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domingo, 18 de abril de 2010

Diario del movimiento del mundo III


Hay movimientos paradigmáticos. El vaivén de un columpio lo es de la niñez; el paso fugaz de una estrella, de los sueños; el ondear de una bandera, del orgullo o la nostalgia. Sin embargo, hay uno que, por su peculiaridad, los supera a todos: el alto vuelo de un pájaro como símbolo de la libertad. Y es que es paradójico que la libertad -algo que sentimos tan nuestro- se represente con algo que no podemos hacer, pero que todos soñamos, como si ésta no fuese más que eso: una ilusión.
Sin embargo, hay algo en este movimiento que lo hace merecedor de ocupar una página en el "Diario del movimiento del mundo", porque quien se haya detenido a contemplar los surcos en el cielo de un pájaro que alcanza el alto vuelo, sabe que eso es libertad, no porque nos sea ajeno sino porque podemos ponernos en su lugar y recorrer con él un viaje por los aires. Eso es lo que pasa cuando sabemos mirar, porque la contemplación es todo menos pasiva. Es una actividad, actividad altísima y perfecta que logra situarnos dentro de lo contemplado, vivirlo.
En el vuelo de un pájaro hay ligereza, paz, dilación. Es un movimiento que alcanza su cumbre máxima en el detenimiento, cuando ya no hace falta el batir de las alas sino que se abre espacio para el planeo. El movimiento se ralentiza y es entonces cuando nos sentimos más leves y nos apropiamos del placer del vuelo.
En definitiva esa es la magia que encierra los movimientos más bellos, el tándem de presteza y lentitud, pausa y movimiento, movimiento y pausa: el batir (=mover con ímpetu y fuerza) y el planeo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La verdadera contaminación



8 de diciembre de 2009; Benedicto XVI pronunció unas palabras en la Plaza de España. No os las perdáis. Aquí dejo una parte que está llena de sabiduría.

"Con frecuencia nos quejamos por la contaminación del aire, que en ciertos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer más limpia la ciudad. Y, sin embargo, hay otra contaminación, menos perceptible por los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu, que hace que nuestros rostros sonrían menos, sean más tristes, que nos lleva a no saludarnos, a no mirarnos a la cara... La ciudad está hecha de rostros, pero por desgracia las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Todo lo vemos superficialmente. Las personas se convierten en cuerpos y estos cuerpos pierden el alma, se convierten en cosas, objetos sin rostros, intercambiables, objetos de consumo."

Esto me recuerda unas parte de una canción: "Hay tantos muros entre las miradas que aunque nos vemos nunca vemos nada".

No sé si es el smog, la industrialización o simplemente de la deificación del tiempo, la razón por la que los demás dejan de ser para nosotros personas y pasen a ser elementos del paisaje. La mirada se nos ha ensombrecido, se nos ha metido el cristalito en el ojo de la Reina de las Nieves y nos hemos ido haciendo inhumanos. El problema está en la mirada, estoy segura, en que no sabemos ver más allá de nuestras narices, en que los ojos de los demás ya no nos dicen nada porque con smog no se pueden ver las cosas claramente. Y nos perdemos del llanto de los otros y de sus sonrisas, de lo mejor de los demás: aquello que es más que el puro aparecer.

Hay tantos muros... que sólo nos atrevemos a apartar la vista, mirar al suelo y sentirnos miserables, porque en el fondo lo sabemos; sabemos que vivimos ajenos al sufrimiento de los demás, ajenos a sus ilusiones, querríamos poder ver pero no sabemos cómo, no nos atrevemos.

Y en el fondo nos encontramos con nuestro egoísmo y la avaricia ¡del tiempo!, eso que nunca nos alcanza, que siempre parece insuficiente.

Aquí, en España, por ejemplo, es curioso que cuando te encuentras con alguien por la calle o la universidad inesperadamente, el "saludo" es siempre un "hasta luego". Alguien me dijo un día que era una manera de "saludar", sin pasar de largo, pero tampoco sin detenerte. Mejor dicho, es una manera de cerrar de entrada toda posibilidad de diálogo; con un "hasta luego" no se puede empezar una conversación.
No es que sólo pase en España, ya lo sé, esto es una epidemia mundial, mayor aún que la gripe A y sumamente contagiosa. Si supiéramos pararnos, quizás aprenderíamos a mirar. El Papa en su discurso habla de "objetos sin rostro"; no me puedo imaginar nada más horrible, nada más digno de un película de terror... Masas de gente, todos iguales, sin nada que los diferencie, sin ventanas que nos dejen entrever algo de su alma. Ciudades grises y azarosas en las que es fácil lanzar la piedra y esconder la mano, porque nos fundimos en una misma multitud indiferenciada.
Hay mucho de Greenpeace y educación ecológica cuando en realidad lo que estamos perdiendo es al hombre. Estamos contaminados espiritualmente y de mirar al exterior nos hemos olvidado de la profundidad del espíritu.

El problema, además, es que no sólo somos ciegos sino que también nos empeñamos en llevar gafas oscuras. No vemos, pero tampoco queremos que nos vean. Nos escurrimos de las miradas ajenas, porque tememos mostrar nuestra debilidad, nuestras heridas. Somos, por vía doble, los culpables de que una sencilla pregunta -"¿qué tal?"- esté completamente vacía de significado. La preguntamos sin esperar respuesta y la respondemos sistemáticamente.

"La ciudad está hecha de rostros", ¿qué pasaría si nos decidiéramos a descubrirlos? Estoy segura de que no perderíamos nada y lo ganaríamos todo. Como mínimo nos sorprenderíamos de lo mucho que nos parecemos y quizás descubriríamos, como respuesta a nuestra sed, que las demás personas son fuentes en movimiento... ¿Contaminadas? Digamos, mejor, que en constante purificación.