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martes, 10 de abril de 2012

Noli me tangere

Hoy es el día perfecto para colgar en el blog uno de los textos más geniales que he leído. O, por lo menos, que más me ha impresionado. Es una reflexión de Eugenio d'Ors ante el "Noli me tangere" de Correggio. Para d'Ors, este cuadro es la encarnación del espíritu de lo barroco, no como período histórico concreto, sino como eón. Lo barroco, que por oposición a la armonía de lo clásico, es una tensión constante entre opuestos. Como la vida misma, diría yo. La mezcla entre el querer y no querer, el sí y el no, la inmensa escala de grises. El instante, como nos ha recordado EG-M, en el que el pábilo vacila. Cristo que se acerca a María a la vez que se aleja de ella, la busca pero también la rehúye... Correggio materializa esa tensión con una maestría increíble. Y d'Ors la narra con un dulzura embriagadora.


—Noli me tangere... Discípula, no me toques. Toda mi piedad es para ti. Toda mi ternura, para ti. Y mi obra entera. Y tengo todavía para darte, si me sigues, mi palabra, mi sonrisa, mi mirada, mi perfume. Pero no me toques.

(Henos aquí una vez más, en el Museo del Prado, ante la mórbida, la inquietante composición de Antonio Allegri, dicho el Correggio: obra tres veces Sagrada, por el asunto, por la emoción, por el Sentido. El Señor de pie, que muestra el camino a la Mujer anonadada. La Discípula ante el Maestro...)

—Sí, mi palabra, mi sonrisa, mi perfume. Puedo también darte el Cielo. Tu pasado, ¿qué importa? ¿Cómo podría haber en ti un pasado cualquiera, cuando para ti no hay pasado? Lo has perdido al encontrarme. Lo has perdido al perder la memoria. Tu memoria empieza mañana. Hete aquí: más blanca eres que los lirios; más joven que los pequeñuelos; más nueva que los que han visto el día de ayer. Se dice que tienes treinta, cuarenta años. Puede ser. Pero tú naces ahora, en el presente. Ven, sígueme: es como venir a la vida... Empecemos, pues. Empecemos a andar, yo delante, separando abrojos y espinas con mis manos que sangran; tú, pisando

sobre mis huellas. Verás cuán dulce es a tu pie cada pisada que dejó el mío. En el hueco de cada una habrá un poco de su forma, con un poco de mi calor... Pero no me toques.

(El Correggio es admirable en el estudio, el dibujo, la luz y la actitud de la manos. En los pies de sus imágenes, igualmente. Bien diverso del Perugino, cuyo es cierto cuadro, hoy en el Museo de Grenoble, donde se muestra, en contraste con lo que hay de celeste en el rostro y con la noble perfección del cuerpo, un pie desnudo, una casi inexplicable abominación fealdad. Pero resplandecerá todo tu cuerpo cuando tu alma esté verdaderamente encendida.)

—Tú, mujer, no sabes; conviene que sepas. Tú flotas: importa que te orientes. Te dispersas: recógete. Huyes: dómate... Forma sometida, ojos deslumbrados, senos palpitantes, temblorosas rodillas, piernas replegadas, brazos abiertos, dedos en abanico. ¡Y la garganta, que se ofrece a la inmolación! Y el movimiento y el desorden de los velos y las ropas desceñidas. Todo esto yo lo tomo, así su arcilla el escultor. Yo quiero modelarte, criatura; yo haré de ti una estatua para las gliptotecas de Dios. Cada uno de mis ademanes se grabará en tu materia dócil. El primer paso de mi pie derecho dibujará para ti una indicación de brújula. Una llamada arde en mis pupilas. La diagonal de mis brazos es la de un camino que asciende.

Un índice en lo alto designa, sin exigir. El otro índice, abajo, parece invitar a que tu debilidad se apoye en mi fuerza. Pero no me toques.

(Todo, en el Correggio, es impulsión hacia arriba. Hay siempre, en sus obras, visible o invisible, el águila que rapta a Ganímedes —como en el cuadro del Museo de Viena— y una bóveda abierta al cielo —como en la decoración de la catedral del Parma—.)

—Ahora llamo a través de ti a toda la naturaleza, la llamo a la Redención. En el regazo de la naturaleza, tú estás, Mujer, como un día estuvo tu Hijo en tu propio regazo. Formas parte de ella, te envuelve, te encierra, te baña. Tanto como te encierra, te nutre. Apenas si puedes moverte dentro de ella. Tus temblores son sus temblores... ¿Cuántos paisajes en tus ojos! ¿Cuantos paisajes en tu cuello, cuántos paisajes en tu cabellera destrenzada, cuántos paisajes, demasiado confusos y demasiado dulces! Plantas, aguas, nubes, volcanes, son tus hermanos y tus hermanas; los meteoros rigen tus secretos. ¡Cuán difícil arrancarte de esa beatitud

amorfa!... Pero la diagonal de mis brazos es bien firme. Su firmeza, casi abstracta, casi geométrica, te salvará. Y salvará al mundo también, al mundo a ti adherido, y que te seguirá cuando te salves. Así, no me toques.

(En el Correggio, el paisaje es igualmente femenino. Su ternura tiene algo de maternal. Los personajes inermes infancias nutridas por todos los zumos del paisaje. Este que vemos en el fondo de nuestro Museo da goce a los ojos, como un cuajo de leche en un lecho de verdes berros. ¡Caricia de frescura! Recuerdo de un soneto de Góngora, dedicado «A una dama muy blanca vestida de verde»; aquel donde el agua queda encanecida de espuma al paso del cisne, que sacudirá su pluma entre las juncias, al rubio sol.)

—Yo daré consistencia a tu frescura. ¡Oh estatua mía! Yo elevaré tu confusión a claridad. Yo normalizaré tu instinto en ley. Yo te arrancaré a la naturaleza para darte ala Gracia. Si eres pecadora, te haré penitente. Si eres Eva, te haré Madona. Si eres aguijón, te haré medida. Si eres guerra, te haré paz. Si eres entrañas, te haré Ángel. Pero no me toques.

No me toques, porque manchas todavía.

lunes, 13 de febrero de 2012

Barro de Medellín


Al barrio Santo Domingo Savio le tengo un cariño especial. Allí he conocido la miseria, la he palpado, la he visto con mis propios ojos, la he olido y hasta he hablado con ella. Allí he pasado todos los sábados por la mañana durante mis últimos años de colegio haciendo voluntariado, es decir, aprendiendo algo que ahora echo de menos. Allí es donde he estado más cerca del cielo, al menos en Medellín, pues el modo más fácil de llegar es mediante el "Metro-cable", un teleférico que une la línea regular del metro con lo más alto de las comunas, a las que de otro modo sería difícil acceder. Allí, con todo lo apasionado de la adolescencia, escribí con pintura en un poste la tan manida frase "voy a cambiar el mundo" y me juré que así sería. Eran otras épocas, claro. Ahora no sé dónde están esos ideales y me encuentro a miles de kilómetros de aquel barrio (y aquellas ínfulas), no sólo físicamente sino también espiritualmente.
La semana pasada, sin embargo, decidí leer un libro infantil del español Alfredo Gómez Cerdá que se titula "Barro de Medellín" y cuenta la historia, precisamente, de dos niños de este barrio, a los que les cambia la vida —o al menos eso deja entrever— por una biblioteca: la impresionante "Biblioteca España" que se alza inmensa y preciosa en medio de casas a medio hacer. La vida les cambia por un libro, claro, pero sobre todo por la confianza de la bibliotecaria, que está dispuesta a perder un par de libros para ganar dos almas. He pensado mucho en eso, en la confianza. Pero eso me llevaría muy lejos. Sólo basta un apunte: el fundamento de la educación es la confianza; confiar en el alumno es darle alas.
El caso es que otra vez me siento muy cerca de aquella gente. También porque he visto que a raíz del libro ha surgido una magnífica iniciativa, que lleva el mismo nombre, y que busca "cambiar el mundo" —esa idea que ya queda tan lejana— a través del arte. "Barro de Medellín es una fundación que busca contribuir a la transformación de la ciudad de Medellín, mediante la inclusión social y una Escuela de Formación Artística multidisciplinaria".
Medellín ha cambiado muchísimo en los últimos años. Estoy convencida que en gran medida ha sido por una fuerte apuesta por la educación y la lectura. Cada vez son más las iniciativas —como la mencionada— que ven que contra la pobreza y la violencia sólo es eficaz la educación, la cultura, las letras (no sólo por las bibliotecas impresionantes que se han hecho sino también por la fantástica iniciativa del "biblioburro" que ha tenido gran resonancia. Si no la conocéis: entrad aquí. Imprescindible), la música (la Red de Escuelas de Música de Medellín ha optado también por formar niños pobres bajo el siguiente lema: "Quien ha cogido un instrumento, jamás empuñará un arma"), la poesía (el proyecto Gulliver, que ha nacido con el Festival Internacional de Poesía de Medellín, nos dice: "Es ahora que la poesía debe actuar mucho más, echando raíces en lo profundo del alma de los niños y jóvenes, para visibilizar en ellos dimensiones inéditas de la vida humana, a través del ejercicio restaurador del lenguaje, en una ciudad como Medellín donde de nuevo las bandas paramilitares y los grupos delincuenciales de la mafia a sus anchas acrecientan las cifras de homicidios") y un largo etcétera.

Andrés y Camilo, los dos niños protagonistas de "Barro de Medellín", a pesar de las difíciles situaciones que viven, se repiten constantemente que no puede haber ciudad en el mundo más bella que Medellín. En esto, entre otras cosas, Gómez Cerdá ha sabido captar a la perfección el espíritu que embarga a los paisas. Y hoy, que revivo en mí aquellos tiempos y que desde la lejanía palpo el cambio, no puedo dejar de repetirme lo mismo, con la esperanza de que algún día, cuando diga que soy de Medellín, la ciudad de la eterna primavera, me pregunten por algo más que el narcotráfico.

domingo, 30 de octubre de 2011

Una foto más mía


De Ramón Vásquez no conozco muchas obras, pero me bastan unas pocas para afirmar que es uno de mis pintores contemporáneos favoritos. No es porque sea de mi tierra, Antioquia, aunque los paisas sabemos que nada nos une tanto como ser antioqueños (lo cual —léase con cariño— nada tiene que ver con la boina bilbaína), sino por su arte, sus "líneas líricas", sus temas. Tengo que la suerte de disfrutar de este Quijote en casa de mi tío Gonzalo ("all rights reserved"), al que le acompañan otras dos obras suyas: una barca de Caronte y una última cena (con Cristo y los Apóstoles como niños).
Calvin & Hobbes, que tanto me han acompañado y que mucho significan para mí, le ceden paso al Quijote en la foto de perfil. Creo que me identifico mejor en ese quedarse suspensos, esa mirada lejana con un libro en las manos, el placer, la soledad... Con la venia de Cervantes, si me lo permite.

martes, 25 de octubre de 2011

Gravitaciones

Al alba conocí la obra. Primer fin de semana de octubre, espléndido. Chillida-Leku. Arte, filosofía y poesía se dieron cita en un mismo lugar. Y, entre toda la obra de Chillida, la más monumental fue la más pequeña: las gravitaciones, escultura en papel con la que Chillida pasaba horas, divirtiéndose. Son precisamente eso, gravitaciones. No puede existir un mejor título, tan lleno de lirismo, para esta obra.


Al final del vídeo, que hay que ver hasta el final, aparecen los dibujos de sus manos, que realizó a lo largo de su vida. El ponerlos junto a las gravitaciones es, aparentemente, casual, y creo que quienes montaron el vídeo lo hicieron simplemente por unir en un solo formato dos grandes temas que aparecieron en el Seminario. Pero cuando lo vi me pareció acertadísimo, porque lo que me cautiva de las gravitaciones es precisamente la delicadeza de las manos que las hicieron, las manos de un artista acostumbrado a trabajar con hierro, con piedra, con materiales duros. Manos de obrero, manos de herrero, manos de artista.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Ut pictura poesis


"Ut pictura poesis" es una frase de Horacio que, al parecer, ha pasado a la tradición con un sentido distinto al que se proponía su autor. Mucho no sé del tema, así que me quedo con la tradición. Y ayer, mientras me paseaba por el Museo de Bellas Artes de Bilbao recordaba todo el tiempo esta frase. Las artes suelen entrecruzarse. Es una cosa del espíritu, eso que late en el arte, que no está limitado ni encerrado en "cajones", sino que fácilmente está en muchos sitios a la vez.
Richard Serra, gran escultor, premio Príncipe de Asturias de este año, descubrió su vocación escultórico a través de la pintura, en concreto después de contemplar "Las Meninas" ("Las Meninas me desafió hasta el punto que decidí que no podía continuar como pintor. El problema espacial que plantea el cuadro se convirtió en una obsesión").
Las conjunciones entre pintura y escritura son, quizá, más complejas. Da Vinci escribió todo un tratado al respecto. Lessing también. Relación no es jerarquización, la confusión es lo que trae problemas. Así que yo me quedo con ambas. Para ver la unión basta con ir a la exposición de Lazkano, que está acompañada por unos textos que iluminan su obra tanto como su luz en los cuadros y que en muchos casos pueden ser aplicados con igual sentido al arte de escribir; cambiad cuadro por texto, pintar por escribir... y lo tenemos.
No me pude contener y los he escrito. Aquí os los dejo:

"La inspiración puede estar en cualquier sitio, a la vuelta de la esquina, entre nosotros, en un gesto, en un brillo, en un grito, en una mirada, en un saludo, en un reflejo, en un susto, corriendo entre la gente, sentada en el parque, escurridiza y difícil de atrapar, pero constante y eterna.
¿Cómo atraparla? Pintando".

"Se pinta más mirando que pintando. Estar atento, escuchar el cuadro, darse cuenta de que algo provocador surge y rescatarlo, es la única manera de no perder la irrecuperable, un momento fugaz e irrepetible, algo a lo que nunca podremos volver. Esa tensión en el proceso es lo que da vida a un cuadro, a una exposición y a todo un proyecto pictórico".

"El futuro trabaja para el pasado. Lo que vendrá nos enseñará lo que hicimos. El cuadro todavía podrá mejorar con los que están por pintar e imaginar, como aquella paleta que guarda, celosa, todos aquellos que se hicieron. Aún así, en ocasiones, el tiempo nos pide esperar, pacientes, inquietos... Todo acaba por llegar".



Por cierto, el museo es gratis los miércoles, por si queréis ir.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Elogio de la lectura y la ficción


Acabo de leer el discurso que pronunció Mario Vargas Llosa al recibir el Nobel de Literatura. Aún no salgo de mi asombro, mi exaltación. Es realmente genial y me siento como si acabara de tener una larga conversación con alguien a quien conozco y me conoce desde hace tiempo, una conversación con alguien que ha sabido escoger las palabras precisas para abrir, de nuevo, viejas heridas. Heridas que al fin y a cabo están allí para abrirse, para no caer en el conformismo.

España, América Latina, los sueños de libertad y el desprecio por los nacionalismos, las dictaduras y las “pseudodemocracias populistas y payasas como las de Bolivia y Nicaragua” y, sobre todo, la pasión por la literatura, son sólo algunos de los puntos de unión, que han hecho que el discurso de Vargas Llosa me resultara particularmente vivo, particularmente mío.

Vargas Llosa habla de sus maestros, esos que ha encontrado en los libros, en sus miles de lecturas, que, dice él, “además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos”. Y es que la literatura, cuando se siente una verdadera pasión, es algo que logra empapar realmente toda la vida. No es sólo una diversión. No es un hobby más para hacer en el tiempo libre. Es un modo de vivir, de entender las cosas, de enfrentar la realidad, de comprender al hombre en su más íntima condición. Sólo hace falta pasión y un cierto gusto por todo lo humano, con todas sus luces y oscuridades. Y para tener pasión, como sucede con todos los deseos, hace falta una carencia, eso que tan bien se expresa con la palabra “sed”, que marca la vida de muchas personas. La literatura como pasión es una protesta y a la vez una esperanza: “igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que deberíamos ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. Creo que pocas veces he leído una frase tan certera. Es la expresión de algo que siempre he llevado dentro y que no había sabido formular. Es la respuesta que de ahora en adelante daré a la pregunta de “¿por qué te gusta leer/escribir?”

Podría seguir destripando el discurso y hablar de la literatura como vocación, disciplina, trabajo y terquedad (son sus palabras), o de su capacidad universal de tender puentes entre culturas distintas… ¡y qué cosas por decir de América Latina, los recuerdos, las raíces!, pero el espacio apremia y el blog tampoco da para tanto. Es siempre mucho más lo que se calla que lo que se dice. Sólo quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Vargas Llosa por su discurso, no diré por su literatura, que aún me es desconocida, y robarme unas últimas palabras suyas para engalanar esta entrada. A falta de buenas palabras, nos quedan los genios y las bibliotecas.

“La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectiva, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional”.

Leed el discurso. Es una buena inversión. Y después, si os parece, podríamos ir a algún sitio a tomarnos algo, a hablar un poco de esto, de todo. Si no estáis en Pamplona, hacedlo con alguien. Hay cosas, ya lo decía Platón, que sólo pueden decirse en un discurso hablado entre amigos.

Yo invito.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Ante los ojos, la muerte



La muerte es un tema obligado. Un parón necesario. Un pensamiento recurrente. Lo único irremediable. Un tópico al que se vuelve una y otra vez, porque todos vamos a dar a esa mar, que es el morir. Para los filósofos y los poetas, la muerte lo es casi todo; la vértebra de su quehacer mismo.

"Ubi sunt?" ("¿Dónde están?") es una de las grandes preguntas de la literatura, una pregunta que se encara con la muerte e interpela su acción. Sin embargo, más quebuscar una respuesta es el lamento por aquellas cosas que pasan, las personas que mueren, el paso inexorable del tiempo ante el cual todos estamos inermes. Frente al "Ubi sunt" todo se presenta como vanidad de vanidades, porque se experimenta cómo toda gloria humana es pasajera, cómo al final todo se iguala, cómo todos desembocamos en la misma corriente. Sin esta pregunta no puede haber arte, que siempre surge como un remedio ante la muerte, como un ansia de eternidad, de capturar lo permanente en la fugacidad, de inmortalizar e inmortalizarse. Una vez escuché decir que el oficio de escritor sirve para distraerse de la muerte. Al final es lo mismo: para distraerse, para enfrentarla, lo importante es que siempre, en el fondo, late la presencia de la muerte que ronda a algunas sensibilidades de modo especial.

En la Filosofía la pregunta por la muerte es aún más radical. Platón lo decía en el Fedón: la Filosofía no es otra cosa que la preparación para la muerte. No podría estar más de acuerdo con él. Quizá por eso la muerte siempre está ante mis ojos, ante nuestros ojos -o al menos siempre debería estarlo- mirándonos, no como una amenaza, sino como un recordatorio de que aquí no estamos más que de paso, como una luz que nos permite verlo todo en su justa medida y nos invita a vivirlo todo con intensidad, exprimiendo en el tiempo la eternidad.
La Filosofía nos acerca a la muerte, a esa pregunta radical que es el para qué vivimos, la pregunta por el sentido. Y es que la muerte no es el final, sino más bien es un punto de partida que ilumina todo el resto del caminar. Frente a la certeza de que moriremos, encontramos en nosotros un ansia de eternidad que no se resuelve en encontrar la panacea universal que nos alargue la vida indefinidamente, pues aunque todos tememos -más o menos- a la muerte, nadie querría vivir aquí eternamente. Somos conscientes de los sufrimientos y las limitaciones, y llega un momento en el que la muerte es un consuelo, "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista". Se presenta entonces la paradoja: tenemos hambres de eternidad pero no queremos vivir eternamente en estas circunstancias. Tenemos sed pero el agua que tenemos no nos puede saciar. Ahí se abre entonces la esperanza, ay, la gran esperanza (¡qué tema!), de lo que viene más allá, de esa vida que es más que vida. Según Platón, toda esta vida terrenal es un ejercitarse para lo que allí viviremos; una preparación para que cuando lleguemos allí, esa vida no nos sea extraña, sino que nos encontremos con lo que ya estamos familiarizados. Para que seamos en plenitud lo que antes sólo éramos en germen. Por esto Sócrates, en el diálogo platónico, enfrenta su muerte con serenidad y valentía, reconfortando a los demás, consciente de que la vida futura le depará mayores bienes. El filósofo está en una búsqueda constante que parece jamás saciarse, que quizá por sí misma es insaciable, y la certeza de Platón es que sólo la muerte podrá darle al filósofo la sabiduría que busca. El filósofo anhela conocer la verdad, ¿y dónde conocerla mejor que conociendo la Verdad misma?

De cualquier modo mi vocación está marcada por la muerte. Por la filosofía, porque estoy estudiando para tener un buen morir; por las artes y las letras, porque está en el centro mismo de su ejercicio. Miramos a la muerte porque es ella la que nos mira primero. Y todos lo sabemos. "Para todos tiene la muerte una mirada", decía el poeta Cesar Paese.

Sólo el amor, puede igualar, aún más, superar a la muerte como el GRAN tema. Allí donde la muerte se presenta como límite, el amor aparece como respuesta. Lo único que jamás desaparecerá, que ni la muerte puede llevarse. Quizá por eso la Filosofía, etimológicamente y más, es ante todo un tipo de amor. Pero eso ya es otro tema. La sabiduría bíblica ya lo decía en una expresión que ha tenido gran acogida entre los literatos: "...porque el amor es tan fuerte como la muerte" (El Cantar de los Cantares 8, 6).

viernes, 18 de junio de 2010

A la acuarela


A LA ACUARELA
Rafael Alberti

A ti, límpida, inmaculada, expandida,
jubilosa, mojada, transparente.
Para el papel, su abrevadora fuente,
agua primavera, lluvia florida.
A ti, instantánea rosa sumergida,
líquido espejo de mirar corriente.
Para el pincel, su caballera ardiente,
fresca y mitigadora luz bebida.
A ti, ninfa de acequias y atanores,
alivio de la sed de los colores,
alma ligera, cuerpo de de premura.
Llorada de tus ojos, corres, creces,
feliz te agotas, cantas, amaneces.
A ti, río hacia el mar de la Pintura.

Un inesperado encuentro con la acuarela me ha hecho comprender muchas cosas. La acuarela es un arte, un arte por excelencia. Habla de sutilezas, transparencias, es delicada, veloz, fresca. Pictóricamente es como un haiku y por esto creo que esta técnica es la que mejor acompaña a un poema.
El agua que acompaña, que constituye, a la acuarela es vida para la pintura, que recorre sus propios e inesperados caminos ante la mirada del artista. Es el agua que calma la sed, que empapa lo recóndito del espíritu. Y es justo esto lo que he descubierto, al tiempo que leía a Conrad (¡grande!), y sus historias del mar: el arte, como el agua, ha de mojar, calar hasta los huesos, empapar el espíritu, suave pero profundamente.

domingo, 28 de febrero de 2010

De griegos, bárbaros y artistas


"No hay trazas de que los griegos pensasen que había que cargar de desesperación el arte (...). Es más probable que estuviesen de acuerdo con el punto de vista de que es ocupación de las artes compensar la vida creando lo que, por lo general, la vida se niega a crear: individuos de extraordinario valor y belleza, momentos despojados de toda trivialidad. Un pintor moderno dijo: "Pinto como un bárbaro en una edad bárbara". Un griego podía haber replicado: "Si tu tiempo es bárbaro, tal es la razón más contundente y posible para no pintar como un bárbaro".

K. Dover (ed.), Literatura en la Grecia Antigua, Madrid, 1986, pp.19-20

Una de las cosas que más me sorprenden de la condición humana es la tensión constante a la que el ser humano se ve enfrentado entre las realidades más mundanas y las ansias de infinito. Por más de que todas sus necesidades materiales estén cubiertas, no se siente completo. Aún más, ni siquiera cuando goza de bienes espirituales, como la amistad y la vida buena, se conforma, sino que por el contrario esa hambre de infinitud de acentúa. Es como si el ser humano estuviese herido por el signo “más” y se viese obligado a andar tras la búsqueda de una plenitud que nunca lo sacia. El “más” es la huella distintiva de la humanidad, pero sobre todo es la herida que más profundamente ha marcado a los artistas. Por eso pienso que los artistas, en general, son personas que han sentido con más fuerza esa sed y han sabido captar especialmente eso que yace en el fondo de todo hombre hasta el punto de lograr materializarlo, ya sea en un poema, una canción o cualquier otro tipo de manifestación artística. Ese es para mí el genuino arte, aquel que, sin ser moralizante, logra hacer visible lo invisible.

Por esto muchas veces me he preguntado: ¿por qué parece que el arte sólo está hecho para ciertos caracteres bohemios?, ¿por qué parece que siempre se está a la búsqueda de lo más desgarrador, de la expresión más desesperanzada?, ¿por qué solemos pensar que los círculos artísticos tienen lugar en un bar de mala muerte, con olor a yerba y sinsentido? Me rehúso a aceptar que la Belleza pase a ser la gran ausente en el arte. Con esto no quiero decir que el arte debería ser una pintura rosa, algo meramente polite, idealizado o moralizante, pues eso sería desgraciar el arte, hacerlo falaz porque se alejaría de la auténtica realidad humana. Ambos estilos artísticos, el desesperado y el refinado, son una negación, una huida de la apertura hacia lo infinito. El arte del sinsentido hace que dicha apertura deje de ser tal, para convertirse en un peso insufrible, una condena a la infelicidad que hace inútiles todos los esfuerzos. Este artista conoce su marca –el punto de partida siempre es el mismo–, pero sólo es capaz de vivirla desde la desesperanza. Su oficio consiste en meter el dedo en la herida, hacerla más profunda y revolcarse en su propio dolor. Por otra parte, el arte ingenuo deja de lado la realidad del hombre como un ser que padece, y se olvida de que la sed de más es principalmente eso, sed, y por tanto entraña un cierto sufrimiento y dolor. Desde el momento en que el artista ha sentido esa insatisfacción ha empezado olvidarla, tratando de llenarla plenamente, como si con un simple vaso de agua bastase, como si estuviese en sus manos deshacerse del peso. En este intento se corre el riesgo de hacer un arte meramente aleccionador, falso o incluso hipócrita, que no muestra la Belleza sino que la impone y, a fuerza de obligación, pierde su rostro auténtico.

Un artista que se olvida de su condición humana, no debería ser llamado artista, pues precisamente su misión está en hacer al hombre más humano, en tocar las almas, sacudirlas de su superficialidad, mostrarles la eternidad del instante, hacerle ver las sutilezas que se escapan a quienes carecen del don. Su destreza está en dejar que sangre la herida, sabiendo que en esa abertura está la posibilidad de entrada de la esperanza, la belleza, las realidades más extraordinarias. A través del arte se puede llegar a donde jamás llegaría un razonamiento o un buen conjunto de palabras bien escogidas. En sus entrañas está la fuerza de la cultura, que es la que en mi opinión realmente puede lograr un cambio: sobrevivir a una civilización bárbara superándola. Por eso no todo puede ser arte ni cualquiera puede ser artista. Captar en lo finito la infinitud y vivir tras la búsqueda de lo que “la vida se niega a crear” es algo que, lamentablemente, a muchos no se nos ha dado. Por eso el oficio del artista es ante todo vocación y su respuesta consiste en no callarse, despertarse y despertar; lo contrario sería una iniquidad.