lunes, 15 de marzo de 2010

La Javierada


Es increíble la capacidad que tenemos los seres humanos de impulsarnos hasta nuestros límites. La Javierada ha sido, este año, la muestra más clara de ello. Ya sé que hay gente que la ha hecho más de 60 veces (Juan, un “amigo” que hicimos en el camino podría contaros su historia, la ha hecho 7 veces corriendo, y además dice haber hecho el Camino de Santiago andando, desde Roncesvalles hasta Santiago, en tan sólo 9 días) y que hay quienes la hacen como si de un paseíllo se tratase, sin embargo para mí ha sido la prueba de que soy capaz de cosas alucinantes. No es que me quiera echar flores, no es eso, estoy hablando de mí como individuo de la especie humana. Y es que una cosa es sufrir el dolor y otra muy distinta es sufrirlo voluntariamente. Aun más, algo que supera toda compresión es sufrirlo voluntariamente por segunda vez.
El año pasado hice la Javierada entera, sus más de cincuenta kilómetros, preguntándome en qué momento se me había ocurrido tal locura. Como era de esperar, terminé con ampollas en las ampollas y agujetas en cada uno de los músculos de las piernas. Al final, he de reconocerlo, valió la pena y no me arrepentí de haberla hecho pero, eso sí, juré que nunca más la haría, que era una experiencia única que había que vivir y como única sólo podía llevarse a cabo una vez. Este año, sin embargo, no sé muy bien qué pasó, sin aquél dolor no se piensa bien y como venía la cruz de la JMJ y unas cuántas personas estaban animadas, sin detenerme en demasiadas consideraciones, decidí volverme peregrina. “Mala decisión”, pensé cuando sólo llevaba 4 horas de viaje y ya todo me empezaba a doler, sólo pensaba que aún me quedaban 7 horas de camino, así que decidí aguantar 2 horas más para entonces pedir auxilio. Lo sorprendente es que siempre pensaba que podía soportar un poco más y así, de poco en poco, al final terminamos el camino. La verdad es que ir acompañada es decisivo, pues aunque no se sabía muy bien quién iba peor, como mínimo todas íbamos, y así, de alguna manera, la una empujaba a la otra. En fin, el caso es que fue horrible. Pero fue genial. Sobre todo, fue in-creíble. ¿Cómo es posible someterse voluntariamente, por segunda vez, a semejante tortura? No lo sé, pero aunque ahora sólo puedo pensar desde las ampollas y el dolor, en el fondo me alegra haberla hecho. Había muchísimas personas, de muchos lugares, que sorprendentemente se sometían a la misma locura. (Locura que para muchos es escándalo: ¿Cómo hay quienes cambian 11 horas de carpa y desenfreno por 11 horas de caminata y sufrimiento?). Me alegra saber que la humanidad está un poco loca y que los delirios racionalistas y sentimentaloides, que a veces parecen ser los vencedores, se ven superados por una pequeña dosis de locura. La misma locura que traían los jóvenes de Madrid y que tiene forma de cruz.

Post scriptum: Conclusión: vale la pena. Eso sí, prometo –al igual que el año pasado, con un poco más de firmeza– que el próximo año no la volveré hacer.

domingo, 28 de febrero de 2010

De griegos, bárbaros y artistas


"No hay trazas de que los griegos pensasen que había que cargar de desesperación el arte (...). Es más probable que estuviesen de acuerdo con el punto de vista de que es ocupación de las artes compensar la vida creando lo que, por lo general, la vida se niega a crear: individuos de extraordinario valor y belleza, momentos despojados de toda trivialidad. Un pintor moderno dijo: "Pinto como un bárbaro en una edad bárbara". Un griego podía haber replicado: "Si tu tiempo es bárbaro, tal es la razón más contundente y posible para no pintar como un bárbaro".

K. Dover (ed.), Literatura en la Grecia Antigua, Madrid, 1986, pp.19-20

Una de las cosas que más me sorprenden de la condición humana es la tensión constante a la que el ser humano se ve enfrentado entre las realidades más mundanas y las ansias de infinito. Por más de que todas sus necesidades materiales estén cubiertas, no se siente completo. Aún más, ni siquiera cuando goza de bienes espirituales, como la amistad y la vida buena, se conforma, sino que por el contrario esa hambre de infinitud de acentúa. Es como si el ser humano estuviese herido por el signo “más” y se viese obligado a andar tras la búsqueda de una plenitud que nunca lo sacia. El “más” es la huella distintiva de la humanidad, pero sobre todo es la herida que más profundamente ha marcado a los artistas. Por eso pienso que los artistas, en general, son personas que han sentido con más fuerza esa sed y han sabido captar especialmente eso que yace en el fondo de todo hombre hasta el punto de lograr materializarlo, ya sea en un poema, una canción o cualquier otro tipo de manifestación artística. Ese es para mí el genuino arte, aquel que, sin ser moralizante, logra hacer visible lo invisible.

Por esto muchas veces me he preguntado: ¿por qué parece que el arte sólo está hecho para ciertos caracteres bohemios?, ¿por qué parece que siempre se está a la búsqueda de lo más desgarrador, de la expresión más desesperanzada?, ¿por qué solemos pensar que los círculos artísticos tienen lugar en un bar de mala muerte, con olor a yerba y sinsentido? Me rehúso a aceptar que la Belleza pase a ser la gran ausente en el arte. Con esto no quiero decir que el arte debería ser una pintura rosa, algo meramente polite, idealizado o moralizante, pues eso sería desgraciar el arte, hacerlo falaz porque se alejaría de la auténtica realidad humana. Ambos estilos artísticos, el desesperado y el refinado, son una negación, una huida de la apertura hacia lo infinito. El arte del sinsentido hace que dicha apertura deje de ser tal, para convertirse en un peso insufrible, una condena a la infelicidad que hace inútiles todos los esfuerzos. Este artista conoce su marca –el punto de partida siempre es el mismo–, pero sólo es capaz de vivirla desde la desesperanza. Su oficio consiste en meter el dedo en la herida, hacerla más profunda y revolcarse en su propio dolor. Por otra parte, el arte ingenuo deja de lado la realidad del hombre como un ser que padece, y se olvida de que la sed de más es principalmente eso, sed, y por tanto entraña un cierto sufrimiento y dolor. Desde el momento en que el artista ha sentido esa insatisfacción ha empezado olvidarla, tratando de llenarla plenamente, como si con un simple vaso de agua bastase, como si estuviese en sus manos deshacerse del peso. En este intento se corre el riesgo de hacer un arte meramente aleccionador, falso o incluso hipócrita, que no muestra la Belleza sino que la impone y, a fuerza de obligación, pierde su rostro auténtico.

Un artista que se olvida de su condición humana, no debería ser llamado artista, pues precisamente su misión está en hacer al hombre más humano, en tocar las almas, sacudirlas de su superficialidad, mostrarles la eternidad del instante, hacerle ver las sutilezas que se escapan a quienes carecen del don. Su destreza está en dejar que sangre la herida, sabiendo que en esa abertura está la posibilidad de entrada de la esperanza, la belleza, las realidades más extraordinarias. A través del arte se puede llegar a donde jamás llegaría un razonamiento o un buen conjunto de palabras bien escogidas. En sus entrañas está la fuerza de la cultura, que es la que en mi opinión realmente puede lograr un cambio: sobrevivir a una civilización bárbara superándola. Por eso no todo puede ser arte ni cualquiera puede ser artista. Captar en lo finito la infinitud y vivir tras la búsqueda de lo que “la vida se niega a crear” es algo que, lamentablemente, a muchos no se nos ha dado. Por eso el oficio del artista es ante todo vocación y su respuesta consiste en no callarse, despertarse y despertar; lo contrario sería una iniquidad.

miércoles, 17 de febrero de 2010

El polvo que somos


Todos lo hemos pensado alguna vez: No somos nada. Nada más que polvo y ceniza. Nos comparamos con las galaxias y a nadie le deja indiferente verse tan minúsculo. ¿Qué tal que fuésemos los reyes del mundo? ¿Y si pudiésemos hacernos con toda la realidad?... ¿Y si de verdad pudiésemos cambiar el mundo? ¡Si ni siquiera podemos conocer la esencia de una mosca!
La realidad nos supera enormemente, ¡qué poca cosas somos! ¿Y aún hay quienes la estudian directamente, como su objeto, así en general? ¡Menuda soberbia pensar que pueden aprehenderla! Les sobran argumentos y les falta sencillez para darse cuenta de que son nada y menos que nada, menos que la diezmillonésima parte de un átomo en comparación con el universo entero. Sus pretensiones son como las de un grano de arena que se propone absorber el agua del mar. ¡Aún hay ingenuos de tal índole!

Nada. Nada más que polvo y ceniza. Una lucha constante entre lo poco y mucho, lo temporal y lo eterno, la luz y la oscuridad. Un guerra que se bate entre soberbia y humildad.

jueves, 4 de febrero de 2010

Amigos literarios


¿Qué es mejor? ¿La fantasía o la realidad? He aquí una pregunta profundamente filosófica, profundamente vital. Quizás hace algunos años hubiese contestado que la fantasía, ahora sin dudo pienso que la realidad la supera enormemente. Sin embargo, tampoco tengo los pies tan puestos en este mundo y si algo he aprendido en este último tiempo es que la imaginación tiene mucho que ver con la realidad. Santo Tomás, con unas palabras preciosas, decía que "el motivo por el que el filósofo se asemeja al poeta es porque los dos tienen que habérselas con lo maravilloso".

Desde hace algún tiempo he decidido leer como si estableciese con los libros una conversación. Y desde entonces he aprendido a vivirlos desde dentro. Han resultado una compañía incomparable -como también es incomparable la compañía de un amigo- y unos grandes maestros del vivir. Leemos para saber que no estamos solos, se ha dicho por ahí. Desde entonces tengo unos amigos literarios fascinantes. Creo que algún día me gustaría escribir sobre ellos. Supongo que todos tenemos amigos de esos, que de algún modo siempre nos acompañan. Por eso la literatura no es un escondite, ni algo propio de egoístas.
Jean Valjean, Asher Lev, Edmond Dantes, Leo Villalba, Fred y George. Y otros tantos.

Hace poco me acordé del Principito, de las estrellas, y hoy, por fin, ¡he descubierto quién era el tal Leon Werth! :)

La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecitas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido... -¿Qué quieres decir?-. Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!

sábado, 16 de enero de 2010

La admiración y la soledad



«El admirarse es un sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración»
Platón
«Por la admiración comenzaron los hombres a filosofar en un principio y siguen ahora filosofando»
Aristóteles

Son muchas, y muy bellas, las cosas que hasta ahora se han dicho de la admiración como principio y aliento de todo conocimiento. Me atrevería a decir que la admiración es una de las razones por las que estudio Filosofía y uno de los fines a los que tiendo. Es cierto que admirarse es el comienzo de todo filosofar, pero también es su fin y me alegro profundamente de pensar que es una actividad que, por estar estrechamente ligada a la contemplación, se perpetuará eternamente. De hecho, creo que son pocas las cosas de las que puede decirse esto y me enorgullece pensar que la Filosofía está entre ellas. Siempre seremos filósofos, así que mientras "dure" el siempre, la admiración llegará a los grados más supremos y compartiremos esa mirada con miles de personas que también han sabido admirarse en la tierra.

Sin embargo, pienso que aquí y ahora la admiración suele ir acompañada de una cierta soledad y un cierto sabor de vacío. Nadie nunca nos ha enseñado a contemplar y mucho menos a apreciar su valor, por eso cada vez hay menos admiradores (quizás más idólatras) y más hombres grises.
Seguro que a más de uno le ha pasado lo de Mafalda: se ha emocionado con algo pequeño e inmediatamente ha buscado en vano una mirada alrededor con quien compartirlo. Por eso cada vez me alejo más de "la autarquía del sabio" y me inclino más a eso de que "sin amigos nadie querría vivir". La alegría fruto de la sorpresa no pierde su fuerza al no encontrar otro admirador, pero tampoco llega a ser más plena. Al final es inevitable sentir ese sinsabor de algo que no ha sido completado. Por eso pienso que la Filosofía es un vaivén entre uno y otro extremo, el objeto de los mayores amores y las mayores penas.

No pocas veces la experiencia de la soledad se hace sentir, la ceguera que nos rodea y el propio egoísmo ante la duda de si deberíamos ocuparnos de otras cosas. Es muy fácil desertar de la Filosofía. Siempre hay tentaciones, siempre hay dudas... y un poco de miedo, el miedo propio del misterio, propio de algo que nos supera infinitamente, que no merecemos. Es fácil desertar. Pero hay que decidirse y convencerse desde el principio: en este camino no se puede andar por senderos firmes, perfectamente señalizados, alumbrados y recorridos. Por eso siempre hay espacio para el asombro, para descubrir lo escondido y volverse a sonreír ante lo mil veces visto. Es imposible hacerse viejo con la Filosofía, es preciso cuidar y cultivar la mirada de niño. Cuando esta se pierde surgen los nihilismos y escepticismos. Es entonces cuando se pierde la fe, cuando ya no se encuentra la chispa del admirarse, cuando se renuncia a aceptar que puede existir un camino verdadero que no brinda desde el principio todas las certezas (por eso el nihilismo no da cabida a la esperanza). Quizás es también entonces cuando llega el cansancio, la soledad se hace más patente y ya no queda más nada.
En cualquier caso muchas veces hay que caminar a solas, disfrutando del silencio o deseando con ansias un poco de compañía... Pero caminar siempre. Entre tanto hay un poco de todo y cada quien lo vive de distintas maneras. Admiración-soledad-admiración-soledad-admiración-soledad-admiración (en ese orden) son mis constantes y mis guerras en contra de algo que no puedo vencer, que en el fondo ni siquiera querría. Una guerra perdida que me gusta perder, la lucha contra el don que pide una respuesta. No cabe acostumbrarse ante la Filosofía, quien lo hace deja de ser filósofo. Hay que aprender a vivir con la inquietud y sentir el peso de algo que no podemos llevar, que nos supera enormemente. Es algo apasionante, no hay quien lo niegue, sentirse llamado a una tarea mucho más grande que nosotros mismos. Aunque a veces, tampoco yo lo niego, se quiera tirar todo por la borda. Admiración-soledad... Es una realidad irrenunciable, que siempre vale la pena.

sábado, 9 de enero de 2010

Los Reyes Magos


Esta Navidad me he hecho muy amiga de los Reyes. Me ha costado años fijar mi mirada en ellos y ahora, por fin, los he redescubierto. He pensado en su viaje, en todo lo que eso implica, en las aventuras qu pudieron haber pasado y en su alegría al encontrar al Niño. Vamos, que me han parecido muy simpáticos y este año les he pedido que quería ser como ellos, que me permitieran viajar con ellos.

El caso es que al parecer yo también les he parecido simpática y me han traído... una brújula. Sí, una brújula. Ya lo sé, a mí también me ha desconcertado. ¿Qué podría hacer yo, estudiante urbana de filosofía, con una brújula? Mi única respuesta es que los pobres Reyes no querían que yo pasara sus mismas dificultades y se han encargado de proveerme de un elemento del que ellos carecían: una brújula. Y es que, en el fondo, pensándolo bien, eso de emprender un viaje que duraría meses, montados en camellos (que supongo serán más lento que un caballo), a través del desierto, y encima guiados por una estrella, tiene sus peligros. ¿Qué era de ellos durante el día sin la estrella y qué si ésta desaparecía? Ya sabemos que esta "gracia" de la estrella perdida no trajo nada bueno... Herodes, los inocentes, etc.

En cualquier caso, andar con una brújula tiene que ser mucho más seguro. Así que gracias, queridos Reyes, por vuestro regalo. Así cuando haga mi viaje desde Occidente, nada de estrellas inconstantes, eso era otra época y una brújula "mola" más. Supongo que eso de los camellos también habrá que repensarlo, pero bueno, de eso ya hablaremos el próximo año.

En fin, aún no salgo de mi sorpresa y he pensado en diez cosas que podría hacer con una brújula en caso de que el viaje a Oriente, al mejor estilo Rey Mago, fracase.

1. Utilizarla en una conferencia con gente joven. Así cuando use la famosa frase "¡busca tu norte!", podré enseñar la brújula en vivo y en directo y dejarla en préstamo a aquel que se decida a encontrarlo.

2. Utilizarla como una regla "guay", pues tiene una parte que mide hasta 5 cm y otra que mide hasta 3 pulgadas.

3. Amplificar letras muy pequeñas con una minilupa incorporada (tipo mirilla) que aún no sé para qué más sirve.

4. Fanfarronear con ella, presumiendo todas las selvas que he recorrido con su ayuda, sin perderme jamás.

5. Irme de excursión a la montaña y, en mitad, pararme, sacarla y mirar al horizonte con aire circunspecto, sólo para ver qué se siente.

6. Coger un mapa de Pamplona, disfrazarme de Indiana Jones y encontrar la forma más complicada de llegar hasta la Plaza del Castillo.

7. Llevar la brújula en el cuello (con la tira amarilla diseñada expresamente para este fin) y así recordar siempre a los Reyes Magos... su perseverancia, su fe, etc.

8. Probar su eficacia y pedir que me dejen en un lugar desolado con un mapa y la brújula, para ver cuánto tardo en volver a casa.

9. Llevar una cámara conmigo y preparar un post para el blog con la cara de la gente cuando les diga que tengo una brújula.

10. Tomarme en serio esto de la brújula y averiguar cómo funciona. No vaya a ser que llegue un día en el que diga: "¡Rayos! Si tan sólo tuviera una brújula aquí conmigo y supiera utilizarla..."

miércoles, 6 de enero de 2010

Guayacán



España, querida España, aprecio tus montañas y tus mares, tu cielo azul en un día frío. Sabes que me encantan tus paisajes, tus bosques, tus inmensos campos. Pero lamento decirte que no conoces los guayacanes. No sabes lo que son, ni lo que te pierdes. Está bien, no te preocupes, que aún te queda el otoño y por ese entonces, como los guayacanes, los árboles también llueven luz.

VAN GOGH

Por Leonel Estrada (Artista colombiano)

Es tarde para decírtelo
pero si hubieras conocido
el amarillo
de nuestros guayacanes,
te aseguro,
no habrías pintado girasoles.