidad de hablar con vosotros. Pero ahora las palabras se me escapan como el agua. Y esta vez me pregunto, ¿será otro paraíso perdido más? En el fondo no lo creo. Pero por ahora -no sé por qué- siento que el blog se me va de las manos, por mucho verano y tiempo que quede por delante para escribir y leer. En algún momento volveré, por eso no quiero despedirme, ni cerrar el blog, ni desesperar de la escritura. A veces el silencio es más elocuente, aunque no sea ese silencio que tanto he deseado (¿os acordáis?). Más que una despedida es una especie de súplica a vosotros, que os tomáis la molestia de daros una vuelta por aquí de vez en cuando, para que no os vayáis muy lejos. Volved por aquí alguna vez. Quizá el Duque haya vuelto a su sitio. Quizá vuelva aún más viejo, más sabio, más maduro... o simplemente más necesitado de la compañía de su pueblo.

lunes, 17 de enero de 2011

Ars poetica


Hace poco alguien me escribía una carta que terminaba diciendo: "Nuestras cartas son mejores que nosotros mismos". Una flecha que me dio en el blanco, porque en esa frase está toda mi arte poética, la justificación del por qué escribo y lo que subyace en este blog, en mis cartas... y si vamos un poco más allá, en toda mi vida.

Si le preguntáis a mis amigos de siempre os dirán todos que vivo de ideales, que sueño con sembrar esperanza (y que además, ay de mí, me lo creo). Muchos incluso lo admiran y me sorprende que no son pocos los que aún me dicen, lo copio de un email de esta Navidad, "espero que aún estés queriendo cambiar el mundo".
Si le preguntáis a mi almohada quizá os diga otra cosa. Quizá os decepcione. Y es que me he dado cuenta que cuando escribo voy haciendo de mí un yo más perfecto, voy buscando respuestas y acercándome a ese ideal de vida que trasciende la literatura. Cuando hablo con los demás creo que me pasa lo mismo. A veces, ser cínico es más fácil. E intento superarlo dejando esas siembras de esperanza, de idealismo, de sentido.
Por eso sabed siempre que mis palabras, escritas o habladas, son mucho mejores que yo misma. No creo que sea un engaño, es parte -la mejor parte- de lo que soy. Al fin y al cabo, ya lo he dicho varias veces en blog, al escribir no busco más que dar un poco de luz y encontrar, a su vez, esa luz para mí misma: la lucidez que necesito para vivir día a día con una sonrisa y no el lucimiento de un prosa o una poesía perfecta (que, reconozcámoslo, está muy lejos de mi talento). Si escribo no es porque crea que el mundo deba escucharme, sino porque creo el oficio me hace un poco mejor, me llena de razones, me hace detenerme, me ayuda a mirar. Y así, poco a poco, quizá logre ese cambio, deje ese huella. En todo caso, este post también es una muestra de todo esto.
Y disculpad si a veces sale ese yo, más pobre e imperfecto, si a veces me sale un grito desesperado. Con dice la frase latina: "Aliquando bonus dormitat Homerus", hasta el bueno de Homero dormita alguna vez. Y a veces el corazón busca escapatorias, se siente en su derecho de echarse una larga siesta de una buena vez. Cuando escuchéis ese grito, cuando penséis que "no soy esa", sonreíd y pasad de largo, que tengo buenos despertadores.

Mientras escribía esto me he acordado de un poema de Enrique García-Máiquez que, en realidad, expresa mucho mejor lo que sólo he sabido decir a trompicones.

Poética

Palabra tras palabra,
sin prisa, voy forjando
un personaje mío
que es yo mismo:
un yo máximo

sin defectos o apenas
con aquéllos simpáticos,
que logran que el lector
me sienta más cercano.

Pero los otros, éstos
que me avergüenzan tanto,
pienso que los corrijo
a fuerza de callármelos.

Escribir es cribar;
desde luego mis fallos,
pero también mis temas,
mis tonos, mis hallazgos...

Dejar sobre el papel
tan sólo a un hombre sabio,
y bueno, parecerme
a ese hombre con los años.

sábado, 23 de octubre de 2010

¡Absurdo de mí!

Sentados. "Tête à tête".

—¿Alguna vez has querido hablar de algo con alguien y no encuentras con quién?
—Uh huh...
—¿Qué es el blog si no es esto? Una pretensión de diálogo (semioculto, enmascarado) con nosotros mismos, una construcción de ese otro, que es un otro-yo -un superyó-, una farsa con la que pactamos porque sin ella no podríamos vivir, porque escribir es una necesidad y no podemos no comunicarnos.
—Uh huh...
—Una búsqueda de sí mismo, un anhelo de comprensión, porque para ver hay tomar distancia y esa distancia es alteridad, diálogo, escritura...
—Uh huh...
—No es sólo una cuestión de poner en limpio un caos de pensamientos, que sí, sí, también -más aún si el sentimiento de caos es habitual- pero quizá responde más a una tradición ancestral (que se remonta a conversaciones peripatéticas) arraigada en esa necesidad tan humana de hablar de lo más profundo que se lleva dentro.
—Uh huh...
—San Agustín, un hombre sediento, también lo hacia en los Soliloquios. Y escribía porque hablar con Dios es mucho, pero necesitamos materializar todo eso en otro tipo de diálogo que sólo se da en unas pocas -¡poquísimas!- ocasiones y creo que de algún modo siempre las estamos buscando... Cuando ese momento se da, querrías que nunca se acabara.
—Uh huh...
—Pero a todos nos cuesta encontrar ese quién, ese momento, esa ocasión... Con los temas para algo distinto, porque con ellos vivimos y luchamos constantemente, se identifican con nosotros, nos hacen y deshacen. ¿Qué es el blog si no esto? Un escape. Sin valor alguno ni interés, algo casi ilegítimo. Los soliloquios deben permanecer en lo más personal, las confesiones en las iglesias o en la intimidad de una conversación.
—Uh huh...
—Y entonces, ¿por qué la blogosfera, donde aterriza cualquiera sin piedad? Bueh... Al final, todo es un constructo poco sincero, un espejo al que me asomo de cerca buscándome de algún modo y en el que sólo queda mi aliento, no mi imagen. Sólo un aliento, el vaho sobre el que después escribo.
—Uh huh...
—Psee... Como una tabla de naúfrago. En sí misma no sirve para nada y nadie, más que el náufrago, se aferraría a ella.
—*sigh* Y aunque sea una basura hay que aferrarse a algo, ¿o qué?
—Uh huh...

lunes, 21 de junio de 2010

La tentación Bartleby



Esta es quizá una de las entradas más importantes del blog. Llevo mucho tiempo pensando en ella; pensándola en general, no escribiéndola. De hecho, tengo el título desde antes de abrir el blog y al abrirlo pensé que esta sería la primera entrada. Sin embargo no fue así, y ha tenido que pasar casi un año antes de que viera la luz. Esta es la justificación del blog, una confesión personalísima y una especie de arte poética. En cierta medida es una necesidad, algo que tenía que hacer tarde o temprano. La explicación de por qué muchas veces me he hecho llamar Bartleby
.

Hay una especie de tentación que me acecha constantemente, siempre que quiero escribir algo o cuando nace en mí alguna ambición literaria. La he llamado "la tentación Bartleby", siguiendo un libro de Vila-Matas, "Bartleby y compañía", que toma el personaje de Melville, "Bartleby, el escribiente"[1], y hace un "estudio" de los bartlebys de nuestra época: esos escritores que, de repente, sin explicación lógica alguna, decidieron dejar de escribir, simplemente porque preferían no hacerlo más. Esa tentación es la de no escribir más: cerrar el blog; no pretender una mentira: creer que puedo aportar algo, que a alguien le interesa lo que tengo que decir, cuando muchas veces ni siquiera sé qué es eso; dejar de jugar al poeta.

Hay quien escribe para informar, o para transmitir unas ideas políticas, religiosas, etc., para conservar su memoria, para hablar con quienes están lejos o como un exquisito hobby. Yo no escribo por nada de esto, aunque muchas veces estas cosas estén involucradas. Me mueve una especie de afán poético, que aún no termina de cristalizar, que por ahora no es más que una quimera. Escribo para aclararme, para pensar un poco más y en cierto sentido llevarme al extremo. Lo hago más por necesidad que por gusto, porque hay cosas que me queman por dentro y que claman por salir. No lo hago por simple gusto, porque cuesta, porque las cosas no salen ya hechas y mis expresiones suelen parecerme desafortunadas, porque al escribir me expongo demasiado -ante mí misma y ante los demás- y dejo que sangren las heridas. Por eso no es de extrañar que con cierta frecuencia algo me diga que deje de escribir o que lo haga simplemente como un instrumento de comunicación, como una técnica necesaria en la vida. Al fin y al cabo, dice ese algo, al que llamaremos Bartleby (aunque Bartleby en realidad soy yo), "prefirirías no hacerlo", "se te facilitaría la vida y podrías ocuparte de otras cosas, pensar menos en ti misma y dedicarte más a los demás". Es una tentación insidiosa, nada ingenua. No es sin más algo que invita a tirarlo todo por la borda, sino que me llama a vivir con los pies en la realidad: dejar a un lado vanidades, sueños inútiles que anhelan poseer un talento que siempre está en los demás y nunca en uno mismo, y empeñarme por vivir al máximo el presente, con lo que tengo, lo que hay. Dejar de perder el tiempo, dándole vuelta a ideas abstractas que no sirven para nada, hasta darles por fin algún tipo de articulación. Es, quizá, un camino fácil: cortarlo todo de raíz, pero no por eso resulta una tontería. A veces, pienso que en realidad puede ser el camino decisivo. No hablo en términos generales, ni formulo una ley universal. La tentación es mía y así es como me interpela, como merodea en mi imaginación.

Siempre he pensado que un artista no puede callarse, que su deber es hablar, pintar, cantar, lo que sea. Es cuestión de justicia y agradecimiento: no se pueden enterrar los talentos. Sin embargo, cuando el talento no es evidente, ni como algo ya dado, ni como fruto del trabajo, callar no deja de ser una opción. No se puede dejar de soñar, pero tampoco se puede vivir en sueños. La realidad supera siempre la ficción.

Y sin embargo, aquí sigo, a pesar de mí misma: escribiendo, así sea con poca frecuencia, en el blog. No quiero adoptar un postura victimista, tampoco puedo decir que esto me cueste la vida, pero sí supone siempre una lucha. Llamémoslo, sin más, una escaramuza.

Escribo porque creo que las palabras encierran una belleza que merece ser descubierta, aunque muchas veces yo no la vea; porque, haciéndolo, combato contra mi vanidad, que se manifiesta en el aislamento, la seguridad de no exponerme y guardarme las cosas para mí, aunque muchas veces parezca que lo hago por todo lo contrario; porque a pesar de mi vulgar normalidad, que tiene muy poco de genio, creo que escribiendo así, tal como soy, sin premios ni publicaciones, podré llegar a alguien, invitar al pensamiento, a la contemplación, al amor por las cosas inútiles. En definitiva, escribo por una acto de fe. Porque creo en lo que no veo y porque en medio de esta ceguera espero encontrar en las letras la lucidez -que no el lucimiento- que estoy buscando.


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[1] "Bartleby, el escribiente" es un excelente libro de Herman Melville. Un relato o novela corta que se adentra en las profundidades del alma humana y los absurdos contempóraneos. Es un libro que no puede dejar a nadie indiferente. Cuenta la historia de un hombre tímido y solitario que es contratado como escribiente en una oficina de Wall Street. Es un buen trabajador, pero un día, cuando su jefe le pide que haga algo, Bartleby, sin altanería y con sencillez, le responde: "Preferiría no hacerlo". La misma escena se prolonga durante los días siguientes, en los cuales Bartleby contesta siempre a cualquier petición, por fácil o insignificante que sea, "preferiría no hacerlo" y con toda naturalidad continúa con sus cosas. El final no lo contaré. Hay que leerlo para atisbar desde lejos lo que guarda en su alma este escribiente.